Xento

Sueños Celestiales

Tras despedirse con la promesa silenciosa de un nuevo encuentro, Pietro y Caelia se retiraron a sus respectivos refugios. Pero el valle no volvió a su letargo habitual. La energía que habían invocado, esa extraña amalgama de luz y sombra que dio origen al color violeta, no se había disipado. Se había filtrado en las grietas de la tierra, como un veneno dulce que empezaba a alterar la composición química de la desolación.

Mientras Caelia se acomodaba en su lecho de nubes compactas y Pietro se recostaba sobre la dura piedra de su tienda, un mismo pensamiento cruzó sus mentes, un susurro que no necesitaba palabras para ser escuchado por el alma del otro:

"Él está descansando..." "Ella está descansando..."

Y con ese deseo de paz mutua, el sueño los reclamó, llevándolos por caminos que no habían recorrido en siglos: los pasillos de su propia memoria.

Caelia soñó con la Ciudad Plateada. En su visión, no era la princesa guerrera que portaba una lanza, sino una niña de cabellos de seda blanca y ojos que ya contenían la profundidad del océano. Su infancia había sido un desfile de perfección geométrica. Todo en el Cielo era simétrico, melódico y, sobre todo, frío.

Recordó las tardes en las que se sentaba en la Gran Biblioteca, absorbiendo conocimientos sobre la armonía de las esferas. Era una niña inteligente, excepcionalmente dotada, capaz de recitar los tratados de la creación antes de haber aprendido a volar correctamente. Pero siempre, en el fondo de su pecho, sentía un vacío. Era como una nota musical que faltaba en una sinfonía perfecta; un silencio que nadie más parecía notar.

—Caelia, mi pequeña joya —la voz de su padre, el Creador, resonó en su sueño.

En el recuerdo, Dios no era una esfera geométrica, sino una presencia cálida y paternal. La sentaba en su regazo, en un trono que parecía hecho de estrellas tejidas. Él la mimaba con la delicadeza con la que un artesano trata a su obra maestra.

—Eres la perfección hecha forma —le decía mientras acariciaba sus alas incipientes—. No hay mancha en ti, ni duda. Eres el futuro de la luz. El futuro de la vida

Caelia sonreía, pero en su interior, la niña se preguntaba si alguna vez se le permitiría equivocarse. ¿Qué había más allá de la luz? ¿Por qué la perfección se sentía tan solitaria?

Entonces aparecía Helia. En aquellos días, Helia ya era un torbellino de energía descontrolada. Mientras los otros ángeles practicaban sus cantos, Helia practicaba cómo derribar estatuas con su escudo.

—¡Oye, porcelana! —gritaba la pequeña Helia, con las rodillas raspadas y la túnica sucia—. Deja esos libros y ven a ver cómo atrapo una nube de tormenta. ¡Dicen que pican si las tocas!

Helia fue la primera en enseñarle que el desorden no era necesariamente un pecado. Fue su escudo, su protectora y la única que no la miraba como a una reliquia sagrada, sino como a una amiga. Esa amistad fue el único calor real en un mundo de cristal.

Caelia se encontró de repente caminando por los pasillos de la Ciudad Plateada, pero no era la guerrera de armadura reluciente que Xento conocía. Era pequeña, sus pies descalzos no hacían ruido sobre el mármol que reflejaba la luz de siete soles. En ese entonces, su cabello no estaba sujeto para la batalla, sino que caía como una cascada de hilos de seda blanca.

Luego de caminar vio una flor, curiosamente conocida para ella en el suelo, era oscura y de cristal. Cuando intentó acercarse, todo cambió.

De repente, su sueños se tornaron oscuros. La calidez de los recuerdos fue succionada por un vacío frío. Caelia y Pietro se encontraron de nuevo en Xento, pero era un Xento de pesadilla.

Caelia miró sus manos. Tenía la rosa de cristal negro que Pietro le había regalado, pero el objeto estaba corrompido. La lava traslúcida se había vuelto un fango negro que goteaba sobre su túnica blanca, manchándola de un pecado que no podía limpiar. De la rosa brotaban espinas que se enterraban en su carne, recordándole que su amor era una traición.

Se vieron obligados a pelear. No eran los amantes del manantial; eran el General de las Tierras Bajas y la Heredera de la Luz.

—¡Pietro, por favor! —gritaba Caelia, alzando su lanza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Pietro no podía hablar. Su boca estaba sellada por una máscara de hierro negro. Sus ojos, antes tiernos, eran pozos de odio inyectados en sangre. Embistió contra ella con una fuerza brutal, su espada de obsidiana buscando el corazón que latía por él.

El choque de sus armas no produjo sonido, sino un grito desgarrador que pareció fracturar el universo entero. Justo cuando el arma de Pietro estaba a punto de atravesar el pecho de Caelia, el sueño se rompió en mil pedazos.

—¡NO! —gritó Caelia, incorporándose de golpe.

Su despertar fue una explosión de luz involuntaria. La energía fue tan fuerte que la nube sobre la que dormía se expandió como una palomita de maíz, lanzando a Helia, que roncaba plácidamente a su lado, directamente al suelo.

—¡POR LAS BARBAS DEL JEFE! —bramó Helia mientras caía.

El golpe fue seco. Helia rodó por la tierra gris, se puso en pie de un salto, todavía media dormida, y agarró su lanza al revés.

—¡INVASIÓN! ¡A LAS ARMAS, PALOMITAS! —gritó Helia con los ojos desorbitados, lanzando estocadas al aire—. ¡Atrás, sombras negras! ¡He desayunado furia con azucar y no tengo miedo de usarla! ¡Atrono, te voy a clavar este palo por donde no brilla el sol! ¡Caelia, escóndete detrás de mis alas!




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