Xento

Sueños Demoníacos

A kilómetros de distancia, en el plano del sueño, Pietro caminaba por las ciudadelas de obsidiana de las Tierras Bajas. Su infancia no fue blanca, sino roja y negra, marcada por el ritmo de los martillos golpeando el yunque y el rugido de las bestias en los pozos.

Pietro recordó ser un niño de una arrogancia feroz, pero con un código de conducta que lo alejaba de la crueldad gratuita de otros príncipes demonio. Era duro, sí, y extremadamente competitivo. Si un maestro de armas le decía que no podía levantar una espada de hierro negro, él no dormía hasta que lograba blandirla con una sola mano.

Su padre, Siod, el Rey de las Sombras, lo amaba a su manera: con un orgullo posesivo y violento. En el sueño, Pietro se vio a sí mismo en el Gran Salón de los Cráneos. Siod estaba sentado en su trono, inmenso y aterrador, pero cuando veía a Pietro, sus ojos se suavizaban con una satisfacción oscura.

—Acércate, mi heredero —dijo Siod, su voz como el crujido de una montaña desmoronándose—. Ven y dime qué has aprendido hoy sobre el dominio.

Pietro se subió al estrado. Siod lo mimaba otorgándole privilegios que otros demonios solo soñaban. Le regalaba fragmentos de almas guerreras para que estudiara sus técnicas y le permitía sentarse a su lado durante las ejecuciones de los traidores, no por crueldad, sino para que aprendiera el peso de la autoridad.

—Eres mi sangre, Pietro —le decía Siod, poniendo una mano pesada y caliente en su hombro—. Eres el fuego que consumirá la arrogancia del Cielo. Nunca bajes la cabeza, nunca pidas perdón. El mundo es una presa, y tú eres el depredador más grande que estas tierras han visto.

Pietro se sentía feliz bajo esa sombra protectora. Se sentía poderoso, respetado por todos sus allegados. Pero, al igual que Caelia, Pietro sentía una inquietud que no podía nombrar. ¿Era el dominio la única forma de existir? ¿Por qué la victoria siempre dejaba un sabor a ceniza en la boca?

Su refugio fue Atrono. El joven Atrono ya era un prodigio de la lógica y la estrategia. Mientras otros niños demonio se peleaban por trozos de carne, Pietro y Atrono se sentaban en las almenas a discutir sobre la arquitectura de los planos y la naturaleza de la voluntad.

—Príncipe, si solo usas la fuerza, solo serás una herramienta —le decía Atrono con esa calma que siempre lo caracterizó—. Pero si usas la mente, serás el arquitecto del destino.

Atrono fue el hermano que la sangre no le dio, el único que se atrevía a cuestionar sus decisiones y el que le enseñó que el respeto era más duradero que el miedo. Su amistad fue el cimiento sobre el cual Pietro construyó su identidad más allá de la sombra de su padre.

Pietro levantó su lanza. En el extremo de la misma, colgaba una pluma blanca, manchada de ceniza. La pluma que él había visto... Pero, no recordaba en dónde.

—¡Pietro, detente! —gritaba una voz conocida, pero su voz se perdía en el estruendo de la batalla.

El sueño cambió bruscamente. La nostalgia de la infancia fue devorada por una oscuridad asfixiante.

Algo anda mal... terriblemente mal.

—La farsa ha terminado, ángel —decía la voz de Pietro, distorsionada y fría—. Solo puede quedar uno.

Pietro no podía creer que esas palabras habían salido de su boca, antes estaría orgulloso, pero ahora. Una fuerza lo obligaba a moverse y hablar. Y lo peor... no podía parar.

Sin más remedio... Sin más opción...

Se vieron forzados a luchar. Cada golpe de sus armas enviaba ondas de choque que destrozaban lo poco que quedaba del mundo. Caelia lloraba mientras intentaba defenderse, y Pietro rugía con una angustia que no podía controlar. Estaban destinados a destruirse, a cumplir la profecía de sus padres.

Pietro se despertó con un rugido ahogado, su mano buscando la garganta de un enemigo inexistente. Su respiración era un silbido violento y su aura de sombras estaba fuera de control, oscureciendo la tienda como si fuera medianoche.

Atrono, que estaba sentado en un rincón escribiendo en su diario con una pluma de cuervo, ni siquiera se inmutó. Levantó la vista con una parsimonia irritante y ajustó sus lentes.

—Si su intención era realizar una prueba de estrés para la estructura de esta tienda, mi señor, ha sido un éxito rotundo —dijo Atrono con su voz de terciopelo—. Sin embargo, si se trata de un residuo onírico, le sugiero que regule sus pulsaciones. No queremos que las sombras decidan devorar el mobiliario por una simple pesadilla.

Pietro se pasó las manos por la cara, tratando de calmar los latidos de su corazón. —Fue... fue horrible, Atrono. Nos estábamos matando. No podía detenerme.

Atrono se levantó y le ofreció un cáliz con una poción relajante hecha de raíces amargas. —El miedo a perder lo que se ama suele disfrazarse de guerra en la mente de un soldado, príncipe. Beba esto. Es solo su cerebro procesando la ansiedad de nuestra pequeña... traición compartida.

Pietro bebió el contenido de un trago, sintiendo cómo el frío calmaba sus nervios. Pero la sensación de que algo no estaba bien persistía.

Entonces una luz... una luz que lo iluminó, lo insitó a salir. Atrono, extrañado, se quitó las gafas y lo siguió.

Al momento de salir ya empezaba a notar algo extraño en el aire. Entonces pasó, ambos salieron de su refugió, ambos quedaron maravillados con lo que estaban viendo.




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