Caelia, sintiéndose extrañamente atraída hacia el exterior, salió de la tienda. Helia la siguió detrás. Pietro hizo lo mismo, saliendo de su refugio seguido por un Atrono que ya empezaba a notar algo extraño en el aire.
Ambos se detuvieron en seco al llegar al límite de sus respectivos sectores.
Xento había cambiado.
Ya no era el páramo gris y estéril que habían conocido. Durante la noche, el amor, el miedo y la esperanza de los dos jóvenes habían actuado como un catalizador mágico sobre la tierra neutral.
Alrededor del manantial, y extendiéndose en ondas concéntricas hacia las colinas, el suelo estaba cubierto por un musgo de un color violeta vibrante que emitía un suave zumbido de energía. Pequeñas flores, cuyos pétalos eran de una luz blanca perlada pero cuyos tallos eran de una sombra líquida, habían brotado entre las grietas. Los árboles de piedra habían desarrollado vetas de cristal esmeralda que brillaban en la penumbra.
Incluso el aire olía diferente. Ya no era el aroma seco del polvo, sino una mezcla embriagadora de jazmines, tierra mojada y algo que recordaba al incienso de los templos más antiguos.
—¿Qué... qué es esto? —susurró Caelia, dando un paso hacia adelante. Al pisar el musgo violeta, este brilló con más intensidad, como si le diera la bienvenida.
Pietro caminó hacia ella, sus botas hundiéndose en la vegetación imposible. Se encontraron en el centro, rodeados por este jardín que desafiaba todas las leyes de sus padres.
—Es... Vida —dijo Pietro, su voz llena de asombro—. Es vida real, Caelia.
Helia se acercó a una de las flores y la tocó con la punta de su lanza. La flor se enroscó alrededor del metal, soltando una pequeña nube de polen brillante.
—Chicos... esto es precioso, en serio —dijo Helia, pero su voz tenía un tono de pánico—. Pero si esto lo ve una "proyección" o un inspector... estamos muertos.
Atrono se agachó y analizó una de las flores con ojo clínico. Su expresión, por primera vez, era de genuina preocupación mezclada con una fascinación científica.
—La criatura rosada tiene razón. Y este páramo... Xento ha dejado de ser un plano neutral para convertirse en un plano de síntesis. Esta vegetación es una anomalía biológica que no debería existir en este universo. Es el resultado directo de sus esencias interactuando sin conflicto.
Pietro tomó la mano de Caelia. En medio de ese jardín violeta, bajo un cielo que empezaba a mostrar colores que no eran grises, la pesadilla del sueño empezó a desvanecerse, sustituida por una resolución de acero.
El sol de Xento, si es que se le podía llamar así a esa luminaria artificial que los dioses habían colgado sobre el valle para vigilar a sus herederos, comenzó a filtrar sus rayos a través de la neblina. Pero ya no era una luz pálida y anémica. Al chocar con la efervescencia violeta del musgo y el brillo esmeralda de los árboles, la luz se refractaba en mil matices de ámbar y púrpura, convirtiendo el aire en un prisma vivo.
Caelia extendió las manos, sintiendo cómo la atmósfera, antes densa y cargada de una estática opresiva, ahora parecía acariciar su piel con la suavidad de la seda. Cada vez que sus pies descalzos rozaban el musgo, una nota musical, baja y vibrante, resonaba desde las profundidades de la tierra. No era solo que la naturaleza hubiera brotado; era que la tierra misma parecía estar despertando de un coma milenario, reconociendo a sus nuevos amos.
—¿Sientes eso, Pietro? —preguntó Caelia, su voz cargada de una emoción que apenas podía contener—. No es solo magia. Es... es como si el mundo estuviera respirando con nosotros.
Pietro se arrodilló lentamente, enterrando sus dedos en la vegetación. El musgo se enroscó alrededor de sus dedos, buscando el calor de su esencia. Para un príncipe del Abismo, acostumbrado a que las cosas se marchitaran bajo su mando o se doblegaran por el miedo, este acto de aceptación incondicional de la tierra era abrumador. Sintió un nudo en la garganta, una presión en el pecho que no era dolor, sino una expansión de su propio ser.
—En las Tierras Bajas —comenzó Pietro, su voz más ronca de lo habitual—, la vida es una guerra. Las plantas tienen espinas que inyectan veneno y los árboles se alimentan de la sangre de los caídos. Nunca imaginé que algo pudiera crecer por el simple deseo de... existir.
Se puso en pie y miró a Caelia. Sus ojos rubíes, que antes solo reflejaban la severidad de su linaje y la furia de la batalla, ahora brillaban con una claridad nueva. En ese jardín, Pietro ya no parecía un general esperando la muerte, sino un hombre que acababa de descubrir que el horizonte era infinito.
—Atrono... dime que estoy alucinando —susurró Helia, con los ojos fijos en una pequeña flor que cambiaba de color, pasando del nácar al violeta profundo cada vez que la brisa la rozaba—. Dime que esto es una trampa de tu príncipe o un efecto secundario de algún hongo alucinógeno que creció en las letrinas.
Atrono no respondió de inmediato. Estaba ocupado sacando un pequeño frasco de cristal de su túnica para captar una muestra del polen que flotaba en el aire. Sin embargo, sus manos, siempre firmes como el pulso de un cirujano, temblaban ligeramente. El demonio de la lógica, el arquitecto de las sombras que creía que todo en el universo podía ser reducido a una ecuación de poder y voluntad, estaba frente a un milagro que no tenía variables conocidas.
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Editado: 06.01.2026