Xento

Fractura

En el instante preciso en que los hilos de la realidad se fracturaron en Xento, el universo conocido experimentó un espasmo. No fue un estruendo físico, sino una disonancia metafísica que recorrió las columnas de la Ciudad Plateada y las venas de obsidiana de las Tierras Bajas.

La conexión con Xento no era simplemente una línea de comunicación; era un anclaje existencial. Cuando ese anclaje desapareció, las dos potencias más grandes de la creación se encontraron, por primera vez en eones, con una mancha ciega en su propio mapa.

Empezó con el Silencio de las Esferas.

En la cúspide de la Ciudad Plateada, el Salón de la Armonía, un lugar donde el tiempo se mide en compases musicales, el coro perpetuo se detuvo. Miles de ángeles, cuyas voces habían mantenido la vibración del plano desde su origen, quedaron en silencio absoluto. El vacío que dejó esa pausa fue más aterrador que cualquier grito.

Dios, manifestado como una presencia de luz blanca pura y cegadora que llenaba el trono central, sintió el corte. Para Él, Caelia no era solo su hija; era una extensión de Su propia perfección, una nota clave en la sinfonía de Su plan.

—Padre... —susurró el Arcángel Riel, el Guardián de las Crónicas, arrodillándose ante el estallido de luz—. El rastro de la Heredera se ha desvanecido. No es solo un eclipse. Es como si el espacio que ocupaba Xento hubiera sido borrado de la geometría sagrada.

La presencia de Dios pulsó con un brillo dorado, una señal de una preocupación que los ángeles no habían visto desde la Gran Rebelión.

—Xento era un terreno de prueba —la voz de Dios resonó en la mente de cada ser de luz en la ciudad—. Un espacio bajo mi vigilancia constante. ¿Cómo puede una mota de polvo en el universo cerrarse a Mis ojos?

—Hemos intentado todo con el séptimo nivel, mi Señor —respondió Riel, con la voz temblorosa—. Hemos enviado pulsos de luz de búsqueda a través de las corrientes de éter. Pero el resultado es siempre el mismo: el vacío. Las señales de Xento siguen ahí, pero al intentar enfocar nuestra visión, encontramos una pared de nada. No hay energía, no hay materia. Es como si ese mundo nunca hubiera existido.

—Fue Siod —sentenció un querubín guerrero, apretando el puño—. Ese demonio ha usado algun tipo de magia de olvido para secuestrar a la Heredera. Ha roto el pacto de neutralidad.

Esa idea se extendió por la Ciudad Plateada como un reguero de pólvora. La idea de que el Abismo había logrado burlar la vigilancia divina era un insulto que solo podía pagarse con el exterminio. Los ángeles empezaron a afilar sus lanzas de luz, preparándose para una guerra total, convencidos de que Pietro y su padre habían perpetrado el crimen más grande de la historia.

Abajo, en las profundidades de las Tierras Bajas, el caos no era silencioso. Era un estallido de fuego y violencia. En el Palacio de Hierro, los ríos de lava que alimentaban las forjas se detuvieron, volviéndose de un gris cenizo y frío.

Siod, el Rey de las Sombras, se puso en pie desde su trono. Su forma fuerte e intimidante brilló, con ojos que ardían como supernovas rojas. El suelo se agrietó bajo sus pies mientras un rugido de furia pura hacía vibrar las paredes de la fortaleza.

—¡MI HIJO! —bramó Siod, y su voz provocó derrumbes en las minas más profundas—. ¡Pietro ha sido silenciado! ¡Los bastardos de las alas blancas han usado su "misericordia" para desintegrar mi sangre!

A sus pies, los generales demonio se retorcían en el suelo por la presión de su aura. Uno de ellos, un demonio de ojos múltiples encargado de la vigilancia de los planos, logró hablar:

—Señor... no es una desintegración. Si Pietro hubiera muerto, su esencia habría regresado al núcleo del Abismo para renacer. Pero su alma no ha vuelto. Está... en otra parte. Un lugar al que no puedo llegar.

Siod agarró al demonio por el cuello, levantándolo en el aire.

—¡No hay lugar en este universo donde Yo no pueda llegar! ¡Xento es un vertedero de escoria que Yo mismo ayudé a delimitar! ¡Muestra las coordenadas ahora! ¡Quiero a mi hijo de regreso!

—No puedo, mi Señor —sollozó el demonio—. Las coordenadas están vacías. No hay rastro de la sombra de Pietro, ni del protocolo de Atrono. Es como si las Tierras Bajas hubieran amputado ese trozo de realidad. No hay conexión de sangre, no hay pacto de lealtad... todo se ha cortado.

Siod arrojó al demonio contra una columna. Su mente, una red de planes y ambiciones, empezó a considerar la única posibilidad lógica desde su perspectiva: Dios había decidido terminar el juego antes de tiempo. Había usado a Caelia como carnada para atrapar a Pietro y luego había sellado el valle para que el Abismo no pudiera responder.

—Quieren guerra —siseó Siod, mientras su armadura de obsidiana empezaba a emitir un calor que derretía la piedra a su alrededor—. Creen que pueden robarme a mi heredero, mi sangre y esconderse tras sus muros de cristal. ¡Preparen las legiones de sombras! ¡Marcharemos hacia la frontera de luz hasta que Dios nos devuelva lo que es nuestro!




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