Xento

El Cónclave de la Incertidumbre

La situación llegó a un punto crítico cuando ambos bandos se dieron cuenta de que ninguno tenía ventaja. Si Dios hubiera secuestrado a Pietro, se estaría jactando de ello. Si Siod hubiera matado a Caelia, las Tierras Bajas estarían celebrando. Pero había un silencio mutuo, una confusión que era más profunda que el odio.

Se acordó un encuentro neutral en el Puente de las Estrellas Fugaces, un lugar en el borde de la creación donde la luz y la sombra se tocan sin mezclarse. No fue una reunión de paz, sino un cónclave de desesperación.

Por el lado de la luz, el Arcángel Rriel y una escolta de Inquisidores. Por el lado de la sombra, el General Malphas y un círculo de Rastreadores.

—Devuélvannos a la Heredera —exigió Riel, su voz resonando con la autoridad del Creador—. Sabemos que Xento está bajo su velo de oscuridad. Entréguenla y quizás perdonemos esta afrenta.

Malphas soltó una carcajada ronca, aunque sus ojos estaban llenos de una inquietud genuina. —¿Nuestra oscuridad? ¡Hipócritas! Estamos aquí para exigir al heredero. Pietro ha desaparecido y sus señales de luz fueron los últimos en verlo. ¿Qué le han hecho a mi príncipe? ¿En qué mazmorra de cristal lo tienen prisionero?

Riel se quedó helado. La convicción en la voz del demonio era innegable. Los demonios no sabían mentir sobre el orgullo, y Malphas estaba herido en su orgullo de general.

—¿Estás diciendo... que ustedes tampoco pueden encontrar Xento? —preguntó Riel, su voz perdiendo su tono inquisitorial.

Malphas se detuvo, su postura de combate flaqueó por un segundo.

—Xento es un agujero negro para nosotros. No hay rastro, no hay sombra. Siod está a punto de quemar el firmamento porque cree que ustedes lo han borrado.

Un silencio pesado cayó sobre el puente. Si ninguna de las dos eminencias —Dios o Siod— sabía qué había pasado, entonces el universo se enfrentaba a un fenómeno desconocido. Algo había nacido en Xento que era más grande que el poder que lo creó.

Riel y Malphas regresaron a sus respectivos señores con las noticias. En la Ciudad Plateada, la noticia de que Siod no era el responsable causó una crisis de fe entre los rangos superiores. Si no fue el Mal, ¿Qué fue? ¿Había una fuerza superior a Dios? ¿O era la propia Caelia quien había decidido abandonar a su Padre?

Dios, en Su trono, permaneció en un brillo estático durante horas. Su omnisciencia estaba fallando en un punto específico del mapa. Era una herida en Su creación que no podía sanar, porque no podía verla.

—Si no están en el Cielo, ni en el Infierno, ni en Xento... ¿Dónde están? —preguntó la voz de Dios, una pregunta que hizo temblar los pilares de la ciudad.

Dios... ¿Estaba preguntando algo que no sabía?

En las Tierras Bajas, Siod era mucho más directo en su frustración. Destruyó la mitad de su salón del trono con un solo golpe.

—Si Pietro ha encontrado una forma de ocultarse de mí, lo buscaré hasta en el último átomo del vacío —juró Siod—. Pero si este es el resultado de su contacto con esa ángel... lo juro, voy a encontrarlo. Lo traeré a casa... Esperame hijo.

La conclusión a la que llegaron ambas eminencias fue la misma, y era profundamente preocupante: Xento ya no era un lugar. Era un estado de ser.

Mientras tanto en el planeta en cuestión.

Pietro y Caelia habían logrado lo imposible. Habían creado una frecuencia existencial que era invisible para los ojos del odio y para los ojos del juicio. Se habían movido a una "octava" superior de la realidad, un lugar donde las reglas de Dios y Siod no tenían jurisdicción.

Para los dos padres, esto era peor que la muerte. La muerte es comprensible, es una transición que ellos controlan. Pero la desaparición hacia algo nuevo, algo que ellos no pueden entender ni dominar, era la máxima derrota.

Mientras los dos reinos se preparaban para lo desconocido, en Xento la paz era absoluta. Caelia y Pietro, ajenos al caos cósmico que su amor había provocado, caminaban por el jardín violeta.

Caelia se detuvo y miró hacia el cielo, hacia esas nebulosas de colores imposibles que ahora cubrían el valle.

—¿Sientes eso, Pietro? —preguntó ella, cerrando los ojos.

Pietro, que estaba observando cómo una de sus sombras se entrelazaba con la luz de una flor sin destruirla, asintió. Aún estaba preocupado por lo ocurrido, pero... estar ahí con ella, le tranquilizaba.

—Es como un zumbido. Una protección.

—Es el silencio —corrigió Caelia—. Estamos envueltos en el silencio que ellos no pueden escuchar. Mientras sigamos así, mientras nuestra voluntad sea una sola, no habrá más ruido.

Pietro tomó su mano, sintiendo la calidez que ahora fluía entre ellos como una corriente eléctrica.

—Atrono, al igual que yo, está consternado. Dice que el velo que crearon es perfecto, pero yo creo que no es solo el velo. Es el mundo mismo el que nos protege. Es como si... Xento nos quisiera aquí, Caelia.

Caelia sonrió y se recostó en su hombro.

—Si es así...gracias Xento.

Sabían que fuera de esa burbuja de color violeta, el universo estaba en llamas. Sabían que sus padres eran fuerzas de la naturaleza que no se rendirían fácilmente. Pero en ese momento, en ese pequeño trozo de realidad que ellos mismos habían soñado y luego manifestado, eran más poderosos que cualquier dios o demonio.




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