Xento ya no era un campamento militar dividido por una frontera invisible; se había convertido en un santuario que respiraba. Sin embargo, para los cuatro que habitaban este milagro, el aire cargado de jazmín y ozono sabía a una libertad que, por momentos, resultaba asfixiante. La desconexión total con sus reinos de origen había dejado una cicatriz en el tejido mismo de sus almas. Eran como astronautas cuyos cables de oxígeno han sido cortados: estaban en el espacio más hermoso imaginable, pero el pánico de la deriva era real.
Pietro y Caelia, impulsados por un instinto de supervivencia y pertenencia, decidieron que el primer paso para aceptar este nuevo destino era abandonar los refugios que los vinculaban a su pasado. Ya no habría una tienda bajo la sombra de los riscos, ni un refugio en su lecho de nubes blancas en la loma de la luz.
—No podemos vivir en las ruinas de lo que solíamos ser —dijo Pietro, observando cómo el viento mecía las hojas plateadas de los nuevos árboles.
Caelia asintió, tomando su mano. Sus dedos entrelazados eran ahora el único ancla que les quedaba.
—Necesitamos algo que sea de este lugar. Algo que no pertenezca a otros. Algo que nos pertenezca Un hogar, Pietro. No un cuartel.
Se situaron en el centro del valle, a pocos metros del manantial que ahora cantaba con una melodía cristalina. Fue un acto de creación conjunta, una danza de magias que en cualquier otro lugar del universo habría provocado una catástrofe.
Pietro cerró los ojos y extendió sus manos hacia el suelo. No llamó a la destrucción, sino a la estructura. De la tierra violeta empezaron a emerger pilares de una piedra oscura y pulida, similar a la obsidiana pero con una calidez orgánica que el hierro del Abismo nunca tuvo. La piedra se moldeaba según su voluntad, creando muros curvos que parecían abrazar el espacio.
Caelia intervino entonces. Sus manos se movían con la delicadeza de quien teje seda. Donde Pietro ponía solidez, ella ponía claridad. De los muros de piedra oscura empezaron a brotar ventanas de cristal translúcido que filtraban la luz del nuevo cielo en patrones de color amatista. El techo no era de madera ni de paja, sino una cúpula de ramas entrelazadas de los árboles de Xento, que se doblaron voluntariamente para proteger a sus nuevos señores.
No era una mansión, ni un castillo. Era una estructura orgánica, una extensión del valle mismo. En su interior, el suelo estaba cubierto por el musgo violeta más suave, que servía de alfombra natural. En el centro, una chimenea cuya llama no quemaba con fuego, sino con un resplandor ámbar que proporcionaba una paz infinita.
—Nuestra casa —susurró Caelia, maravillada al ver la obra terminada.
Pietro la rodeó con sus brazos por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro. Por un momento, el peso del universo pareció desaparecer. Pero mientras ellos encontraban consuelo en el acto de construir, a unos metros de distancia, sus amigos se desmoronaban en silencio.
Helia se había quedado en su antigua posición, sentada en el borde de su lecho de nubes, que ahora empezaba a disiparse lentamente al perder la conexión con la Ciudad Plateada. Tenía la lanza sobre las rodillas, pero sus manos no la sujetaban con firmeza. Estaba mirando hacia el horizonte, hacia donde solía estar la puerta de luz que la llevaba a casa.
Por un lado, sentía un alivio que la hacía querer gritar de alegría. Ya no había inspectores que revisaran la limpieza de sus alas, ni sargentos que le gritaran por sus modales rudos. No habría más degradaciones, ni el miedo constante a decir algo "impuro" que la condenara al silencio. Era libre de ser la guerrera ruidosa y desastrosa que siempre había sido.
Pero esa libertad tenía un precio que no había calculado.
—No volveré a ver a las chicas —murmuró para sí misma, y su voz se quebró—. No volveré a escuchar el coro de las seis de la tarde... aunque siempre decía que me daba dolor de cabeza.
Recordó a sus compañeras de ala, ángeles que, a pesar de su rigidez, era divertido estar ahí. Recordó las risas secretas en los jardines de nubes y el sabor de las frutas de luz que solo crecían en los niveles superiores del Cielo. Todo eso había desaparecido. No por una muerte heroica en batalla, sino por un silencio cósmico. Se sentía como si hubiera muerto para el mundo, pero siguiera respirando.
Helia se tumbó de espaldas en la nube que se encogía, mirando el cielo de Xento. Era hermoso, sí, pero no era su cielo.
—Espero que Caelia sepa lo que está haciendo —susurró, cerrando los ojos para que las lágrimas no se escaparan—. Porque si esto sale mal, ni siquiera tendremos un funeral en casa.
Si Helia estaba triste, Atrono estaba aterrado, aunque su rostro seguía siendo una máscara de impasibilidad. Él no se había quedado en su tienda; estaba caminando de un lado a otro cerca del manantial, tomando notas mentales que ya no tenía donde registrar.
Atrono era un ser de orden. Toda su existencia se basaba en la jerarquía, en el protocolo y en el servicio a la corona de sombras. Sin Siod, sin las Tierras Bajas, el concepto mismo de "Atrono" carecía de sentido. Él no era un individuo; era una función del sistema. Y el sistema se había apagado.
Se detuvo frente a un árbol de cristal y lo observó con una intensidad casi dolorosa. Sus manos, ocultas bajo sus largas mangas, temblaban de forma incontrolable.
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Editado: 06.01.2026