Xento

La Casa Nueva

El primer amanecer de la "Era de Xento" no llegó con el toque de trompetas plateadas ni con el lamento de las almas del Abismo. Llegó con un susurro violeta. La luz, ahora una mezcla constante de ámbar y púrpura, se filtraba a través de la neblina que rodeaba el valle, transformando el rocío de las plantas en pequeñas gemas líquidas que vibraban con energía propia.

Pietro fue el primero en despertar. Durante siglos, su despertar había estado marcado por la tensión de la guerra inminente, pero esta vez, al abrir los ojos, lo primero que sintió fue el calor de Caelia a su lado. Se quedaron unos minutos en silencio, escuchando cómo el mundo fuera de su habitación, un espacio que antes era aire puro y ahora estaba delimitado por paredes de cristal amatista y madera viva, empezaba a despertar.

—Es hora —susurró Caelia, dándole un beso suave en la frente—. Tenemos un reino que construir.

La construcción de la casa definitiva no fue un evento de un solo día, sino una coreografía de voluntades que duró semanas. Pietro y Caelia se dieron cuenta rápidamente de que, aunque su amor era el motor, necesitaban la mente de Atrono para que el milagro no se derrumbara.

—Si vamos a habitar este espacio de forma permanente —dijo Atrono una mañana, mientras sostenía un trozo de cristal esmeralda frente a la luz—, debemos considerar la estabilidad de la red de energía. No basta con que las paredes sean hermosas; deben ser conductos.

Pietro se rió, pasando un brazo por los hombros del demonio. —Sabía que no podrías evitarlo. Ya estás calculando la resistencia del aire, ¿verdad?

—Alguien tiene que hacerlo, señor —respondió Atrono con una rigidez que, aunque todavía presente, ya no tenía ese filo cortante de antes—. El caos es poético, pero la arquitectura requiere precisión.

Bajo la dirección de Atrono, la casa comenzó a tomar una forma que desafiaba cualquier plano conocido. Pietro invocaba la piedra del corazón de Xento, una obsidiana cálida que no absorbía la luz, sino que la transformaba en un brillo interno. Caelia, por su parte, tejía los ventanales. Sus manos se movían en el aire y el cristal de las colinas se derretía y se expandía como burbujas de jabón hasta solidificarse en láminas tan claras como el agua del manantial.

Helia, aunque al principio se mantenía al margen con una mezcla de melancolía y desgana, terminó por involucrarse cuando se dio cuenta de que la casa carecía de "alma salvaje".

—Esto parece un laboratorio —protestó Helia un mediodía, mirando los muros perfectos que Atrono estaba alineando—. Falta verde. Falta desorden. Necesitamos que la naturaleza entre, no solo que nos mire desde fuera.

—El desorden atrae la ineficiencia, la ineficiencia trae caos y del caos te trae a ti, Helia —replicó Atrono sin levantar la vista de una ecuación que trazaba en la arena—. El flujo de la luz debe ser simétrico, así maximisamos el día y la luz.

—¡A la mierda la simetría! —Helia agarró una liana cargada de flores blancas y la enredó con fuerza alrededor de uno de los pilares de piedra—. Mira eso. Ahora el pilar parece que está vivo, no que es un poste de una cárcel.

Atrono se detuvo. Miró la liana, luego miró a Helia, que tenía una expresión desafiante, y después volvió a mirar la liana.

—Supongo... —admitió él en un susurro casi imperceptible— que el contraste orgánico ayuda a disipar la estática de la estructura.

Atrono volvió a lo suyo, pero Helia seguía proponiendo.

El tiempo iba pasando.

A medida que la casa crecía, también lo hacía la dinámica entre Atrono y Helia. Sus choques eran constantes, pero el tono había cambiado. Ya no eran enemigos obligados a colaborar; eran dos seres rotos que encontraban en sus discusiones una forma de no pensar en lo que habían dejado atrás.

Un día, mientras trabajaban en la cocina, un área que Atrono insistía en que debía tener "un orden estricto", Helia decidió que el suelo debía ser de musgo esponjoso para poder caminar descalza.

—Es antihigiénico y lógicamente absurdo —dijo Atrono, cruzando los brazos—. El musgo retiene humedad. La humedad afecta la conservación de los alimentos.

—Es necesario, me gusta caminar el musgo, es único y bello, debes probar —respondió Helia, acercándose a él con una sonrisa pícara—. ¿Sabes cuál es tu problema, noble caballero? Que tienes miedo de ensuciarte.

Atrono se tensó cuando Helia invadió su espacio personal. Podía oler el aroma a ozono y flores que siempre emanaba de ella.

—Higiene es un símbolo de mi dignidad, ángel.

—Tu dignidad es una excusa para no sentir el mundo —Helia lo empujó suavemente hacia atrás y, con un movimiento rápido de su lanza, hizo brotar una alfombra de flores pequeñas y resistentes justo donde él estaba parado—. Pruébalo. Solo una vez.

Atrono miró hacia abajo. Sintió la suavidad de los pétalos bajo sus botas. Por un momento, su expresión de seriedad absoluta flaqueó. No dijo nada, pero no se movió de allí en todo el resto de la tarde.

Pietro y Caelia observaban estas interacciones desde el piso superior, donde estaban instalando una cúpula que permitía ver las estrellas nuevas de Xento.

—¿Te has fijado? —susurró Caelia, apoyando la cabeza en el hombro de Pietro.




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