Helia se removió entre sus sábanas de seda de luz. El sueño se le escapaba, escurriéndose entre sus dedos como arena fina. Tenía la garganta seca, un recordatorio de que, a pesar de estar en un santuario, su cuerpo de ángel seguía respondiendo a necesidades terrenales. Se levantó con cuidado, sus alas plegándose con un roce sutil, y caminó descalza por el suelo de musgo hacia el salón común. Contente de poder convencer aquel demonio de ello.
Al pasar frente a la habitación de Atrono, notó que la puerta estaba entreabierta. Un rastro de sombra líquida se proyectaba hacia el pasillo. Helia se detuvo por instinto de guerrera, pero luego recordó dónde estaba. No había enemigos aquí.
Asomó la cabeza y vio que la estancia estaba vacía. Intrigada, siguió caminando hacia el fondo del salón, donde las puertas de cristal daban al jardín que ella misma había comenzado a plantar. Allí, sentado en el umbral, con una pierna encogida y la otra colgando hacia el exterior, estaba Atrono.
No llevaba su túnica formal de gala, sino una camisa de lino oscuro que dejaba ver la fuerza de sus hombros. En sus manos sostenía un trozo de madera de árbol de luz y un cuchillo de obsidiana. Estaba lijando la pieza con una parsimonia casi hipnótica.
—¿Problemas para dormir, noble caballero? —susurró Helia, acercándose con pasos felinos.
Atrono no se sobresaltó. Sus sentidos estaban siempre alerta, incluso en la paz. Se hizo a un lado mecánicamente, dejando espacio en el bordillo de la puerta sin dejar de trabajar en la madera.
—La mente no tiene un interruptor, Helia —respondió él en voz baja, siguiendo el juego del silencio nocturno—. El silencio de Xento es... ruidoso para alguien que está acostumbrado al eco de los lamentos del Abismo.
Helia se sentó a su lado, abrazando sus rodillas. Observó el cuchillo subir y bajar, desprendiendo virutas plateadas que brillaban antes de tocar el suelo.
—Parece que le estás dando forma a algo —comentó ella—. ¿Es un regalo para la princesa?
—Es un soporte para la estantería de la cocina —corrigió él, aunque había una suavidad en su voz que delataba que disfrutaba de la tarea—. El diseño anterior tenía un margen de error de tres milímetros. Inaceptable. Si no se corrije, traerá problemas futuros.
Helia soltó una risita ahogada.
—Eres imposible. Incluso ahora buscas el error milimétrico.
Se quedaron en silencio un rato, viendo cómo las mariposas de sombra revoloteaban sobre las flores bioluminiscentes del jardín. La cercanía entre ellos se sentía natural, una extensión de la tregua que habían firmado días atrás. Pero había algo que siempre había picado la curiosidad de Helia, algo que, en la crudeza de la guerra, habría sido un insulto preguntar, pero que aquí, bajo el cielo violeta, se sentía como una pieza faltante del rompecabezas.
—Atrono... —comenzó ella, dudando—. ¿Puedo hacerte una pregunta personal? Una de verdad.
Él detuvo el movimiento del cuchillo por un segundo, pero no la miró.
—Si es sobre mi sistema de organización de los cubiertos, ya te dije que es el más eficiente.
—No es eso —Helia tomó aire—. Es sobre tu cuerno. El que falta.
El aire pareció congelarse entre los dos. El cuchillo de obsidiana se detuvo en seco sobre la madera. Helia sintió de inmediato el peso de su indiscreción y empezó a agitar las manos, arrepentida.
—¡Lo siento! No debí... es decir, no es de mi incumbencia. Olvídalo, es el sueño, me hace decir tonterías...
—No pasa nada —la interrumpió Atrono. Su voz era plana, pero no fría—. No es tu culpa. Es una duda razonable. Supongo que para un ángel, cuyas heridas cierran con luz, una amputación permanente en un demonio de mi rango resulta... anómala.
Atrono dejó el cuchillo y la madera a un lado. Se pasó la mano por el cabello oscuro, rozando el muñón romo y desigual que sobresalía del lado izquierdo de su cabeza.
—Debes entender cómo funcionamos en las Tierras Bajas, Helia —comenzó, mirando hacia la penumbra del jardín—. Muchos de los demonios no nacen del modo en que tú imaginas. Son creados, moldeados directamente de la oscuridad primordial por la voluntad de Siod o de los arquitectos del vacío. Yo no soy la excepción. Soy una construcción de voluntad y sombra.
Helia lo escuchaba sin pestañear. Sabía que los demonios eran seres complejos, pero nunca se había detenido a pensar en su "nacimiento".
—Pero Pietro... —continuó Atrono, y su voz adquirió un matiz de reverencia y tristeza—, él es diferente. Pietro fue engendrado. Es sangre de la sangre de Siod. Su madre se llamaba Rati. Era una demonio de una casta antigua, una guerrera feroz que perdió su libertad al intentar arrebatarle el trono a Siod en los primeros eones de la creación.
Helia abrió mucho los ojos. Nunca había oído hablar de Rati.
—Siod no la mató —siguió Atrono—. Para dañarla como ella lo había dañado a él, para humillar su orgullo de rebelde, la obligó a tener un hijo suyo. Quería que ella viera cómo su propia esencia se convertía en la propiedad de su mayor enemigo. Todas las Tierras Bajas quedaron conmocionadas cuando nació el niño. Nació entre las rocas más afiladas del núcleo, en un lugar donde no debería crecer nada vivo.
#5027 en Novela romántica
#1317 en Fantasía
fantasía amor personajes sobrenaturales, romantasy, romance +16
Editado: 06.01.2026