La vida en aquella casa se había asentado en un ritmo que recordaba a un latido constante y sereno. Ya no había urgencia de ningún tipo; ahora, el esfuerzo se centraba en los pequeños detalles que convertían una estructura en un hogar.
Era media tarde. Pietro y Caelia se encontraban en el patio trasero, cerca del manantial, dedicados a una tarea que en sus antiguos reinos habría sido impensable para figuras de su rango: estaban lavando y colgando telas de seda vegetal que Caelia había tejido.
Pietro, con las mangas de su camisa remangadas y el cabello algo desordenado, sostenía un extremo de una sábana de color lavanda. Caelia estaba frente a él, riendo por algo que el príncipe le había susurrado al oído. En un movimiento fluido, Pietro tiró de la sábana, atrayendo a Caelia hacia él. La tela mojada quedó olvidada entre ellos mientras se fundían en un beso lento y profundo. No era un beso de despedida ni de desesperación, sino uno de esos besos cotidianos que sabían a futuro.
A unos metros, apoyada contra un árbol de cristal, Helia observaba la escena con la lanza clavada en la tierra a su lado. Sus ojos dorados seguían cada gesto de la pareja. Sentía una punzada extraña en el pecho, una mezcla de alegría por su amiga y una envidia punzante que se le enredaba en las alas.
—Están en su propio mundo —murmuró Helia para sí misma, con un tono que pretendía ser de queja pero que sonaba a anhelo.
Caelia, sintiendo la mirada, se separó un poco de Pietro y vio a su amiga. Con una sonrisa pícara y los labios aún brillantes por el beso, le hizo una señal.
—¿Te gusta lo que ves, Helia? —preguntó la princesa en tono de broma.
—Es... una pérdida de tiempo logística, señor, sueno igual que él—respondió Helia, recuperando su fachada—. Esa sábana se va a arrugar.
Caelia se soltó de los brazos de Pietro y caminó hacia ella, mientras el príncipe simplemente se reía y seguía con la tarea. La princesa se acercó al oído de la guerrera.
—Sabes, Helia... Atrono está en el tejado revisando los paneles de amatista. Si tanto te pica la curiosidad de saber qué se siente al "perder el tiempo", ¿Por qué no dejas de mirar y te lanzas de una vez? —Caelia le guiñó un ojo—. A veces, un salto al vacío es la única forma de descubrir que tienes alas para algo más que para volar.
Helia se puso roja hasta la punta de las orejas.
—¡Yo no me lanzo hacia nadie! ¡Soy una guardiana!
—Pues guarda tu corazón antes de que se te escape por la boca —rio Caelia antes de regresar con su amado.
Aceptando el reto de forma inconsciente, Helia voló hacia el tejado de la casa. Allí encontró a Atrono, sentado cerca de la cúpula central. Tenía un pequeño cuaderno y estaba haciendo anotaciones sobre la refracción de la luz en el cristal.
Durante los últimos días, Helia había intentado todo para llamar su atención. Había fingido que se le había trabado un ala en una rama, Atrono simplemente calculó el ángulo de liberación y lo ejecutó con la frialdad de un cirujano. Había "olvidado" cómo funcionaba el pestillo de su puerta y Atrono le dio una clase de cómo abrir una puerta sin romperla, e incluso había fingido que una flor de Xento le había dado un estornudo alérgico y él le ofreció una lista de componentes "razonables de alergia" de la planta.
Se sentó a su lado, sus alas rozando ligeramente el brazo del demonio.
—¿Otra vez con los números, noble caballero? —preguntó ella, tratando de sonar casual.
Atrono no levantó la vista.
—La estabilidad lumínica del hogar es vital, Helia. Si el ángulo de la amatista varía un grado, el resplandor ámbar de la cena será un poco más frío. No puedo permitir tal ineficiencia en nuestra comodidad. A todo hay que sacarle lo máximo.
Helia suspiró, frustrada. Estaba a punto de decir algo mordaz cuando Atrono cerró su cuaderno y se quedó mirando el horizonte, donde el sol de Xento se hundía en un mar de nubes violetas.
—Sabes... —comenzó Atrono, y su voz cambió. Se volvió profunda, casi melancólica—. He pasado eones analizando la perfección. En el Abismo, la perfección era el miedo. En el Cielo, era la pureza. Pero aquí... —Hizo una pausa y, por un segundo, miró a Helia de reojo—. He descubierto que la perfección es ese desorden constante que traes contigo. Admiro cómo no necesitas leyes para brillar.
Helia se quedó helada. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que Atrono pudiera oírlo.
—¿Atrono...?
Atrono se giró un poco más hacia ella, aunque no la tocó. La cercanía era eléctrica.
—Eres como una estrella que se niega a seguir una órbita —susurró, y sus palabras eran ahora una caricia invisible—. Una estrella que estalla de forma impredecible. Mi mente me dice que es un caos, que debería alejarme para proteger mi propio orden. Pero mi esencia... lo que queda de mí después de quitar las túnicas y los protocolos... mi esencia solo quiere quedarse cerca para ver hacia dónde vas a estallar después. Porque en tu caos, Helia, he encontrado la única verdad que me hace sentir que no soy una herramienta.
Helia no pudo decir nada, solo lo miraba.
—A veces, encontramos cosas que ni siquiera buscamos, y hoy lo encontré... te encontré.
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Editado: 06.01.2026