Xento

Las Estaciones Llegaron

El amanecer en Xento no entró por las ventanas con la brusquedad de un soldado, sino con la delicadeza de un invitado que no quiere despertar a sus anfitriones. Una luz color miel, filtrada por los cristales de amatista, bañaba el salón de la casa, donde el olor a madera joven y flores de rocío flotaba en el aire estático de la mañana.

Caelia fue la primera en despertar. Se estiró perezosamente, sintiendo el calor de Pietro a su lado antes de que él también empezara a removerse. Bajaron a la cocina compartiendo risas silenciosas y besos somnolientos, esperando encontrar el silencio habitual de las primeras horas. Sin embargo, lo que encontraron los dejó petrificados en el umbral de la puerta.

Helia estaba allí. Y no solo estaba despierta, sino que estaba humillando al amanecer con su propia energía.

La ángel guerrera, que normalmente necesitaba tres amenazas de muerte y un balde de agua fría para ser sociable antes del mediodía, estaba moviéndose por la cocina con una agilidad casi rítmica. Llevaba una túnica ligera de seda, su cabello rosado estaba recogido en una trenza alta y, lo más perturbador de todo, estaba tarareando.

—¡Buenos días, pareja de madrugadores! —exclamó Helia al verlos. Su sonrisa era tan amplia y genuina que por un momento Caelia pensó que estaba bajo algún hechizo de confusión—. Les he preparado té de hojas de plata y he dejado unas frutas cortadas. ¡Disfrútenlas!

Pietro parpadeó varias veces, frotándose los ojos como si esperara que la visión desapareciera.

—¿Helia? ¿Estás... bien? ¿Te has golpeado la cabeza mientras volabas?

Helia soltó una carcajada vibrante, una que no tenía rastro de su habitual sarcasmo.

—¡Estoy mejor que nunca, príncipe! Logísticamente hablando, hoy es un día de máxima eficiencia emocional. ¡Oh! Casi lo olvido.

Tomó una bandeja con dos tazas humeantes y un pequeño plato de galletas de miel.

—Esto es para Atrono. Probablemente esté analizando la densidad de nuestras mantas o algo así. ¡Nos vemos luego!

Con un paso que era casi un baile, Helia desapareció por el pasillo en dirección a la habitación del demonio. El silencio regresó a la cocina, pero era un silencio cargado de una revelación eléctrica.

Caelia y Pietro se miraron. Ella tenía una sonrisa de triunfo absoluto; él, una expresión de puro asombro.

—Dijo ¿Nuestras mantas?—preguntó de forma incrédula Caelia.

—Creo que el Noble Caballero finalmente ha descifrado el código de la felicidad —murmuró Pietro, tomando su taza de té.

—O Helia finalmente decidió que el caos es más divertido cuando se comparte —respondió Caelia, apoyando la cabeza en el hombro de su amado—. Ya no hay solo dos enamorados en esta casa, Pietro. Ahora somos cuatro.

—Por ahora.

—¿Qué quieres decir?

—Nada—dijo Pietro mientras seguía bebiendo su té.

Caelia hizo pucheros por eso, mientras rogaba que le dijera, otra mañana más en la casa.

El tiempo en Xento dejó de medirse. Xento, en su proceso de terraformación, comenzó a latir con un corazón geológico y mágico. No había meses, sino ciclos de resonancia. Lo que al principio fue una estancia forzada por la supervivencia se transformó en el tapiz de una vida compartida. Los cuatro, antes enemigos por naturaleza y soldados por decreto, se convirtieron en una familia unida por el hilo invisible de la libertad.

La primera estación que experimentaron fue la de los Vientos Blancos. El aire de Xento se volvió denso y gélido, pero no con una frialdad de muerte, sino con una frescura que purificaba los pulmones. Durante este ciclo, el viento soplaba desde las cordilleras de obsidiana, arrastrando partículas de luz que se depositaban sobre la vegetación.

Las flores del jardín de Helia, que ella cuidaba con una dedicación casi agresiva, se cubrieron de una escarcha plateada. Al chocar entre sí con la brisa, emitían un tintineo cristalino, una sinfonía de campanas naturales que llenaba el valle.

Para Atrono, la caída de la temperatura fue un desafío lógico. Se pasaba las mañanas trazando diagramas en las paredes de la casa, buscando la "eficiencia térmica absoluta". No quería que el frío perturbara el descanso de nadie, especialmente el de Helia, aunque nunca lo admitiera en esos términos. Diseñó un sistema de calefacción mágica: una red de tubos de cobre y amatista que canalizaba el calor del núcleo térmico del planeta a través de los muros.

—Es una cuestión de termodinámica elemental —explicaba Atrono mientras soldaba una junta con un rayo de energía oscura—. Si la temperatura desciende por debajo del punto de equilibrio, el rendimiento metabólico de los habitantes caerá un quince por ciento. No podemos permitirnos un equipo ineficiente.

Helia lo observaba con una mezcla de burla y una ternura que le dolía en el pecho. Para celebrar que el sistema finalmente funcionaba y que la casa emanaba un calor acogedor, decidió hacer algo que nunca había intentado: cocinar.

El resultado fue... catastrófico. Helia, acostumbrada a raciones de combate o frutas silvestres, mezcló tubérculos de Xento con especias de luz y una raíz que resultó ser altamente reactiva. En la cocina de la casa, una olla de barro burbujeaba con una sustancia de color azul neón que emitía chispas y un humo denso que olía a ozono y arándanos.




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