Xento

Ellos Llegaron

La paz no era un estado estático; era una melodía que se había ido enriqueciendo con los años, añadiendo nuevas notas y ritmos hasta convertirse en una sinfonía de vida. La casa orgánica, ahora envuelta en enredaderas que brillaban con una luz violácea al anochecer, se sentía más viva que nunca. El aire, saturado con el aroma de la tierra fértil y el ozono limpio del planeta terraformado, soplaba suavemente a través de las ventanas abiertas, llevando consigo el murmullo de una fauna que, de forma casi milagrosa, había empezado a reclamar los bosques y ríos.

En el comedor, la luz de las lámparas de amatista bañaba una mesa de madera de luz que estaba repleta de comida. No era una cena de supervivencia, sino un banquete de gratitud.

Caelia, con su cabello trenzado de forma compleja en una corona que resaltaba la madurez de su rostro, servía un guiso humeante de raíces dulces. Sus movimientos eran los de una mujer que había encontrado la plenitud; ya no había rastro de la princesa fugitiva, solo la calma de una madre y una esposa. Frente a ella, Pietro mantenía su figura imponente, casi inalterada por el tiempo, como si su naturaleza de demonio de alto rango hubiera cristalizado su juventud, aunque en sus ojos había una profundidad de sabiduría que solo los años de paz pueden otorgar.

Helia, con su cabello rosado ahora cortado de forma asimétrica y mucho más corto, una elección logística, según ella, para evitar que se enredara con las alas mientras volaba tras los niños, se reía a carcajadas mientras intentaba que Eco terminara sus vegetales. Helia lucía una curva prominente en su vientre, un nuevo milagro en camino que Atrono observaba con una devoción que rozaba lo sagrado.

Atrono había cambiado notablemente. Su cabello oscuro seguía siendo largo, pero ahora lucía una barba prominente y cuidada, que le daba el aire de un rey sabio de tiempos olvidados.

—Eco, la ingesta de fibra es fundamental para el desarrollo de tus membranas alares —explicó Atrono con su voz profunda, aunque con un tono mucho más suave que en sus años de soldado—. Si deseas alcanzar la altitud de crucero de tu madre, debes alimentarte según el protocolo.

Eco, un niño de siete años, lo miró con los ojos dorados de su madre y la seriedad analítica de su padre. Tenía los rasgos afilados de Helia, pero una calma laxa que desconcertaba a todos.

—Padre, la probabilidad de que los vegetales mejoren mi vuelo es solo del 40%. Prefiero el pan de Pietro.

—Tu hijo es sabío Atrono—dijo Pietro mientras le servía pan.

—Deje de mimarlo demasiado.

—Obligame amigo mío, ja.

Helia soltó una carcajada y le revolvió el cabello al niño.

—Es igualito a ti, calculadora. No acepta nada sin un porcentaje, pero al menos se olvido de "sintaxis" como alguien que yo conozco.

—Tus indirectas carecen de fuerza en estos momentos, mi amor.

Helia sonrío con sonrojo al ¿Cumplido? De Atrono.

A su lado, la pequeña Erim, de cinco años, observaba a su hermano mayor con adoración. Erim era un espectáculo de la naturaleza: tenía las alas negras como el azabache, heredadas de su padre, que contrastaban con su cabello de un gris perla suave. Sus ojos eran los de Pietro, oscuros y penetrantes, pero su personalidad era puro sol, una réplica exacta de la dulzura de Caelia.

—¡Eco tiene miedo de los verdes! —canturreó Erim, dándole un mordisco a su propia ración—. Yo soy una valiente, ¿verdad, mamá?

Caelia besó la frente de su hija.

—La más valiente de Xento, mi pequeña sombra.

La cena transcurrió entre anécdotas sobre la nueva fauna que habitaba el estanque y los avances de Atrono en el observatorio. Era una escena de una ternura casi insoportable, una burbuja de amor que parecía blindada contra cualquier maldad del universo. Al terminar, los niños, llenos de energía, pidieron permiso para salir a jugar antes de dormir.

—No se alejen de la zona de los ciervos de luz —advirtió Pietro, levantándose para ayudarlos con sus pequeñas capas—. Y Eco, cuida de tu hermana.

—Protocolo de seguridad activo, tío Pietro —respondió Eco con una pequeña sonrisa, tomando la mano de Erim.

Los dos niños salieron corriendo de la casa, sus alas batiendo con fuerza y desorden, elevándose apenas unos centímetros del suelo mientras se perdían en el bosque que rodeaba la propiedad.

Ambos niños salieron disparados hacía el bosque, mientras los padres se reían de la fuerza de los niños.

El bosque de Xento por la noche era un reino de maravillas. Criaturas que parecían hechas de cristal y neón se movían entre los árboles. Pequeños roedores con colas que emitían pulsos de luz corrían por las ramas, y los ciervos de luz pastaban tranquilamente en los claros. Todo tipo de seres que un día despertaron en el mundo, el Xento del páramo había quedado atrás.

Eco y Erim llegaron al estanque, el lugar sagrado donde sus padres solían pasar largas tardes hablando del futuro. El agua estaba tan calma que parecía un espejo de obsidiana, reflejando las lunas de Xento con una fidelidad asombrosa. Los niños empezaron a jugar a la orilla, lanzando pequeñas piedras brillantes y observando cómo las ondas de agua activaban la bioluminiscencia del fondo.




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