Xento

Conflicto Celestial e Infernal

El aire en el estanque de Xento ya no era aire; era una masa de energía estática que crujía con cada respiración. La luz blanca de Dios y la sombra absoluta de Siod habían devorado los colores del bosque, dejando solo un escenario en blanco y negro donde la vida parecía haber sido suspendida por decreto divino.

—¡Atrás, Caelia! —rugió Pietro, cuyas alas negras se encendieron en un fuego púrpura que devoraba el oxígeno a su alrededor.

Pietro y Atrono se lanzaron al unísono contra Siod. No fue un ataque de soldados, sino una carga desesperada de hombres que protegían su hogar. Atrono, con su lanza de obsidiana refractando la luz plateada, se movía con una precisión que desafiaba la física, mientras Pietro atacaba con la fuerza bruta de una estrella colapsando.

Siod ni siquiera desenvainó su sable de inmediato. Se limitó a desviar los golpes con el dorso de su mano enguantada, cada impacto resonando como un trueno que hacía temblar las montañas flotantes.

—¿Creen que este tiempo en el lodo los ha hecho fuertes? —la voz de Siod era un látigo de desprecio—. Pietro, hijo mío... no tienes idea de cuánto tiempo malgasté buscándote. Las Tierras Bajas se sumieron en el caos porque mi heredero decidió jugar a las casitas en un rincón perdido del vacío.

Siod esquivó un tajo descendente de Atrono y, con un movimiento casi perezoso, lo golpeó en el pecho, mandándolo a volar varios metros sobre la superficie del agua.

—Incluso tuve que rebajarme a pactar con Él —señaló con la cabeza hacia la figura luminosa de Dios—. El soberano del Abismo y el arquitecto del Cielo, aliados solo para encontrar a dos niños que se negaban a madurar. Te prometí gloria, Pietro. Te prometí el trono de las sombras, y me pagas escondiéndote con este... fracasado.

Siod fijó su mirada en Atrono, quien se ponía en pie escupiendo sangre oscura.

—Jamás debí crearte, Atrono. Fuiste un experimento de lealtad, pero parece que tu programación incluía la debilidad por lo prohibido. Tenía expectativas bajas, pero incluso así, lograste decepcionarme. Ahora no eres nada. Ni soldado, ni demonio... solo un estorbo.

—Lamento su decepción, pero yo ya no le temo.

—Jo, deberías hacerlo, criatura estúpida—sonrió Siod.

Mientras tanto, en la orilla, Dios observaba a Caelia y Helia. Sus ojos, que eran galaxias de orden, irradiaban una lástima que dolía más que cualquier insulto.

—Caelia... mi pequeña princesa —dijo Dios, su voz resonando en las fibras del alma de su hija—. Siento un dolor que no puedo expresar al ver en lo que te has convertido. Has roto la armonía de la creación.

—Padre, por favor...

—¡Silencio!

Caelia intentó hablar, pero Dios no se lo permitió. En un movimiento que pareció una caricia pero tuvo la fuerza de un juicio final, Dios extendió su mano y una onda de choque luminosa golpeó a Caelia directamente en el pecho. La princesa salió despedida, golpeando el suelo con un impacto que la dejó sin aliento, su luz parpadeando peligrosamente.

—¡¡MAMÁ!!

El grito vino de Erim.

La pequeña ángel de alas negras se puso en pie. Su cabello gris flotó como si estuviera bajo el agua y sus ojos oscuros se encendieron con un fulgor blanco que no pertenecía ni al cielo ni al infierno. El grito de Erim no fue un sonido, fue una frecuencia de choque. La onda expansiva de su voz golpeó a Dios con tal potencia que el ente, por primera vez en eones, trastabilló y cayó sobre una rodilla, la superficie del agua del estanque estallando en mil pedazos bajo él.

Al mismo tiempo, Siod vio su oportunidad. Decidido a terminar con la "mala influencia", desenvainó su sable de sombra. Pietro estaba en medio, intentando contraatacar, pero Siod, en un gesto que mostró una extraña y retorcida protección, apartó a Pietro con un golpe de hombro, lanzándolo lejos de la línea de ataque para salvarlo del daño colateral.

En ese mismo instante, la hoja oscura de Siod atravesó el costado de Atrono.

El sonido de la carne siendo rasgada por la sombra fue seguido por un silencio absoluto. Atrono se quedó rígido, mirando el sable que sobresalía de su abdomen. Helia, al ver a su marido empalado, sintió que algo dentro de ella, algo antiguo y feroz, se rompía.

—¡ATRONO! —el grito de Helia fue un rugido de guerra.

Pero no fue ella la primera en llegar. Eco, el pequeño semidemonio, entró en una cólera que hizo que su piel se cubriera de runas de luz y sombra. Con una velocidad que dejó una estela de fuego en el aire, Eco tacleó a Siod con la fuerza de un ariete. El golpe fue tan inesperado que Siod perdió el equilibrio.

Helia aprovechó el segundo. Se materializó frente al Rey del Abismo y, concentrando toda su energía de ángel caída y el amor desesperado por su familia, le propinó un golpe devastador con su lanza en el rostro de Siod.

Atrono se levantó como pudo, con la ayuda de Helia, mientras esta luchaba para cerrarle la herida.

—Estoy bien.

—¡NO! ¡No lo estás!

Atrono se guardó sus explicaciones, estaba herida y muy enojada por lo ocurrido, el golpe que le propinó fue brutal, un gran impacto.

Fue tan brutal que Siod fue lanzado hacia atrás, su máscara de sombra resquebrajándose. Por primera vez, se vio algo imposible: sangre negra goteando del rostro de un dios.




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