Xento

Xento

Erim se despertó lentamente. El sol de Xento, ahora un astro maduro de color ámbar, filtraba su luz a través de las hojas de un árbol de cristal cuyas ramas cantaban con el viento. Ella, una joven adulta de una belleza serena, con sus alas negras recogidas y su cabello gris perla cayendo sobre sus hombros, parpadeó un par de veces, disfrutando de la paz del mediodía.

—¡Despierta, dormilona! —Una vocecita aguda y llena de energía rompió su letargo.

Erim sintió un peso pequeño saltando sobre su estómago. Era Luz, su hermana menor, una ángel de apenas cinco años que parecía haber sido esculpida con la luz más pura del alba. Tenía el cabello color cenizo y unos ojos celestiales que brillaban con una curiosidad inagotable.

—¿Luz? ¿Ya es hora? —murmuró Erim con una sonrisa perezosa.

—¡Sí! Samita y Samu dicen que si no vienes ahora, se comerán todos los dulces de miel antes de que empiece la fiesta —anunció Luz con gravedad.

A unos metros, apoyados contra una formación rocosa, estaban Samita y Samu. Eran gemelos, ángeles de cabello rubio brillante y alas pequeñas, que observaban la escena con una mezcla de impaciencia y diversión. Solo habían regresado al parque porque Luz se había negado a irse sin encontrar a su hermana mayor.

—Solo volvimos por ella, Erim. Papá está empezando a entrar en pánico —dijo Samu, cruzándose de brazos.

Erim soltó una carcajada, tomó a Luz en brazos y empezó a hacerle cosquillas, provocando las risas cristalinas de la pequeña. Se puso en pie, se sacudió la túnica y comenzó el camino de regreso.

Al salir del parque, la vista era sobrecogedora. Ante ellos se extendía una ciudad que desafiaba toda lógica antigua. No era la Ciudad Plateada ni el Abismo; era algo nuevo. Edificios de obsidiana pulida con cúpulas de amatista, calles donde ángeles de alas blancas y demonios de piel oscura caminaban juntos, colaborando en mercados, talleres y bibliotecas. Era una civilización de coexistencia, un milagro vivo que respiraba bajo el cielo de Xento.

En el trayecto, pasaron por una plaza concurrida. Allí, Erim divisó a Eco. El hijo de Atrono y Helia ya era un hombre hecho y derecho, con una prestancia analítica heredada de su padre pero una sonrisa pícara que era pura Helia. Estaba charlando animadamente con una dama, una ángel de cabello rojo fuego y plumas blancas que coqueteaba con él sin ningún reparo.

Erim puso los ojos en blanco.

—¿Vienes a casa o no, loco? —le gritó desde la distancia.

Eco se giró, sonriendo a medias mientras se despedía de su acompañante.

—¿Perdón? Te estábamos buscando a ti, desaparecida.

—¡Mentira! —intervino Samita señalando a los gemelos—. ¡Ellos dijeron que estabas ocupado "estudiando la anatomía de los ángeles"!

—Nosotros no dijimos eso—dijeron los hermanos con pánico.

—Tranquilos, sé que no dijeron nada, es ella que quiere jugar, ahora que la agenda esta apretada—dijo Eco mientras apretaba la naríz de Erim.

—Ow, ow, ow, ow—se quejaba Erim, hasta que logró soltarse—. Basta sí eso duele.

Eco soltó una carcajada y se unió al grupo mientras caminaban hacia la zona residencial. Pasaron por el estanque, aquel lugar donde años atrás la sangre y el miedo casi destruyen su futuro. Ahora era un parque público, y en la orilla, donde antes caminaron Dios y Siod sobre las aguas, había una placa conmemorativa de oro que rezaba: "El Estanque del Amor: Donde el Origen aceptó el Destino".

Llegaron a lo que antes era una modesta casa orgánica y que ahora se había transformado en una mansión majestuosa, integrada perfectamente con la naturaleza.

Al entrar, lo primero que vieron fue a Helia. Increíblemente, la ángel guerrera parecía no haber envejecido ni un día; seguía teniendo esa energía vibrante y ese cabello rosado corto que la caracterizaba. Estaba organizando bandejas de comida con una velocidad que mareaba.

—¡Hola abejorros!—saludó Helia.

Los hermanos saludaron con un gran etusiasmo.

En un rincón del gran salón, Atrono estaba frente a un lienzo. Ahora usaba gafas, un detalle que lo hacía ver aún más sabio. Estaba pintando un cuadro del paisaje de Xento, concentrado y tranquilo. A su lado, sus dos hijas menores, Takia y Loah, que eran el vivo retrato de su padre, calladas, observadoras y con una elegancia serena, lo ayudaban a mezclar los pigmentos.

—Hola, Erim —dijeron las dos niñas al unísono, saludando con una pequeña inclinación de cabeza antes de volver a su tarea.

—Otra vez tarde Erim—dijo Atronó mientras aun seguía pintando.

—Lo sé tío, lo sé—contestó ella poniendo los ojos en blanco.

De repente, un joven pasó corriendo, casi derribando a Erim. Era Urielo, el hermano de Erim, que siempre parecía tener mil asuntos pendientes a la vez.

—¡Perdón, perdón! ¡Olvidé traer la carne del mercado! —gritó sin detenerse—. ¡Buenas, Erim! ¡Otra vez durmiendo en el bosque, ya te vi!

—¡Urielo, vuelve aquí! —intentó gritarle Erim, pero él ya había desaparecido por la puerta trasera.

Subiendo las escaleras, Erim se encontró con sus padres. Pietro y Caelia estaban en un estado de caos controlado. Pietro intentaba ajustarse una túnica de gala mientras Caelia se terminaba de trenzar el cabello, ambos preguntándose mutuamente si se veían presentables.

—¿Me veo bien?—preguntó Caelia.

—Te ves hermosa, mi paloma ¿Y yo?—dijo Pietro.

—Te ves hermoso, mi alacrán.

—Lo sé.

—Eres un baboso—luego Caelia notó a su hija— ¡Erim! Menos mal que llegas —dijo ella, suspirando de alivio—. ¿Crees que este color me queda bien? ¿Y tu padre? ¿No parece que va a una guerra en lugar de a una cena?

Erim sonrió con ternura. Se acercó y les dio un beso en la mejilla a cada uno.

—Ambos están lindos. Relájense

Los padres respondieron haciendole lo mismo.

—Tú también te ves preciosa—dijeron ambos

Luz sonrío a esa muestra de cariño.

—Yo también te voy a dar un besazo—dijo mientras ella le daba un gran beso en la mejilla de su hermanita.




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