Xento

Epílogo

En la terraza que daba al Estanque del Amor, Pietro y Caelia se encontraban apoyados en la barandilla. El cielo de Xento estaba salpicado de estrellas que parecían parpadear con aprobación.

—¿Quién nos lo iba a decir, mi alacrán? —susurró Caelia, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo. Su cabello trenzado brillaba bajo la luz de las lunas—. Aquella noche que nos encontramos nos traería este presente. Pensé que el universo se acabaría.

Pietro la rodeó con el brazo, sintiendo el calor de su paloma.

—El universo que conocíamos sí se acabó, Caelia. Y menos mal. Mira esto.

Frente a ellos, en el jardín iluminado por luciérnagas de cristal, la vida fluía como un río tranquilo. Helia estaba sentada en un banco de madera, con Eco a su lado; el joven le contaba entusiasmado sus planes para la nueva academia de vuelo, mientras Helia lo escuchaba con un orgullo que ya no intentaba ocultar tras el sarcasmo. Cerca de ellos, Atrono paseaba con sus gafas en la mano, señalando las constelaciones a Takia y Loah, quienes escuchaban sus explicaciones científicas con una devoción silenciosa.

De repente, una sombra y una luz se proyectaron sobre el césped. Siod y Dios salieron de la casa. Ya no caminaban como regentes, sino como dos hombres que habían descubierto el peso de la paz. Siod llevaba a Luz dormida en su hombro; la pequeña ángel de cabello cenizo roncaba suavemente, totalmente ajena a que estaba apoyada en el antiguo Señor del Abismo. Dios, a su lado, sostenía un juguete de madera que Samita y Samu habían olvidado en el salón.

—¿Se ha dormido por fin? —preguntó Caelia con una sonrisa, acercándose a los abuelos.

—Ha sido una batalla dura —respondió Siod en un susurro, acomodando el ala de la niña—. Tiene la terquedad de su padre. Me ha hecho contarle la historia de "La Gran Grieta" tres veces.

—Y yo he tenido que ponerle efectos especiales de luz —añadió Dios, soltando una risita suave—. Creo que soy mejor iluminador de cuentos que arquitecto del cielo.

Se quedaron los seis adultos allí, de pie en el umbral entre la casa y el mundo que habían creado. En ese momento, Erim apareció en la puerta, con Urielo tratando de quitarle una de las frutas que Dios había traído. Los dos hermanos se detuvieron al ver a sus padres y abuelos juntos.

Pietro miró a Siod. El antiguo rey del Abismo le devolvió una mirada de una profundidad infinita, un reconocimiento silencioso de que el hijo había superado al padre, lo mismo hizo con su hijo... Atrono. Dios, por su parte, puso una mano sobre el hombro de Caelia y otra sobre Helia, bendiciendo el presente que ellas habían construido.

El viento sopló con suavidad, trayendo el tintineo de las flores de cristal del jardín. Ya no había príncipes, ni generales, ni nobles caballeros, ni princesas fugitivas. Ya no había rangos que defender ni guerras que ganar. Solo había nombres, rostros y el calor de un hogar.

—¿Sabes qué es lo más curioso, Caelia? —murmuró Pietro mientras todos empezaban a entrar en la casa para descansar.

—¿Qué?

—Que Xento empezó siendo un planeta vacío para que nos escondiéramos de los demás... y ha terminado siendo el lugar donde todos se han encontrado.

Caelia sonrió y le dio un último beso antes de entrar.

—Es que en Xento, mi alacrán, la luz no pelea con la sombra. Simplemente se abrazan para que podamos ver las estrellas.

Las luces de la mansión se fueron apagando una a una. En el Estanque del Amor, el agua quedó en calma, reflejando el cielo de un mundo donde el odio había muerto de olvido. Xento seguía latiendo, un corazón geológico y mágico, guardando el secreto más grande del universo: que incluso los dioses pueden aprender a ser mortales cuando encuentran una razón para amar.




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