Xerxes: Domador de Sombras

INTRODUCCIÓN. El valor de la sangre

ODIABA QUE RENNA LO visitara.

Las historias que le contaba no dejaban de ser aterradoras al salir de su voz particularmente dulce; al contrario, adquirían un toque sombrío, haciendo eco en sus memorias durante las noches de insomnio. La última fue la más temible.

«¿Lo ha escuchado, alteza? Las Sombras acaban de invadir Velo Negro. Tendrá que ser muy cuidadoso al dormir o, de lo contrario, una de ellas estará esperando a que despierte para verlo a los ojos».

Desde entonces Darien decidió dormitar durante el día y mantenerse en guardia por las noches, sin importar los regaños de su madre. Era preferible sentir el ardor sobre sus brazos y piernas por los correctivos a que una de esas bestias irracionales le robaran el alma.

—Escuché una noticia hace dos lunas.

Se sobresaltó al oír, una vez más, la melódica voz de Renna a su lado. Desde el principio estuvo cabeceando mientras se esforzaba por mantener los ojos abiertos durante su cita de juegos con la princesa.

—¿De qué se trata? —preguntó por cortesía. No quería saberlo.

—Ah, bueno... Creo que un grupo de Sombras se infiltró en la capital de su reino, alteza. —Renna se llevó la mano a la boca con teatral inocencia, mirando de reojo al pálido rostro del niño, quien sentía cómo se le erizaba la piel con tan sólo escucharle—. Según sé, su padre ha mandado tres tropas de guerreros en su búsqueda, pero parece ser que no ha tenido frutos. ¿Usted no se ha encontrado con alguna rondando en el castillo?

Darien infló bien el pecho y apretó la mandíbula para que sus dientes no castañearan.

—No, no las he visto.

—Me alegro por usted —suspiró Renna—. Sería una lástima que mi apreciado compañero de juegos (y gran amigo, por supuesto) tenga un final tan desdichado.

Todo rastro de somnolencia desapareció. Darien ojeó los alrededores, mientras los dedos se aferraban a los costados de la silla acolchada donde se encontraba. Se enfocó en uno de los retratos de una hermosa mujer, la que alguna vez fue la favorita del antiguo rey. Pese a la apariencia angelical, portaba una sonrisa tenebrosa, como si una de esas creaturas hubiese poseído el cuadro para vigilarlos.

—S-si me disculpa, princesa Renna, tengo que ir al baño —masculló con voz trémula, deslizándose hasta que los pies tocaron el suelo—. Con permiso.

Renna Hikenia meneó los dedos sin desdibujar la sonrisa sobre sus labios.

«Está mintiendo —se dijo él, con los pasos resonando en el suelo de mármol del amplio pasillo—. Sólo quiere burlarse de mí».

A pesar de que los ventanales daban acceso a la suave brisa invernal y los débiles rayos de sol, tuvo la impresión de que una pesada neblina gris comenzaba a rodearlo, envolviendo sus piernas para jalarlo hacia atrás, por lo que se esforzó en dar pasos más largos y firmes. Sin embargo, se encogió cuando un estridente sonido metálico estalló a su lado. Al virar el rostro, encontró a una de las sirvientas, con la mirada perdida sobre el juego de té hecho añicos. Darien retrocedió al notar que los ojos enturbiados y de pupilas dilatadas no parpadearon por varios segundos.

«¿Y si es ella...?»

—¡Cathy! —Una anciana se apresuró a llegar a su lado, tomándola del brazo—. ¿Qué sucede contigo? Es la tercera de esta semana...

Se calló al reparar en el niño encogido en su lugar y con las rodillas temblándole visiblemente.

—¡Joven príncipe! Perdone su insolencia, por favor.

La mujer obligó a la otra a hacer varias reverencias, pero Darien se centró en la nula expresión de la muchacha y pronto sintió cómo sus ojos se cristalizaban por las lágrimas. «Es una de ellas».

—Darien. —Se giró en cuanto escuchó el eco al final del pasillo y un profundo alivio le recorrió el cuerpo al ver el conocido rostro de su hermana mayor—. ¿Qué haces ahí? ¿Ya se fue la princesa?

—¡Hermana!

Ignorando cualquier indicio de regaño, corrió hasta alcanzarla y envolver sus brazos en las piernas de Deyanira.

—¿Qué tienes? —La joven intentó apartarlo, desconcertada—. ¿Pasó algo entre ustedes?

Darien meneó la cabeza, sin despegarse de la falda azul.

—La-las So-sombras. E-están aquí.

—¿Pero de qué estás hablando? —Por fin lo alejó para verle el rostro lleno de lágrimas. Se inclinó hasta quedar a su altura con el fin de limpiarlo con la manga del vestido y arreglarle el desordenado cabello rubio—. ¿Quién te ha dicho tal mentira?

—L-la princesa Renna —murmuró, bajando la mirada con vergüenza por su actuar tan cobarde— d-dijo que se infiltraron en la capital y-y la sirvienta acaba de...

—Ey, Darien. —Deyanira le tomó la cara—. No son más que leyendas infantiles. Las Sombras no pueden salir del Foso. ¿Lo recuerdas?

Él observó los iris verdes, tan similares a los suyos, y poco a poco recuperó el ritmo tranquilo de su respiración. Al final, asintió. Era cierto, un grupo de centinelas estaba repartido en cada puerta del Foso; sería imposible que alguna se les colara.

—Muy bien. —Deyanira sonrió al verle más tranquilo—. No permitas que las historias de la princesa te acongojen de esa manera, ¿de acuerdo?



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En el texto hay: sombras, boyslove, fantasia aventura

Editado: 17.03.2026

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