Xerxes: Domador de Sombras

CAPÍTULO I. La inmortalidad de un guerrero

DARIEN

RESPIRÓ HONDO PARA NO cerrar la herida. El dolor ardiente provocado por el alcohol y la manera en la que el pedazo de tela danzaba sobre su piel bajaron sus defensas, así que cerró los ojos, concentrándose en el lugar bajo las costillas para hacer uso de toda su fuerza y evitar que se cerrara.

Sucedió gracias a un descuido vergonzoso en la bahía de Velo Negro. Sus hombres, agotados pero llenos de entusiasmo, celebraban la captura de cuarenta criminales en la provincia de Mounkurie, muy muy al este de la capital, alzando sus tarros de cerveza. La captura fue inesperadamente fructífera, puesto que en las misiones anteriores no habían hecho más que navegar sin rumbo, apenas teniendo la suerte de capturar media docena en diferentes zonas.

A pesar de su urgencia por regresar a su hogar para dar el informe a su padre, Darien les dejó festejar un poco más. Después de todo, la noche había caído para cuando encerraron al cuarenteavo en la jaula del carruaje, y las noches heladas de aquel invierno en Volkia prometían ser especialmente crueles, por lo que dio la orden de refugiarse en uno de los senderos más cálidos de Velo Negro, internándose en el bosque del sureste hasta encontrar la cueva que los acogería. No quería exponer la seguridad de los residentes locales y arriesgarse a que uno de los prisioneros decidiera escaparse, así que les tocaba adaptar el cuerpo sobre la dureza de las rocas e intentar conciliar el sueño de algún modo.

Entre anécdotas de cómo más de uno estuvo a punto de perder la vida y las risotadas de los más borrachos, nadie advirtió el movimiento de una de las jaulas. Quizá, reflexionó Darien más tarde, el brujo usó uno de sus trucos para abrir la cerradura en silencio y así escabullirse entre la multitud hasta robar una espada.

El primero en notarlo fue Egbert quien, entre tamborileos, se fijó en el particular fulgor de la hoguera reflejada en la hoja, bien alta sobre la cabeza de Baldrick. Su grito se ahogó antes de que pudiera darlo y, cuando todos se volvieron hacia donde señalaba, el brujo descargó toda su ira sobre la cabeza del guardia. Fue apenas en un segundo cuando Darien logró dar una patada en la muñeca del brujo, desviando el ataque por un pelo de distancia. Un hondo suspiro se escapó de Baldrick, quien se dejó caer en el piso, conmocionado, mientras el resto se ponía de pie. No obstante, el brujo estaba lleno de cólera y volvió a tomar la espada, asestando mandobles a diestra y siniestra, sin siquiera mirar. Entre el revuelo, Darien recibió un corte profundo que escandalizó al grupo. La euforia hizo que la recaptura fuera exitosa y, además, que no despegaran la vista del joven príncipe, quien maldijo.

En batallas anteriores, muchos resultaban heridos y no había tiempo para concentrarse en uno solo, por eso era más sencillo fingir tener heridas menores y así cerrarlas por cuenta propia. Esta vez, con todos los ojos puestos sobre él, Darien se esforzó para que el corte permaneciera en su lugar, envuelto bajo vendajes ensangrentados. La peor parte comenzó cuando el mismísimo Egbert se ofreció a cerrarle la herida con el hilo y aguja que encontró en un viejo botiquín, el cual fue desinfectado con el alcohol que recientemente les sirvió para su festín.

—Respire hondo, alteza —pidió el hombre de gruesos dedos y temblor en las manos.

Los ojos de Darien se centraron en cómo la aguja atravesó la piel y reprimió un jadeo por el brusco movimiento. De vez en cuando Egbert le preguntó si le dolía, a lo que negó con los labios bien apretados. Comprendía que un viejo como él fuera así de torpe, sobre todo por lo nervioso que se encontraba.

No era la primera vez que experimentaba el dolor de un hombre común, pero nunca se acostumbraba a ello. Apretó los puños y se mordió los labios al sentir el brutal jaleo del hilo al atravesarle la piel.

—¡Ya está! —El viejo se apartó, satisfecho, mientras inspeccionaba su obra maestra—. Fue menos difícil de lo que esperaba.

—Se lo agradezco, Egbert.

El príncipe se colocó las vendas nuevas, resintiendo el frío que se impregnó en el interior del refugio rocoso. Apenas escuchaba suaves murmullos, pero ninguno les pertenecía a los reos, sino al viento gélido que se colaba al interior. Echó un vistazo atrás, donde las carrozas permanecían inamovibles, con largas mantas que cubrían la caja. En el interior, cuarenta brujos que cometieron crímenes imperdonables se amontonaban cual ganado.

—¿De verdad pasaremos la noche aquí dentro? —La pregunta del viejo hizo eco en el interior. Quienes estuvieron festejando antes del jaleo se volvieron, dejando de lado las pieles que disponían en el piso para acurrucarse, seguramente esperando un milagro.

—No podemos arriesgarnos a salir con este clima. Muchos morirían. —Hizo un gesto para señalar las carrozas. En el interior, la mayoría de los reos portaban un vestuario andrajoso, desgarrado gracias al enfrentamiento de la tarde—. Nos repartiremos en dos grupos. Collin, Baldrick y yo montaremos guardia primero.

Egbert asintió en silencio antes de ponerse en pie y reunirse con el resto de la tropa, en donde la fogata le proporcionaría un poco más de calor. En cambio, Darien no hizo acopio de moverse. Los ojos se clavaron ahora en las tres carrozas. No había ni un solo movimiento y no estaba seguro de cómo interpretarlo. Esta era la primera vez que se encargaba de una misión de ese rango, apenas siendo lo suficientemente mayor como para entrar a la Séptima Guardia de Cazadores.



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Editado: 17.03.2026

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