RENNA
LAS VISITAS DE ANTAÑO se convirtieron en eventos extraordinarios celebrados una o dos veces por ciclo. A Renna le parecía más que perfecto. Odiaba tener que viajar durante horas, obteniendo mareos por los caminos terrosos e imperfectos y el fétido aroma a campo que desprendían los animales de las granjas aledañas. Pero no había otra cosa más que odiara que tener que enfrentarse a la cara indiferente del príncipe de Volkia.
Anteriormente Darien Knigwalldrick fue un niño de bajo intelecto y, por consiguiente, fácil de manipular. Bastaban dos o tres palabras para que Renna lo asustara, un precio bastante justo por el sufrimiento que le traía el traslado de su hogar a Volkia. No obstante, apenas un par de años bastaron para que la diversión terminara y el príncipe se convirtiera en un guerrero de hueso duro y carácter indiferente.
—Relaja esa cara, Renna. —Escuchó la aguda voz de su madre a su costado, apenas consciente de que el carruaje se detuvo—. No queremos causar una mala impresión.
Retiró la cortina blanca de la ventana para mirar donde se encontraba. Era usual toparse con un vasto jardin de diversas tonalidades verdosas predominando la entrada del palacio real, pero gracias a las primeras nevadas es que aquel paisaje comenzaba a perder su vivacidad. Al ser de mañana y con una débil luz, todo le era opaco, nada comparado a su reino, en donde el invierno traía vida tras un duro verano y un insípido otoño.
—Andando.
Renna pasó los dedos por los guantes de cuero antes de disponerse a salir. Shekiryou era indudablemente más despiadado en cuanto al frío, mas eso no le impidió tiritar mientras atravesaban el jardín. Se sintió un poco más aliviada cuando ingresaron a la sala del trono, en donde fueron recibidas por Silas el Certero. Particularmente ella odiaba dirigirse a él como rey.
—Es un honor tenerlas en su reino, mis señoras.
—El honor es nuestro.
Contrario a su hija, Sonomi hacía lo propio por mostrar una reverencia solemne, creyendo que así podría mantener la paz entre la Triada de Reinos. Era estúpido. Las tensiones no desaparecerían sólo por mantener un ángulo específico al inclinarse, tampoco se ganaría los favores de Volkia por besar el anillo de Silas, aquel que ostentaba su posición. Pero, por supuesto que una cortesana no sabría todo eso; su única tarea era complacer y ganarse los favores de su superior.
—Ya hemos dispuesto sus aposentos, así que no duden en instalarse. Espero que su visita no sea breve.
Renna apenas frunció las cejas, confundida. La enorme sonrisa de dientes perlados no le dio buena espina, así como el brillo inusual en los ojos verde pálido del monarca. Echó un breve vistazo a su madre, quien compartió unas cuantas palabras adicionales, acompañada de una dulce sonrisa.
—No creo que seamos merecedoras de una atención tan prolongada, sin embargo, me siento profundamente agradecida por su amabilidad.
Y con ello fue que terminó el intercambio de formalidades. Sonomi, con un sutil gesto, la instó a seguirla. Recorrieron los pasillos, escoltadas por un par de sirvientes que avanzaban a una distancia moderada, con la cabeza gacha y ojos vacíos. Al cabo de un rato, Renna, quien no solía otorgar más de una mirada a otro, notó que los pasos de los sirvientes se volvieron torpes.
—¿Qué les pasa? —preguntó casi al aire.
—Son estúpidos, por supuesto —comentó Sonomi con la nariz arrugada.
Como si escucharan los murmullos, uno de ellos alzó la cabeza y se agitó un poco. Renna se puso nerviosa al ver que, de un momento a otro, ellos se detuvieron y señalaron la puerta de sus aposentos, manteniendo una sonrisa estúpida mientras balbuceaban cosas ininteligibles.
—¡Qué poca gracia! —Sonomi dio un manotazo a la cama, una vez instaladas—. Nos mandan lo peor de la servidumbre. ¿No es eso una grosería? Tal vez es una señal de que no nos quieren por mucho tiempo, a diferencia de lo que el rey nos dijo hace un momento. ¡Es parte de su plan, por su puesto! No quiere ofender a la favorita de Koa el Grande, no le conviene. Es por eso...
—No creo que sea para tanto. —Cansada de escucharle, Renna suspiró. A diferencia de su madre, ella se sentó en el banquito acolchado junto a la ventana.
—¿Que no es para tanto? —La mujer casi se rio—. Mira nada más cómo dejaron nuestras maletas. ¡Tienen oro incrustado, pero las trataron como si fueran de metal! Estoy tentada a decirle a su majestad...
Renna dejó de escucharla para ese punto. Estaba agotada por el viaje y sentía punzadas en la cabeza. Se preguntaba si tendrían un poco de té de jazmín pese a las condiciones climáticas.
—... Y no quiero verte holgazanear más, ¿me entiendes?
La última palabra salió en un siseo, llamando su atención de nuevo.
—¿Qué quieres decir?
—Durante todos estos años te has mostrado antipática con el príncipe, ni siquiera mostraste un grado de dulzura con lo de su madre, ¡y ni hablar del asunto de la princesa Deyanira! Pero esta vez te exijo que sea diferente.
—¿Diferente?
—Si de verdad eres hija mía me lo demostrarás en esta visita. No espero de ti más que el hacerme orgullosa.
El dolor de cabeza no permitió que Renna estructurara pensamientos coherentes y se le quedó mirando por largo rato. Sonomi perdió el interés cuando tuvo una nueva cosa por la cual quejarse, ahora pendiente de la vasija que decoraba la habitación, de cerámica poco brillante y puesta en un lugar incorrecto a sus ojos. De vez en cuando, Renna se preguntaba cuántos años faltarían para que su madre perdiera la cordura por completo. Gracias a Ukshiro, no tuvo que reflexionarlo por mucho tiempo, pues un minuto después, una mujer mayor se abrió paso al interior de la habitación. Renna se levantó de inmediato y Sonomi se arregló los ropajes.
Editado: 25.03.2026