RENNA
NO FUE UNA MENTIRA. Al quinto día de su estancia, en el interior del palacio se celebró la fiesta de compromiso entre Darien Knigwalldrick y Renna Hikenia. No fue un evento extravagante ni mucho menos, pero sí lo suficientemente llamativo para que hasta el último makanés se enterara de las buenas nuevas.
Renna no supo cómo es que las cosas escalaron tan rápido. Apenas cinco días atrás prometió oponerse, pero en la ejecución fue incapaz de entonar palabra. Por otro lado, su madre aceptó con regocijo las palabras protocolarias y sin emoción que Darien pronunciaba aquella tarde.
—Yo, Darien Knigwalldrick, teniendo como testigo al pueblo de Makán y a nuestra santidad el Supra Kalier, ruego porque se me otorgue el derecho a desposar a la princesa de Shekiryou, Renna Hikenia.
»Prometo con toda seguridad hacerme responsable de la felicidad y la prosperidad de mi amada. No fallaré al cuidarla, protegerla y amarla, bajo el mandato sagrado de Ihgvi Kal, dios único y supremo de todo lo divino.
Renna apenas pudo parpadear, con la vista puesta sobre las manos que descansaban en su vientre. El vestido de seda brocada cuidadosamente tejido le producía picazón en todo el cuerpo, además del broche sobre el cabello recogido apretaba la cabeza hasta hacerla doler. No se atrevió a alzar la mirada, al tiempo que un golpe en el pecho le quitó el aliento.
—Yo, Sonomi Kurestra, doy fe del gran amor entre mi preciada hija y su alteza real. Es por ello que acepto de todo agrado el compromiso que, además de fortalecer los lazos entre ambos reinos, unirá dos almas locamente enamoradas.
Los aplausos retumbaron en sus oídos e hizo un esfuerzo por enderezarse y sonreír. A ojos del público, Renna lucía como una dama tímida y encantadora, cosa que agradeció, pues nadie sería capaz de percatarse del hervor en su estómago.
Le concedió una mirada a su madre mientras recibía la sortija de compromiso y acompañó la reverencia de Darien para el público.
—Es un evento de lo más afortunado.
Fue su grandísima majestad con quien compartió impresiones de inmediato. La mujer de edad avanzada parecía haber vuelto a sus años más prósperos, con las mejillas coloradas y una alegría que sus labios no tenían la intención de ocultar. Incluso los ojos verdes, casi blancos, destellaban.
—Realmente me ha tomado por sorpresa toda esta situación —confesó Renna y con un nudo en la garganta, agregó—: Es un gran honor y una dicha realizar esta promesa.
—¡Por supuesto que lo es! —Cerys se llevó la mano a la boca, tan embriagada de felicidad que, por primera vez, no se percató del verdadero estado de ánimo de la princesa—. Además de ser el príncipe heredero, mi amado nieto es un hombre honorable.
—Es verdad. —Sonomi se unió a la conversación—. No he conocido hombre más lleno de valía, e indiscutiblemente siendo un guerrero formidable. Es innegable que al momento en que su majestad fallezca, el trono quedará en buenas manos. E-es decir…, por supuesto que su majestad real goza de una salud envidiable y no hay manera que ese evento ocurra pronto…
—Comprendo sus intenciones, Kurestra. —La voz de su altísima majestad se tornó fría—. Y tiene razón, mi nieto está hecho para convertirse en un heredero capaz.
Sonomi dibujó una sonrisa amplia y rígida.
Al cabo de un rato, con las tonadas de los violonchelos amenizando el ambiente y las voces de los invitados revoloteando en los espacios más silenciosos, Renna buscó la oportunidad para acercarse a Darien. Se encontraba conversando con un grupo de hombretones viejos y de túnicas grises, casi tan sombrías como sus propias expresiones. Se trataba de los kaliers, los mensajeros terrenales de Ighvi Kal y consejeros reales de la Triada. A diferencia de ellos, el príncipe mostraba una sonrisa cortés.
—Mis disculpas, santidad. —Renna se hizo escuchar hasta ganarse un par de miradas por encima del hombro.
—Princesa Renna. —Uno de los Infra agachó la cabeza con un respeto superficial—. Enhorabuena por su compromiso.
—Resulta muy provechoso —asintió otro—: ayudará a mantener la fortaleza de la Triada.
—Es casi un milagro que los miembros de ambas coronas sientan un amor tan sincero como el que hoy han manifestado. Los felicito.
Renna recibió cada opinión con humildad; aun así, su atención se mantuvo en el Supra, quien no emitió palabra alguna. Los ojos de halcón de aquel anciano no pararon de inspeccionar el asunto, como si sospechara que algún tipo de fraude se efectuara. Pero no se trataba de eso, para su desgracia.
—Hay un asunto que deseo tratar con mi prometido —se sinceró cuando creyó conveniente.
—¿De verdad? —El Infra Feodor estiró los labios agrietados y las arrugas alrededor de sus ojos hicieron que el gesto resultase tenebroso—. Parece impaciente, alteza, pese a que disfrutarán de una eternidad juntos.
—La impaciencia es parte del amor joven, kalier —opinó otro. El semblante enternecido parecía sincero.
—Pueden ir. —Finalmente, la rasposa voz del Supra se hizo escuchar.
—Se lo agradezco —dijo Renna, soportando la displicencia de los kaliers con una modesta sonrisa.
Ambos se despidieron con una ligera inclinación y ella se adelantó cuando Darien le cedió el paso. Él tenía una apariencia menos severa, con algunos mechones ondulados cubriéndole la frente. Sin verle de frente, sin embargo, sabía la mala cara que poseía. Y no podía hacer otra cosa que comprenderlo: si fuera por ella, no estarían envueltos en esta penosa situación. Es por ello que necesitaba tratar el asunto de una vez por todas.
Editado: 25.03.2026