ALISTAIR
DEBÍA CERRAR LOS OJOS para enfocarse en su respiración. En ese lugar, infestado de un veneno cruel y casi indistinguible, lo más sensato era concentrarse si se deseaba tener una supervivencia decente. No quería parecerse al resto, aquellos que se retorcían dentro de sus celdas, salivando cual perros, como si eso les ayudara a reducir los efectos nocivos. Simplemente, no quería perder la dignidad que le quedaba y suplicarles a los guardias que bajaran la ración de brugmansia.
«No soy un animal».
Abrió los ojos de a poco cuando su compañero de celda gimió bajito. Un hombre mucho más grande que él, de espalda colosalmente fornida y dedos tan gruesos como flautas. No cabía duda, debía ser un brujo de alta gama, quizás un matón de verdad. Agradecía los grilletes en sus muñecas y tobillos, así como la debilidad mental que le impedía mover siquiera un cabello, pues tuvo la horrenda sensación de que en circunstancias normales le habría partido los huesos sin rechistar.
No importaba cuánto lo pensara, Alistair no hallaba una manera de escapar. Las celdas estaban bien reforzadas, con al menos dos o tres guardias custodiando cada pasillo sin descanso: en cada movimiento, una mirada se posaba sobre él. Como unos malditos perros de caza.
Desde el primer día estudió todo lo que sus ojos le permitieron ver. Una amplia entrada que poco a poco se reducía gracias al montón de mazmorras, sin puertas visibles que lo condujeran a una salida provisional. Todo era llanamente brujos encerrados en sus jaulas, condenados a perder su identidad por el mero hecho de nacer como lo que eran. En las calles se hablaba de lo que pasaba cuando te capturaban: «Te quitan la magia y luego te convierten en su esclavo. ¿Pero sabes cuál es la peor parte? Que para entonces ni siquiera te acordarás de quién fuiste». Podría tratarse de meras leyendas consecuencia de una histeria colectiva, mas estaba seguro de que no exageraban. Así como confiaba en cada palabra desesperanzadora, sabía que no iba a dejar que lo eliminaran. Al menos, no se los dejaría nada sencillo.
Se aclaró la garganta con la poca saliva que le quedaba. No había probado trago alguno desde su llegada, pues no se fiaba del líquido espeso que les daban en cada comida y prefería regalársela al hombre que alucinaba a su lado. De los dos, Alistair era el más cuerdo, así que asumió que sus sospechas no estaban del todo erradas.
—Oye —su voz salió apenas, rasposa y cansada—, tenemos que salir de aquí.
El hombre calvo y de piel morena levantó la mirada. Sus quejidos pararon.
—¿Qué?
—Hay que buscar una salida, de lo contrario nos van a quitar esto.
Los ojos del hombre siguieron su mano, que apuntaba la frente.
—Nos van a dejar morir —refutó casi con esperanza.
—¿Entonces dejarás que pase, incluso si Tohkira tarda meses en llegar?
Alistair no sabía si ambos pertenecían a la misma provincia, pero al ver el entendimiento en sus ojos supo que captó el mensaje: la diosa de la muerte no era tan misericordiosa como para venir por ellos rápidamente. De repente, el hombre tuvo un arrancón de energía y se puso de pie. Casi dos metros de masa y músculos se lanzaron contra la reja y el suelo tembló bajo sus pies. Alistair pudo distinguir las grietas que empezaban a serpentear en la piedra. Otro golpe. Los guardias, al escuchar el ruido, corrieron a su dirección y le pegaron con los garrotes de metal especialmente creados para rociar brugmansia en cada porrazo. Alistair se pegó todavía más a la esquina que reclamó como suya desde el primer día, con la mirada fija en los gordos pies que trastabillaron hasta caerse. Un nuevo retumbo del cuerpo sobre el suelo.
—Estos insolentes... —Uno de los perros maldijo y juntó los labios como si quisiera escupirles.
—No veo la hora en la que se los lleven al reformatorio. Me tienen cansado.
Alistair volvió a centrarse en su compañero. Un hilo de sangre le recorría la espalda y los brazos, surcando el principio de los cardenales. La honda respiración que soltó le hizo arrugar la nariz. Estaba inconsciente, casi como si tuviera un profundo sueño, incapaz de controlar todo el veneno que inhalaba. Se lo merecía. Fue demasiado estúpido para comprender el verdadero plan y asegurarse de escapar discretamente.
Exhaló. Una cosa que agradecía de la asfixiante oscuridad era que podía notar las motitas de brugmansia viajando por el aire, tratándose de apenas unas partículas diminutas que se colaban en la garganta y las fosas nasales. Hizo todo lo que pudo para que la menor cantidad se introdujera a su cuerpo, pese a que no sabía cuál era la mejor opción: si morir envenenado o ser un lameculos más en la corte de Volkia.
No tuvo que meditarlo mucho tampoco. Al cabo de un tiempo escuchó los gruñidos del calvo, quien recuperaba la consciencia de a poco.
—Me mentiste —la voz profunda retumbó en las paredes y Alistair sintió un escalofrío en la espalda. Un tono amenazante, casi de odio—. Es lo que querías, ¿no es cierto? Que me golpearan.
Conforme la ira escalaba, su respiración se hacía ruidosa y profunda. La tos llegó y volvió a pegarse a la dura pared.
—No terminaste de escucharme —dijo Alistair, paciente—. Necesitamos un plan para salir. La fuerza no sirve de nada.
El hombre gruñó de nuevo.
Editado: 25.03.2026