ALISTAIR
NO REGRESÓ A SU antigua celda, pero tampoco lo llevaron a una habitación cerrada donde pudiera fallecer al instante. Se aseguraron de ser lo suficientemente crueles como para reasignarlo al área más profunda de la caverna, aquella que, a pesar de no hacerle perder el conocimiento, noche y día respiraba una considerable ración de veneno, imposible de filtrar por más que se concentrara.
«He ofendido al príncipe y este es el precio a pagar».
También contaba con el triple de compañía. Tres hombrecillos flacos y de ojos saltones permanecían bien quietos en su lugar. Supo que seguían con vida porque sus barrigas subían y bajaban al ritmo de la raquítica respiración; de lo contrario habría asumido que lo mandaron a vigilar a los cadáveres. Las manchas verdosas alrededor de sus ojos acentuaban el aspecto enfermizo, así como las bocas entreabiertas que dejaban ver los dientes amarillentos y pálidas encías.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí? —preguntó media hora después de su llegada, mas ninguno tuvo la fuerza suficiente para responder. Fue cuestión de un par de minutos para que entendiera por qué: la fetidez le revolvió el estómago y con el mínimo movimiento parecía que todo a su alrededor se agitara.
No quiso unirse al grupo que carecía de prendas y debían mantenerse juntos si querían conseguir un poco de calor. Para su suerte, seguía teniendo la ropa con la que le arrestaron, un tanto derruida, pero que le brindaba protección en aquella bóveda húmeda. Se arrastró hasta quedar en la esquina contraria y esperó. Por un momento pudo imaginarse cómo sería el convertirse en un saco moribundo y maloliente que se esforzaba por dar bocanadas cada tanto, siguiendo el instinto de supervivencia, aquel que, irónicamente, lo conduciría a la muerte con mayor premura.
Unos minutos más tarde y la celda se abrió. Al principio creyó que era hora de sacarles de ahí, pero los ojos se ensombrecieron cuando un nuevo recluso fue lanzado al interior. Con apenas un pantalón de lana cubriéndole, su piel se ganó unos cuantos rasguños al caer en el suelo duro. Los brazos pronto enrojecieron cuando la brugmansia se cernió sobre sí.
—Esto es un asco —comentó un perro. Llevaba la cara cubierta con una mascarilla especial. Hasta donde Alistair sabía, la brugmansia era especialmente mortal para los brujos, pero los humanos debían tomar sus precauciones ante la poca oxigenación y los efectos secundarios que pudiera causarles.
—Así es siempre —le advirtió su compañero, alguien que debía tener mayor experiencia y que estaba enseñándole al más joven cómo funcionaba el sitio—. El olor de la podredumbre es muy penetrante. —Luego se volvió hacia el grupo amontonado en la esquina y achicó la mirada antes de maldecir—. Trae una pala —le ordenó a su discípulo.
Resultó que uno de los reos había fallecido quién-sabe-cuándo, teniendo que usar una pala para separar el cuerpo adherido al resto de sus compañeros y así llevárselo a la pira funeraria.
—E-es horrible.
Estando a solas y con el sonido de pesadas respiraciones y gotas de agua cayendo de las estalactitas, fue que el nuevo habló. Alistair se giró para mirar a quien se agarraba el cuello mientras daba hondas respiraciones. Los ojos abiertos parecían estar a punto de salirse de sus órbitas.
—E-el veneno es más intenso… me voy a morir.
Parecía ser unos diez años menor: un mocoso que acababa de cumplir la mayoría de edad.
—Si quieres morirte rápido, sigue respirando así. Lo haces muy bien —dijo Alistair con voz ronca. Carraspeó al sentir el toque dulzón de la brugmansia.
El nuevo dejó de hiperventilar y lo miró.
—U-usted sigue despierto —señaló perplejo—. ¿Cu-cuánto tiempo lleva aquí?
—No mucho. Sigo esperando un milagro para poder escaparme.
—E-es imposible. —Poco a poco, el chico logró controlar su respiración, ahora con la espalda pegada a la pared y los ojos alarmados bien fijos en la esquina donde los dos restantes seguían sin moverse—. Este lugar es peor que los anteriores. Moriremos aquí.
—Lo dudo mucho.
—¡¿Qué no acaba de verlo?! Se-se llevaron a uno. Estaba muerto.
Alistair meneó la cabeza.
—A nuestro bondadísimo rey no le gusta el desperdicio. Nos van a llevar antes de que esos dos se mueran.
Con un gesto señaló a quienes mantenían los ojos bien abiertos y, al oírle, consiguieron echarle una mirada.
—Entonces sí vamos a sobrevivir.
La risita de Alistair salió como un gruñido.
—Tu optimismo es enternecedor. Créeme, niño, en la posición en la que nos encontramos sólo hay dos opciones: escapar o morir. Las leyendas no se equivocan al decir cuán horrible es ese tal reformatorio.
El rostro del chico se contrajo del miedo.
—N-no puede ser... —Se abrazó las piernas mientras temblaba sin control—. No quiero morirme.
Alistair exhaló y repegó la cabeza en la pared.
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MALDIJO EL PODER DE sus palabras cuando vio dos pares de botas plantarse en la entrada de la celda. Las estridentes voces de los perros retumbaron en una orden simple y cruel:
Editado: 20.04.2026