Xerxes: Domador de Sombras

CAPÍTULO VII. Lo que hay detrás de la puerta

DARIEN

LA PRIMERA VEZ QUE descubrió sus poderes, Darien enmudeció. Fue debido al rasguño de una ramita, luego de internarse en el bosque cercano al palacio. Apenas podía verlo, pero ardía como nada en el mundo. Sin embargo, tan pronto como le prestó atención, notó que la piel se cerraba lentamente, con esfuerzo. Eso no hizo más que arrebatarle cualquier indicio de llanto y, perplejo, corrió de vuelta a casa.

Odessa fue quien escuchó la historia del niño de cinco años, el cual, entre la confusión y el entusiasmo, relató la experiencia. Darien nunca olvidó la triste sonrisa de su madre, una expresión que le hizo comprender el difícil destino al que se enfrentaría años más tarde. A esto lo acompañaría una advertencia disfrazada de promesa.

—Escúchame muy bien, mi niño, no debes contarle de esto a nadie más, ¿de acuerdo?

Siendo primavera, los almendros mostraron su denso follaje con una dignidad que rozaba el orgullo, mientras sus flores descendían en una rósea vorágine adormecedora. Aun así, él recordaba una brisa despiadada que pretendía cortarle la garganta para filtrarse en su cuerpo cual denso veneno.

—¿Por qué?

—Porque quiero que sea nuestro secreto. ¿Puedes hacer eso por mí?

No pudo negárselo y años más tarde comprendió que sólo intentaba ocultarlo de su propio padre, el hombre que ahora Darien desconocía por completo. Durante años, atrapar brujos maliciosos le pareció de lo más lógico: eran seres altamente peligrosos en comparación de la gente común. Entonces, para poder expiar al mundo de tales pecadores, hizo uso de su poder, ocultándoselo al resto y destacando por ser un guerrero de alto aguante.

En cambio, ahora en sus creencias aparecían grietas capaces de quebrantar su determinación. No comprendía nada de lo que sucedía y apenas le costó asimilar la conversación de su padre con VanDecour, aquel brujo desvergonzado que llevaba consigo un pendiente con la insignia de los de su raza. Creyó que la amenaza de llevarse a los niños a Xanthos no era más que una mentira para presionarlo; no obstante, tras intervenir en el traslado de aquella noche fue que pudo ver con sus propios ojos a las mujeres y niños montados en las carrozas que se dirigían a Puerta del Ángel. Debía ser cierto, entonces, que había decenas de posibles inocentes encerrados.

Aun teniendo de frente esa lastimera imagen, una parte de sí mismo se negaba a creerlo, incapaz de hallar un motivo lógico por el cual su padre decidiera reformar a brujos virtuosos. Algo como eso sólo podía ser consecuencia de un odio visceral.

«Sin embargo, eso sería demasiado banal».

—¿Reconoce la gravedad de lo que me está pidiendo? —preguntó, todavía desorientado—. ¡Es un insulto!

—Lamento tener que dirigirme a usted con tal falta de respeto y vergüenza, alteza real, pero mayor insulto es aquel que se comete en nuestra contra. No sólo han atrapado a brujos inocentes, sino que incluso los niños deben pagar por el mero hecho de nacer con poderes. ¿O es que no los ha visto? Apenas son conscientes de su propia existencia y ya son condenados al peor de los infiernos. ¿No le parece que eso es un insulto incluso abominable? Los dioses deben aborrecerles por tal acto.

La ira contenida no hizo más que enturbiar la mente del príncipe.

—No estoy tan seguro de que el precio por su servicio sea así de valioso —entonó con dificultad—. Dudo que todos sean libres de culpa.

—La mayoría lo es —objetó el brujo y una risita carente de gracia se escapó de entre los labios, como si de ese modo contuviera el enojo que ebullía en su interior—. Debe de ser un asunto urgente el que lo ha traído hasta aquí a mitad de la noche, pero no se compara con la libertad de los inocentes, ¿o me equivoco? Es, en realidad, algo por lo cual apenas mirar.

Darien respiró hondo, irritado por las palabras burlonas que lo hicieron sentir inexplicablemente avergonzado.

—Necesito meditarlo primero —musitó.

—No hay tiempo para pensarlo. Mientras usted está en la comodidad de su hermoso palacio, docenas de brujos serán mandados al matadero. Siendo ese el caso, ni siquiera será necesario que lo medite, porque yo habré encontrado la manera de llevármelos lejos de aquí.

En los ojos del brujo se arremolinaron nubes de tormenta, a pesar de que su aspecto no podía ser menos lamentable. Ni siquiera le importaba la piel enrojecida por la brugmansia ni las magulladuras en el rostro; tenía la convicción necesaria para hacer una revuelta. Y no había prisionero más peligroso que aquel que mantenía la esperanza.

—Sin embargo, si está dispuesto a pagar el precio que he solicitado, entonces no dudaré en llamar a la Sombras y hacer su voluntad.

—¿Cómo puedo estar seguro de que lo que dice es verdad?

—A pesar de todo, tengo mis principios. Y le juro por los dioses que no miento.

Tiempo atrás, Darien nunca habría podido adivinar las intenciones de los demás, pero durante los últimos años se esforzó por analizar cada gesto, por más mínimo que fuera. Era una habilidad indispensable para codearse con los ministros y los kaliers. Ahora, a pesar de que no era fácil leer cada rictus sardónico, tampoco podía negar que decía la verdad.

Se enderezó para destensar los músculos y tomar la decisión final.



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En el texto hay: sombras, boyslove, fantasia aventura

Editado: 20.04.2026

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