Xerxes: Domador de Sombras

CAPÍTULO VIII. Por favor, perdónanos

DARIEN

PUERTA DEL ÁNGEL ESTABA rodeado de un misticismo sinigual, sobre todo en aquella época del año, cuando la nieve creaba una capa cristalina sobre los tejados del edificio de piedra gris. La entrada se encontraba resguardada por enormes portones de medialuna y cercada por un muro de tres metros de altura, reconocido como una fortaleza infranqueable, donde un grupo de centinelas se repartía en lo más alto, con la intención de vigilar a los habitantes de Kalugpà y que ninguno de los prisioneros tuviese la intención de escapar. Darien apostaba a que contaba con mayor vigilancia que la mismísima Caverna.

Se permitió detallar el sitio montado en su caballo. Portaba el uniforme azul marino propio de la Guardia, con un manto de piel de zorro cubriendo su cabeza, mientras ocultaba su rostro bajo un pañuelo para que nadie pudiera reconocerle, justo como su maestro le encargó.

—Benedict, acércate. —Egbert habló a dos metros adelante, luego de intercambiar impresiones con el vigilante de las puertas: un viejo bonachón que apenas cruzó miradas con él. Darien no supo lo que dijo sobre su identidad, pero estaba seguro de que no le otorgó un gran título al ser ignorado sin más.

Espoleó al caballo para avanzar. Tan pronto como cruzó las puertas, un enorme patio les recibió, limpio de cualquier rastro de nieve, en donde los guardias del interior realizaban las tareas sin mucho ánimo; no obstante, en cuanto detectaron su presencia, los ojos curiosos se posaron sobre ellos. Egbert saludó a un par antes de encargarles los corceles y los novatos se despidieron con un saludo militar.

Desde la entrada principal, Darien percibió la tensión que se propagaba en el interior, en donde los pasillos contaban con una luz mortecina proporcionada por las lámparas de aceite a punto de vencer. Respiró hondo antes de avanzar, consciente de la presencia de Egbert tras su espalda. El corredor central se extendía, por lo menos, hasta cinco metros de largo, custodiado por dos filas de puertas metálicas con ventanillas enrejadas que daban acceso al interior de las habitaciones. La curiosidad le obligó a asomarse y sus ojos se ensancharon al notar que, en aquel espacio umbrío, se hallaba un hombre maniatado y recostado en una vieja camilla. Su pecho subía y bajaba en un compás desastroso, mientras una mascarilla cubría su boca y nariz.

—¿Qué es eso?

—Son rociadores especiales de brugmansia. Es la forma más segura de no afectar a nuestros hombres.

Tragó duro, sin apartar los ojos de quien hacía un esfuerzo colosal por respirar algo más que el veneno. A simple vista, parecía ser un brujo en sus treinta, pero el rostro desmejorado y brazos huesudos generaban incertidumbre.

Siguieron andando, a la par de que Darien avistaba cada puerta, incapaz de procesar el lamentable estado de cada brujo que yacía resignado sobre sus colchones.

—Asumo que este es el primer paso para la reformación —dijo al sentir un extraño movimiento en las entrañas, con la mirada fija sobre la mujer que se estremecía. Parecía ser una recién llegada, pues su rostro no contaba con la palidez de quienes se limitaban a mantener los ojos cerrados.

—Así es. Antiguamente existían cinco pasos esenciales para obtener el éxito, pero gracias a los avances médicos sólo se necesitan tres.

—¿Y cuáles son?

—El primero es la «Vinculación», donde los brujos son dotados de brugmansia, un mecanismo que (como acaba de notar) es utilizado para bajar sus defensas y facilitar el segundo paso, que es la «Operación». Y la tercera es la «Evaluación posoperatoria», mediante la cual nos aseguramos de que los sujetos no representen un peligro futuro para la civilización y, asimismo, se les instruye para fungir como leales mozos.

Durante la explicación, Egbert sonreía con una tranquilidad inentendible, como si hablara del clima. Mientras tanto, Darien clavó las uñas en sus palmas.

—¿Y en que consiste la Operación?

Los delgados labios del anciano se curvaron en una sonrisa.

—Es justo lo que veremos a continuación.

Señaló la puerta frente a ellos, hecha de bronce bruñido y con una ventanilla de vidrio templado, el cual no dejaba ver el interior. Egbert dio una orden a los guardias que rondaban la zona y la puerta se abrió. Un pequeño recibidor los condujo a otras dos puertas e ingresaron a la derecha. El interior constaba de una salita con una mesa y tres sillas en el medio. Frente a ellas, a diferencia de las paredes gruesas de piedra, un rectángulo cristalizado daba acceso a la vista de la habitación contigua.

—Esa es la sala de operaciones.

Darien parpadeó, todavía aturdido. Allí la iluminación dependía de diversos quinqués empotrados en las paredes, aquellos que rodeaban una camilla sucia y desgastada. A su vez, un estante con diversos materiales quirúrgicos descansaba en el fondo. Cada uno de ellos parecía ser parte de avances médicos desconocidos para la población en general.

—La operación…

—En un momento, alteza.

Minutos más tarde escuchó el eco lejano de la puerta y, acto seguido, un grupo ingresó a la sala. Dos médicos se abrieron paso para inspeccionar el estante, mientras un par de guardias arrastraba al paciente dopado en brugmansia. Los brazos y piernas flácidas no hicieron acopio de moverse y lo montaron en la camilla con un esfuerzo ridículo, aprisionando las muñecas y tobillos con los cinturones dispuestos en cada extremo. Con una manija elevaron la parte superior de la camilla para después colocar un trozo de tela dentro de la boca del brujo.



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En el texto hay: sombras, boyslove, fantasia aventura

Editado: 20.04.2026

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