RENNA
RENNA ESCUCHÓ SOBRE LA caverna de Xanthos muchos años atrás, por accidente. Cuando Sonomi se aburría del palacio de Shekiryou la arrastraba a Volkia con la excusa de hacer una visita de paz, en donde ella tuviese que compartir tiempo de calidad con Darien, aun sabiendo que, para entonces, él ya había ingresado a la Guardia.
Durante esas tardes aburridas, no hacía más que escabullirse con el fin de encontrar atajos secretos o alguna cosa con la que asustar al príncipe. Y entre esas expediciones es que logró escuchar a dos sirvientas hablar sobre una prisión de máxima seguridad, en donde los brujos más peligrosos del reino eran encerrados por la eternidad. Por eso le pareció un disparate lo que Darien murmuró dos días atrás.
«Estaba delirando».
Sus ojos se mantuvieron fijos en las hebras rubias y desordenadas del príncipe, quien ahora reposaba en su cama. Después de sufrir una crisis de temblores y alucinaciones, parecía ser que por fin descansaba profundamente.
—¿Sigues aquí? —Renna se volvió al oír la voz de su madre, quien no se atrevía a cruzar el umbral—. No te has apartado ni un segundo.
—Han pasado sólo dos días —respondió, devolviendo su atención a las manos entrelazadas del joven. Durante ese lapso una idea no dejaba de cruzársele por la cabeza hasta sacudir su corazón: si la respiración fuese menos pesada, fácilmente se pensaría que el príncipe había fallecido. Los labios agrietados y la tez pálida le parecieron dignos de admirar, por lo que procuraba no parpadear. Deseaba guardar aquella imagen para sí misma por mucho tiempo.
—Me impresionas, Renna. —Por fin, el repiqueteo de los tacones se hizo oír en el interior, deteniéndose justo a su lado—. Comportándote de este modo me haces creer que tienes verdaderos sentimientos por tu prometido.
Hastiada de la perorata, Renna se levantó del sillón donde permaneció por largo rato.
—¿No es lo que querías que hiciera? Durante años me has dicho que permanezca a su lado cueste lo que cueste.
—Sí, bueno, eso ya no será necesario. —Sonomi rodeó el lecho hasta plantarse al costado del cabezal. A diferencia de su hija, sus ojos castaños permitían ver sin reservas el desencanto que sentía por el chico—. Ahora están comprometidos.
Renna reprimió una risita.
—No sé por qué no me sorprende tu actitud. —Pero tan pronto como la burla apareció, también lo hizo el desagrado: Sonomi apretó los labios al observar a Darien—. ¿Qué es lo que te propones?
—Debemos regresar a casa. —La mujer se echó para atrás—. Su majestad debe estar ansioso de recibirte, sobre todo ahora que te convertirás en la futura reina de Volkia.
Sin inmutarse, Renna se abstuvo de perseguir sus pasos con la mirada. Sonomi soltó un lánguido suspiro al encaminarse a la salida.
—¿Sabes por qué me eligieron a mí como su prometida? —Su voz flaqueó. No le gustaba el tema, mucho menos sacar a relucir la sangre pura que portaban sus dos hermanas menores, las hijas legítimas de Koa el Grande.
Una sonrisa traviesa se deslizó por los labios de Sonomi, quien, sin decir nada, abandonó los aposentos.
Renna bajó la mirada y apretó el puño. Antes de poder pensar en algo más, escuchó los quejidos de Darien a su espalda y, al girarse, el convaleciente príncipe hizo un esfuerzo por levantarse.
—¡No!
—Princesa… —El torpe movimiento le generó migraña. Su voz, usualmente suave, adoptó un tono rasposo y profundo—. ¿Qué hace usted aquí?
—¿Que qué hago aquí? ¿Acaso no recuerdas cómo te desplomaste en el jardín hace dos días?
Ignorando el dolor, Darien abrió los ojos de par en par.
—¡¿Do-dos días?! —Como pudo, se apoyó en la cabecera de la cama—. ¡Es imposible! Debo irme...
Pese al frenesí, él apenas lograba moverse. Pronto gotas de sudor bañaron la frente y los ojos paseaban de un lado a otro, en búsqueda de algo desconocido.
—Darien, cálmate.
—Los brujos… No puedo dejarlos. —Por fin, los iris verdes se encontraron con la firmeza de la princesa. Quizás esa sería la única vez que le sostendría la mirada, incapaz de ocultar siquiera su desesperación—. Debo irme.
Sin esperar más, el príncipe se levantó de un salto.
—¡No puedes hacer esto! —Ella observó anonadada el cómo el príncipe se cambiaba el camisón de algodón por el uniforme de la guardia sin decoro alguno y sólo hasta que parpadeó es que recuperó la voz—. D-debe esperar a que el médico lo evalúe...
—No tengo tiempo para seguir esperando. ¡Maldición!, ni siquiera pude conseguir un ejército o siquiera pensar en cómo sacarlo de ahí. —Aquello último parecían ser el producto de sus alucinaciones, salidas a modo de susurros bajos y casi inaudibles.
—¿De verdad piensas liberar a los criminales? —Deseosa de tranquilizarlo y con una curiosidad naciente, Renna se le quedó mirando. El bochorno de contemplar la piel desnuda dejó de tener importancia.
Darien se detuvo cuando estuvo a punto de abrochar el último botón del saco y la miró a través del espejo. De los ojos que siempre mostraron sometimiento, nacía una chispa de determinación inquebrantable. De ser por él, no habría más intercambio de palabras, pero ella se apresuró a pararse frente a la puerta, impidiéndole salir.
Editado: 29.05.2026