RENNA
«EL INCIDENTE DELCONEJO», como bien lo conocía Renna, no fue más que un acto desesperado por mantener un vínculo. Pero conforme pasaron los años y profundizó todavía más en el asunto se dio cuenta de la horripilante verdad: lentamente se estaba convirtiendo en el penoso reflejo de su madre, una mujer que haría cualquier cosa por no ser olvidada.
Ser consciente de ello no hizo más que asquearla. Una parte de sí la atormentaba al verse en el espejo y detallar facciones parecidas a las de Sonomi. Pero había otra que se negaba a aceptar la culpa por completo. En ese entonces, Renna fue una niña que siguió una orden clara y precisa y que, más tarde y para su sorpresa, sería reprendida por ello, justo después de regresar a su hogar.
—¿Cómo pudiste matar a ese animal frente al príncipe? Es inaudito, ¡bochornoso!
Los ojos negros de la niña se centraron en el dobladillo del vestido, aquel que se arrastraba hasta barrer el polvo que se adhería a la duela de madera. Se encontraban dentro de un pequeño y olvidado estudio del palacio, después de presentar sus respetos a su padre.
—¿Qué haremos si no vuelven a invitarnos al palacio? —continuó a viva voz, desesperada—. ¡Contéstame!
Renna tembló cuando el eco del grito llegó a sus oídos.
—Yo sólo acaté tus instrucciones, madre.
—¿Cómo dices?
—Me dijiste que todo lo que sea un incordio debe eliminarse —enunció con dificultad, mientras las manos sudorosas se aferraban con fuerza a su falda de seda—. Si dejaba a ese conejo con vida, el príncipe formaría un vínculo innecesario… y ya no querría verme nunca más.
Sonomi se quedó perpleja al escucharla, sorpresa que se vio derribada con el paso de una risita. Sólo entonces la niña se atrevió a alzar la mirada y supo que el orgullo ya había suplantado al terror inicial. No obstante, el sentimiento que debía enaltecerla no le trajo la satisfacción esperada.
—¿Quieres volver a culparme por eso? —Sonomi soltó un bufido que bien pudo pasar como una risa incrédula—. Creo que ya es bastante tarde para hacerlo, querida.
—Era una niña —Renna la miró. A diferencia de años atrás, sus ojos se mantuvieron fijos en aquellos orbes displicentes— y sólo seguí tus órdenes.
—¡De la peor manera, es verdad! ¿O hubo un momento donde te sugerí acabar con la vida de ese pobre animal?
Renna sabía que no podía deshacerse de aquella culpa con tanta facilidad, pues bien era cierto que no hubo palabras directas y actuó con malicia, sin siquiera sentirse mal por ello; al contrario, una sensación de alivio la embriagó al ver cómo la vida se le escapó en un suspiro. Sin embargo, ahora le aterraba reconocer aquella naturaleza violenta que la acechaba. Temía de aquellos pensamientos que le llegaban cada tanto, sobre todo los que desbordaban un deseo oscuro. Sofocada por imaginar que en cualquier instante el impulso de volver a arremeter en contra de un inocente gane la batalla.
«Es algo que puedo controlar», detuvo el miedo con aquel pensamiento, acompañado de una respiración profunda. Nunca creyó que la sentencia fuera verdadera, pero le ayudaba a crear una quimérica seguridad.
Una sonrisa sardónica iluminó los labios rojizos de Sonomi.
—Desde ese momento supe que eras diferente al resto, es por eso que nunca esperé que desarrollases una vulnerabilidad tan deplorable para con el príncipe.
—Sigo siendo un ser humano —murmuró, más para sí misma que para su madre. Sin embargo, otra risita burlona llenó la habitación.
—Es una lástima.
—Sí, lo es. Es lamentable convertirme en alguien lleno de desesperación como tú.
Los ojos castaños de Sonomi se oscurecieron. Renna esperó la bofetada con dignidad, mas gran sorpresa se llevó cuando, en lugar de recibir un golpe, su madre le dio la espalda.
—Al menos yo he conseguido un poco de amor en mi vida, incluso si tuve que arrastrarme para conseguirlo. —Cuando se volvió, le entregó un espejo que de inmediato reflejó el dolor contenido de Renna—. Tú, hija mía, dudo que conozcas a alguien que te ame de verdad. Nadie puede querer a un ser tan malévolo y roto.
Apretó el espejo para ocultar el temblor en sus dedos, a pesar de que, de reojo, vislumbró la sonrisa llena de suficiencia en su madre.
—Si me disculpas, debo visitar a la reina madre. Quiero presentar mi agradecimiento y avisar sobre nuestra partida al amanecer. Te pediría que me acompañases, pero tu inestable actitud no es adecuada.
El repiqueteo de los tacones dejó un eco tras de ellos y, una vez la silueta hubo desaparecido, Renna arrojó el espejo contra la pared, haciéndolo añicos.
El calor que la ira trajo consigo un fuego que la impulsó a actuar sin pensarlo más. Rebuscó entre las maletas que yacían en la esquina y destruyó el arduo trabajo de Sonomi, en búsqueda de un vestido cómodo y sencillo. No fue fácil encontrarlo, sin embargo. La cortesana de Shekiryou era bien conocida por cargar con ropajes escandalosos que avivaran los cuchicheos del resto, considerando los insultos como una halagadora manera de recolectar envidias. Y cuando por fin encontró un atuendo que le permitiese moverse con mayor libertad, salió a toda prisa del palacio, chocando con algunos de los sirvientes de torpe andar que se limitaron a mirarla mientras susurraban disculpas que apenas podían escucharse. Renna no tenía el tiempo para quejarse sobre ello y se deslizó entre los pasillos hasta cruzar por la salida de servicio. El cabello negro que siempre lucía impecable para entonces se había convertido en una mata negra que le impedía ver, por lo que se lo sujetó torpemente con una cinta de tela.
Editado: 29.05.2026