ALISTAIR
VIO EN ÉL ESPERANZA.
Esa fue la impresión que tuvo cuando los ojos enturbiados de brugmansia se encontraron con la pétrea mirada del príncipe, aquella que se esmeraba por ocultar la calidez de su alma, fallando por el destello danzante que reflejaba su interminable temor. No cabía duda alguna: Darien poseía un corazón, a diferencia del resto de los perros que disfrutaban con el sufrimiento de quienes veían por encima del hombro.
Sin embargo, su convicción comenzó a debilitarse tras el paso de aquellos días sin noticias favorecedoras. Dos días en los que tuvo que obligarse a mantener la calma pues, tal como lo prometió, ningún brujo salió de Xanthos. Pero eso no significó que no llegaran nuevos y que se vieran obligados a rebasar el límite de reos que podían habitar en cada celda.
Para entonces, Alistair hubiese deseado regresar al sur y embriagarse con el veneno, así su mente no estaría lo suficientemente despierta como para convertirse en preso del nerviosismo. Cada hora, sus dientes se aferraban a las uñas descarapeladas, mientras sus ojos vigilaban hasta el más mínimo movimiento y agudizó el oído, como si de ese modo pudiera evitar que algún perro rebelde escoltara a los brujos al matadero. Tan pronto como se terminó las uñas, mordisqueó la piel alrededor de los dedos, sin importarle el dolor punzante que le precedió.
«Pero no puedo hacer nada». Fue la tercera vez que se levantó de golpe, pero ya no había espacio para caminar y relajar los músculos, así que se resignó a caer de culo en el piso. Los brujos a su lado se quejaron, mas su ánimo debilitado apenas alcanzó para indistinguibles gruñidos.
—¿Cuándo iremos al lugar bonito?
Alistair vio de reojo a la niñita que, para entonces, apenas tenía las marcas de las esposas que le lastimaron días atrás. Esa pregunta la había formulado ya cinco veces.
—Pronto —respondió su madre, agotada. De entre los labios agrietados escapó una exhalación pesarosa.
Inconforme, pero a sabiendas de que no importaba cuánto insistiera, siempre recibiría la misma respuesta, la chiquilla se volvió hacia Alistair. Los ojos redondos primero inspeccionaron el rostro que se relajó tan pronto como se percató de su interés, para después clavarse en los brazos.
—¿Qué pasa? —Alistair ladeó la cabeza e intentó esbozar una sonrisa amigable.
—¿Usted peleó con un oso?
—¿Mm? ¿Un oso?
Ella asintió, al tiempo que su ceño fruncido se acentuaba.
—Tiene unos rasguños muy feos.
Fue cuando comprendió a lo que se refería: las líneas en los brazos, ennegrecidas y desiguales.
—Ah, esto. Son marcas de nacimiento —habló con voz suave, dándole mayor acceso a sus brazos.
Mientras ella dudaba en si tocar o no, Alistair analizó la cara mugrienta donde podía verse el camino de lágrimas de días anteriores, además de delgadas líneas de costras que comenzaban a caerse, quizá producto de rasguños por ramas al intentar huir de su propia cacería. El hombre respiró hondo para no soltar una maldición.
—¿De verdad puedo? —La débil pregunta le tomó desprevenido. Aquellos delgados dedos temblorosos seguían a centímetros de distancia.
—Caroline, no. —Antes de que pudiera asentir, su madre habló y la jaló del brazo—. No incordies al caballero, necesita descansar como tú. Anda ven, duerme un rato.
—¿Otra vez? —La niña meneó la cabeza—. Tengo hambre, no sueño. ¿Cuándo nos iremos al lugar bonito?
Su madre apretó los labios y alzó la mirada, encontrándose con la de Alistair. No había más que resignación y una ligera queja, aunque no iba dirigida a nadie en particular.
De repente, el retumbo de varias pisadas se hizo oír en el pasillo principal. Convenido de que se trataba de un reo nuevo, Alistair apenas y quiso mirar; sin embargo, cuando advirtió al hombre de ondas rubias, es que su cuerpo reaccionó. Se puso de pie sin poder discernir de si se trataba de una mera ilusión o un hecho conciso, mas sus dudas desaparecieron cuando los ojos verde pálido se encontraron con los suyos y el reconocimiento suavizó el semblante rígido de su alteza real.
—Él.
Alistair apenas pudo parpadear cuando fue señalado de entre la multitud. Uno de los acompañantes, de un cargo presumiblemente alto, intentó replicar, mas Darien no le dio oportunidad alguna. Los perros tuvieron que bajar las orejas y la cola antes de abrir las puertas y ordenarle salir. Él titubeó un instante, con los pies bien plantados en la roca. Y antes de que pudiera dar el primer paso, sintió las manitas de Caroline aferrarse al pantalón raído. Al bajar la mirada, Alistair apenas pudo esbozar una sonrisa y, en susurro le aseguró que todo estaría bien. A pesar de escucharse a sí mismo decirlo, seguía sin procesarlo por completo, cual su cuerpo actuara por propia voluntad.
Retiraron las cadenas para colocarle las esposas con espinas y lo arrastraron a la carroza del exterior.
—No hace falta. Lo llevaré en la mía.
Con un movimiento de cabeza, el príncipe señaló un transporte precario, el cual contaba con una caja hecha de tablones de madera llenos de astillas. Alistair no pudo evitar arrugar la nariz.
Editado: 29.05.2026