Ximantsi 2. Bajo la luna de Ximantsi

La prisión de fuego

El invierno llegó con un frío mucho más intenso del que se sentía en la zona del Notse. Los tuki tenían dos temporadas de pesca, una era en verano y la segunda en invierno y la de invierno era especialmente importante ya que dependían de las conservas y el pescado congelado para sobrevivir a esos días donde no es posible cosechar nada ni salir de cacería.

Pero nadie partiría sino hasta que terminara la transformación de Uxjua de esa temporada, el enorme oso en el que se transformaba Bosthi esperó rodeando la jaula de energía, pero para su sorpresa, Uxjua jamás apareció.

―¿Habrá muerto al fin? ―preguntó Nhis esperanzada. Banxu volteó a ver la valla de plantas espinosas.

―No. Ese hechizo se mantendrá en pie mientras ellos dos estén con vida.

―Nunca había faltado a una cita, y esta ya es la segunda vez que no aparece ―dijo Bosthi frunciendo el entrecejo―. No es que lo extrañe, pero me parecen muy sospechosas sus ausencias.

―A mí también, amigo mío ―intervino el sabio Yich―, pero no veo nada peligroso en el futuro inmediato. De momento lo mejor será prepararnos para la pesca.

Bosthi alistaba sus pertenencias para el viaje, había ido de pesca con ellos el año anterior, y fue de los pocos momentos en que sintió paz desde que llegó al Hemi. Sin embargo, en esa ocasión había algo más que le inquietaba, no deseaba aceptarlo, pero así era, esa manía que tenía de insultar y fastidiar a Banxu desde que llegó era en parte porque Banxu era una mujer muy hermosa, quizá no tanto como Xingu, pero igual irradiaba belleza. En cierto modo él veía a Xingu en ella y descargaba parte de su enojo en Banxu. Pero desde que conoció su historia comenzó a verla con otros ojos, ahora era muy diferente, ni siquiera se dio cuenta en qué momento él comenzó a integrarse en las charlas a la hora de la cena, incluso un mes antes sorprendió a todos cuando rio por una broma que hizo Chheze. No había reído nunca desde que llegó a ese lugar.

Siempre se sintió como alguien sin importancia y haber sido elegido para casarse con la mujer más bella de su colegio lo hizo sentir especial, ahora tenía a otra mujer bella a su lado, deseaba más que nada en el mundo, saber lo que era amar y ser amado. Lo supo cuando Banxu le dijo en broma que le amaba, él estaba consciente que ella lo hacía para fastidiarlo, pero muy dentro de su corazón, quería que esas palabras fueran una realidad.

Pero era notorio que, para ella, él no era más que otro amigo, Banxu continuaría esperando a la persona que le hiciera sentir algo como lo que soñó aquel día cuando quedó preñada.

Aun así, no resistió más la tentación, la quería tener cerca, se sentía angustiado de saber que pasaría días lejos de ella. Estaba caminando para reunirse con el grupo de pesca cuando repentinamente se detuvo, dejó caer su mochila y fue hacia ella.

―Deberías venir ―dijo simplemente. Chheze y los nietos del sabio lo observaron, boquiabiertos.

―¿Yo?

―Nunca has salido del pueblo. Hay muchas cosas del Hemi que desconoces, y sé que te gustaría verlas con tus propios ojos.

―En eso tiene razón, querida ―intervino Chheze―, además, estarán muy cerca de la isla. Quizá puedas aprovechar para visitar a tus amigos y ver cómo va todo por allá… saber de Feza.

El rostro de Banxu se iluminó, pero Bosthi frunció los labios. Lo que él quería era tener algún tiempo a solas con ella y ahora ella iba entusiasmada por la idea de ver a su gran amigo Ndomi. Se sentó a esperar que ella se preparara, pero sintiendo un pinchazo en el pecho.

―Yo conozco esa cara ―dijo Chheze―, es la misma cara que ponía mi difunto marido cuando me pretendía y me veía platicar con otros pretendientes.

―No sé de qué habla.

―Hijo, ella verá a sus amigos en la isla, pero si eres inteligente, tú le harás ver al amor de su vida, justo aquí ―señaló su corazón.

―Yo… Sólo dígale que la espero con el grupo.

Unos minutos después, los pescadores montaron en dofris melenudos, unos equinos pequeños de pelo largo y esponjoso. Se unieron tukis de otras aldeas y el viaje dio inicio.

Tardaron todo un día para llegar hasta unas montañas nevadas que Banxu observaba, entusiasmada. En Notse había montañas idénticas, pero estas estaban cubiertas por la nieve constantemente debido al frío del Hemi y brillaban en un tono azul por la combinación del poco sol que aún alumbraba la luna y el reflejo del enorme planeta gaseoso Hatso.

Bajaron de los dofris y el anciano Yich sacó un enorme hueso hueco, lo puso en su boca y de él salió un sonido grave que hizo eco en las montañas. De inmediato, un centenar de aves blancas salieron volando, como si se formaran de la nieve de la montaña.

Banxu se aproximó para verlas de cerca, eran enormes, con las alas extendidas tenían el tamaño de cuatro mbohos, sus plumas eran como gruesos cabellos blancos rizados y sus picos de color violeta apenas sobresalían de la gruesa capa de plumas.

―Bosthi nos ha dicho que no hay animales como estos en Notse ―explicó el anciano―, los llamamos besia, ellos nos ayudan a viajar a la costa y sólo piden a cambio parte de la pesca.

Banxu montó junto con Bosthi en una de las aves y surcaron los aires, observando el bosque desde lo alto. Pero no llevaban ni una hora de vuelo cuando Bosthi vislumbró dos personas abajo.

―¡Son Xingu y Hojai! ―dijo de inmediato.

―¿Estás seguro?

―Completamente. Los otros se han adelantado mucho… ―Bosthi lo dudó por unos instantes―, bajaremos.

Aterrizaron cerca de donde vio a su hermano y su exesposa. Caminaron sigilosos por entre los árboles, siguiendo el sonido de las voces.

―Vas a tener que aprender a vencerlo de un modo u otro, mientras él esté aquí, no podremos ser libres ―era la voz de Xingu.

―No puedo con él y lo sabes ―se escuchaba la voz de Hojai.

―Lo sé, sé que es muy fuerte, a mí misma me cuesta mucho luchar en su contra.




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