Ximantsi 4. El libro de los elegidos.

El seductor

Ximantsi

Vol. III

El amanta de la sacerdotiza

El libro de Uthe

C.C. Uctari.

 

Ximantsi. Mayo, 2014.


Todos los derechos reservados ©. Queda prohibida cualquier copia total o parcial de esta obra.

Tomo 1. Los secretos de la isla de la hechicera

Tomo 2. Bajo la luna de Ximantsi

Tomo 3. El amante de la sacerdotiza

Tomo 4. La guerra de los mboho

 

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El seductor

La hechicera Uthe se había negado a sí misma tanto la posibilidad de que el pecado de la carne podía ser tan fuerte como para atraer a un zuthu, que se sorprendió mucho al darse cuenta de que al fin de un año castigando personas perversas, llegó alguien que atrajo un zuthu por causa de la lujuria.

Ella lo pudo ver en los ojos del zuthu antes de aniquilarlo, se trataba de un psicólogo que trabajaba en la ciudad de Danda, un sujeto ligeramente atractivo, de cabellera rojo vino, labios y ojos azules y piel lila. Tenía además un encanto natural que hacía a la gente confiar ciegamente en él. Había sido obligado a casarse con una mujer de aspecto simple, con características similares a las de Uthe, cabellera, ojos y labios negros, pero con piel cetrina y a él no le atraía su mujer en absoluto, pero tampoco estuvo dispuesto a impugnar, ella era una guardiana con talentos especiales, capaz de detectar la malicia de un zuthu casi con la misma intensidad con la que lo detectaba la hechicera Uthe. Eso atraía al psicólogo, pues la admiraba por su talento y no estaba dispuesto a dejarla ir.

Sin embargo, su apetito sexual no se despertaba con su mujer, pasó tres años casado con ella, fingiéndole cariño, fingiendo incluso orgasmos, pues no deseaba tener familia, pues para lo que él hacía, un hijo resultaría un estorbo.

Un año atrás se le había aceptado como psicólogo vocacional teniendo así acceso a jóvenes estudiantes de los últimos grados para asesoría sobre oportunidades laborales, entre ellos, chicas jóvenes que apenas habían recibido aprobaciones de matrimonio y a quienes se les había retirado el haki.

Él encontró que su deseo sexual se despertaba con muchas de ellas, así que ideó una técnica para obtener favores sexuales. Las seducía con su personalidad magnética y una vez que ellas estaban interesadas, les contaba alguna farsa de lo infeliz que era con su mujer, de cómo ella se casó por obligación a pesar de que él la amaba y de cómo ella supuestamente lo maltrataba psicológicamente. Las chicas sentían pena por él y terminaban dejándose seducir.

Pero el sujeto no estaba dispuesto a perder su estatus y libertad por ninguna de ellas, usaba igualmente sus dones como psicólogo para convencerlas de que ellas le sedujeron a él, tenía la habilidad para hacerlas sentir tanto remordimiento y desesperación que terminaban suicidándose. En seis meses, él llevó a la autodestrucción a cuatro jovencitas, y no sentía ni pizca de culpa.

Uthe llegó hasta la casa del psicólogo a mitad de la noche, todo estaba en calma y silencio, entró sigilosamente por la puerta principal, y entonces se dio cuenta que algo andaba muy mal, hedía a sangre fresca y en el interior se escuchaba un lamento apenas audible.

El psicólogo estaba tirado en el suelo, en un charco de sangre, a su lado, estaba su mujer, vestida con ropa de cama, con el cabello enmarañado, abrazándose a sí misma, con un cuchillo en la mano.

―¿Qué es esto? ―musitó Uthe. La joven levantó la mirada, observó a Uthe con tristeza y se puso de pie.

―Él me obligó a hacer esto ―dijo con la voz descompuesta―, él… no merecía vivir.

Uthe no necesitó preguntarle, podía verlo en el dolor de su llanto, esa joven se había enterado de lo que su marido había hecho y decidió castigarlo por cuenta propia.

―Sabes que no puedes hacer justicia por tu propia mano, te juzgarán ―dijo Uthe.

―Usted lo ha hecho por años.

―¿Cuál es tu nombre?

―Me llamo Ugi.

―Ugi, yo no los mato, yo impido que continúen haciendo daño.

―Es lo mismo que yo hice ―dijo Ugi ―, evité que él continuara haciendo daño.

―Lo sé, pero aun así te perseguirán.

―Lléveme con usted, hay rumores que dicen que usted se refugia en un lugar secreto, cerca del Made. Por favor, lléveme con usted.

―Pero…

―No quiero estar aquí, y no es por miedo a ser juzgada, es por miedo a que los recuerdos de él me atormenten tanto que me lleven a quitarme la vida como pasó con esas chicas―. Uthe lo pensó por algunos segundos. Asintió con la cabeza y caminó fuera de la casa.

―Toma tus pertenencias. Te esperaré afuera.

Ugi enjugó sus lágrimas llenando su cara de sangre, fue al lavabo donde se aseó. Amontonó algo de ropa en una mochila y, antes de salir de la habitación su rostro se llenó de odio, se volvió y dio un puntapié al cadáver de su marido y salió de la casa con la frente en alto.




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