Ximantsi 4. El libro de los elegidos.

El mundo púrpura

Feza sentía su cuerpo muy ligero, tanto, que podría elevarse al espacio mismo si así lo quisiera. Estaba en un sitio de plena oscuridad, pero de algún modo, la luz no era necesaria, la única luz auténtica venía de las estrellas que cubrían el cielo y era suficiente para que pudieran verlo todo.

Mbanga por su parte estaba embelesado observando el espectáculo de luces provocado por un sol que se desintegraba y se convertía en uno con aquel gigantesco mundo en el que ahora se encontraban.

―¿Dónde estamos? ―preguntó Feza.

―No lo sé, pero sea lo que sea, es el lugar más puro de toda la galaxia.

―¿Hemos muerto?

―No ―Mbanga no dudó en responder―. ¿No recuerdas? Tú y yo ya conocíamos el mundo de los muertos, nuestros padres fueron quienes vencieron a la monarquía. Ellos murieron en su momento, y tiempo después nosotros los alcanzamos en aquel mundo de luz.

―Es cierto, y nos ofrecimos como voluntarios para volver a Ximantsi cuando el mundo estaba siendo corrompido por el mal nuevamente. Papá y mamá nos visitaron tiempo después y nos dijeron que nuestro regreso tardaría seiscientos años más de lo previsto.

Mbanga se levantó sintiendo la grama húmeda en sus pies, y aunque no había luz más que la que llegaba de las estrellas, podía ver que todo en aquel lugar era de una belleza púrpura que provocaba una paz inmensa. Árboles, lagos, ríos, todo era en diferentes tonos de púrpura, morado y lila.

Ahí ya no había restricciones de ninguna índole, y la única ley a obedecer era la que les dictaba su propio corazón, y en ese momento, lo único que su corazón le pedía era amar a Feza, aún más de lo que la amó en su vida pasada. Simplemente la tomó por la cintura y la besó apasionadamente. Pero el beso sólo dio paso a ese deseo de quitar sus ropas, sentir su piel desnuda sobre la suya. Se entregaron uno al otro en ese sentimiento carente de malicia en donde el deseo y el amor intenso eran uno solo, en un instante que fue la eternidad para ellos, envueltos en el amor que sentían uno por el otro. Quedaron ahí, recostados sobre la grama observando el cielo y sintiendo aún los remanentes de aquel intenso orgasmo.

Minutos después, vieron una pequeña barca acercarse por el lago con tres personas, un hombre y dos mujeres. Dos de ellos bajaron de la barca y caminaron lentamente hacia Feza.

―¡Feza!

―¿Mamá? ―Feza se levantó y corrió de inmediato a abrazar a Uthe―. ¡No sabes cómo ansiaba verte!

―¿En dónde estamos, Ndomi? ―preguntó Mbanga.

―En el lugar de descanso final de las almas. Pero no te preocupes, ustedes no han muerto.

―Pero, yo recuerdo el mundo a donde fuimos después de morir, era un sol con cielo de lava…

―Aún en el sol, los enxes necesitamos purificarnos más para merecer llegar a este mundo ―dijo Uthe, sonriente―, y nuestros sacrificios fueron suficientes para llegar directamente aquí después de morir.

―¿Han muerto? ―preguntó Feza, preocupada.

―Eventualmente sí, la muerte nos alcanzó. Pero no sin antes darnos tiempo para vivir nuevamente, tiempo, para dejarles aquel portal que les haría llegar hasta este lugar.

―Los zuthus que poseían sus cuerpos no serán más un problema ―continuó Uthe―, un ser maligno no resiste en un mundo sagrado. Por cierto, para evitar cambiar el curso de la historia, dejamos las gemas de sus armas intercambiadas. Si quieren que funcionen como deben, el zafiro debe ir en la espada y el rubí en el arco.

―¿Traen el resto de las gemas? ―preguntó Ndomi. Feza asintió―. Esas gemas absorberán la energía de este mundo tanto como lo harán sus cuerpos.

―Ya no servirán para destruir ―dijo Uthe―, ahora deben ser más sabios que guerreros para determinar cómo vencerán a los zuthus y a los mboho corruptos.

―El mal, en su afán por detenerlos, sólo los ha hecho más fuertes ―Ndomi abrazó a ambos―, pero antes de regresar, Feza, supongo que querrás saludar a tu madre sustituta.

La otra mujer bajó de la barca y se acercó a Feza. La jovencita sintió que el corazón le estallaría de alegría al verla acercándose con una enorme sonrisa.

―¡Banxu! ―Feza la abrazó con fuerza.

―Lo has hecho muy bien, pequeña ―Banxu acarició su cabellera―, desde este mundo los hemos protegido, pero ni la mayor de nuestras bendiciones sería efectiva de no ser por su valentía y audacia.

―Es momento de volver ―dijo Uthe―, hagan de Ximantsi un lugar de paz, y en menos de un parpadeo, vendrán a este mundo, a vivir al fin una eternidad de felicidad.

―Digan por favor a Bosthi y a mis hijos que yo estoy bien ―dijo Banxu―, y que estaré esperándolos con ansias.

Un remolino de luz violácea rodeó a Feza y Mbanga, llevándolos de regreso entre las estrellas.




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