Xylaris

Capítulo 1: El Renacer

Mi nombre es Kael y ahora corro por mi vida en un mundo que no conozco.

Cada respiración me quema los pulmones. Los matorrales y la hierba alta me azotan las piernas mientras atravieso a toda velocidad unas praderas salpicadas de árboles gigantescos cuyas copas parecen tocar el cielo. El suelo tiembla bajo mis pies al ritmo de los pasos de la criatura que me persigue; no necesito mirar atrás para saber que sigue ahí, pues su aliento caliente casi me roza la espalda. Aun así, mi instinto me obliga a echar un vistazo.

Grave error.

La bestia apenas está a unos metros de mí. Es un reptil monstruoso de casi tres metros de largo y tan alto como un toro adulto. Su piel está cubierta por gruesas placas óseas de color gris oscuro, como si llevara una armadura natural. Dos enormes cuernos sobresalen de su cabeza, mientras una cresta de espinas recorre toda su espalda hasta perderse en una cola musculosa. Lo peor, sin duda, es su mandíbula: es tan grande que podría partirme en dos de un solo bocado.

—¡¿Por qué demonios a mí?! —grito mientras esquivo una roca.

La criatura responde con un rugido ensordecedor que hace vibrar el aire a mi espalda. Por puro instinto me lanzo hacia un lado. Las fauces del monstruo se cierran con fuerza donde un instante antes estaba mi cuerpo, destrozando un tronco como si fuera una rama seca. Ruedo por el suelo cubierto de hojas, me levanto de un salto y sigo corriendo sin atreverme a mirar atrás. Solo llevo unos minutos en este maldito mundo... y ya intentan devorarme.

Todo comenzó apenas unos instantes antes. En la Tierra.

El último día en la Tierra

Si alguien me hubiera preguntado aquella mañana cómo imaginaba mi muerte, habría respondido cualquier cosa menos la verdad.

Era un sábado de tormenta. Daban las siete en punto cuando terminé de preparar algo de comer y encendí la televisión. Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza los cristales del apartamento. Cada pocos segundos, un relámpago iluminaba el cielo, seguido por un trueno que hacía vibrar las ventanas. Era el clima perfecto para quedarse en casa. Me acomodé en la silla e inicié un capítulo de mi serie favorita cuando, de pronto, surgió una inquietud dentro de mí. Una voz interior me decía una y otra vez: «Sal, sal». Un extraño e imperioso deseo por salir a la calle me recorrió entero.

Suspiré. Me acerqué a la ventana y contemplé la calle; las avenidas estaban prácticamente vacías y la tormenta caía con tanta fuerza que apenas podía distinguir los edificios del otro lado. Negué con la cabeza.

—No. Definitivamente hoy no salgo.

Pero mi voz interior no cedía, insistiendo sin parar: «Sal, sal».

Al final me rendí ante el absurdo deseo de caminar bajo la lluvia. Cogí mi paraguas y salí a la calle sin tener la menor idea de cuál era mi destino.

A medida que avanzaba, la lluvia se intensificó aún más. Los relámpagos iluminaban el cielo en un espectáculo deslumbrante. De repente, una luz cegadora lo envolvió todo. Por instinto cerré los ojos y, al abrirlos, el panorama había cambiado por completo.

Dí dos pasos antes de percatarme de un detalle: ya no sostenía el paraguas. La lluvia caía sobre mí, pero no la sentía... atravesaba mi cuerpo. Giré la cabeza hacia atrás y me quedé paralizado. A pocos metros de mí, tendido en el suelo, estaba mi propio cuerpo, completamente carbonizado.

No tuve tiempo de asimilarlo. De pronto, el mundo entero se puso boca abajo. Mis pies se despegaron de la tierra y comencé a caer en sentido contrario. Intenté agarrarme a los edificios, pero fue inútil. La ciudad se alejó de mí a toda velocidad, luego las nubes y, cuanto más me distanciaba, más aceleraba. El planeta se convirtió en un punto azul que pronto no fue más que una estrella lejana.

Seguí acelerando a un ritmo incalculable; las estrellas comenzaron a deformarse en líneas brillantes, el espacio se curvó y los colores desaparecieron. Todo se transformó en un inmenso túnel de oscuridad atravesado por una única luz blanca al final. No existía el viento ni el tiempo; solo aquella velocidad imposible en la que sentía que mi alma era estirada hasta el límite.

Y, de repente, todo se detuvo.

Ante mí se extendía un paisaje inimaginable: un sistema estelar formado por incontables mundos diminutos. Había miles, cada uno del tamaño de una luna, flotando alrededor de un sol colosal como cuentas suspendidas en un collar cósmico. Y no estaba solo. Millones de destellos descendían desde la inmensidad del universo; no eran meteoritos, sino almas, una lluvia interminable de vidas que caían sobre aquellos pequeños mundos.

Caí suavemente sobre la hierba de uno de ellos.

Alcé la vista. Una pradera infinita se mecía bajo una brisa suave. El cielo, desafiando toda lógica, mostraba los planetas vecinos flotando en el horizonte mientras los haces de luz continuaban lloviendo. A mi alrededor se extendía una multitud incalculable de seres vivos. La mayoría no eran humanos.

Vi criaturas con la piel gruesa como corteza de roble; otros poseían alas membranosas plegadas a la espalda; gigantes de cuatro metros caminaban cerca de seres diminutos que apenas alcanzaban mi cintura. Había entes escamosos, insectos antropomorfos y personas con cuernos o pupilas abisales. Era como si todas las mitologías del universo hubieran sido convocadas al mismo punto. El vértigo que sentí no fue de miedo, sino de pura pequeñez ante el cosmos.

—Hola... —escuché a mi lado.

Me giré. A pocos metros había una joven visiblemente humana, con el rostro pálido y los ojos desencajados por el terror.

—Hola —respondí, dejando escapar un suspiro de alivio—. ¿Hablas mi idioma?

—Sí... —La chica se abrazó a sí misma, temblando—. Dios mío, dime que esto es un sueño. Me llamo Arianne.

—Soy Kael —me presenté, intentando proyectar una calma que no sentía—. Y no, no creo que sea un sueño.

—¿Sabes dónde estamos?




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