Xylaris

Capítulo 1: El Renacer

Aquí estoy.

Me llamo Kael Galan y corro por mi vida en un mundo que no conozco.

Cada respiración me quema los pulmones. Los matorrales y la hierba alta me azotan las piernas mientras atravieso a toda velocidad unas praderas colinosas, salpicadas de árboles gigantescos cuyas copas parecen tocar el cielo.

El suelo tiembla bajo mis pies al ritmo de los pasos de la criatura que me persigue.

No necesito mirar atrás para saber que sigue ahí.

Su aliento caliente casi me roza la espalda.

Aun así, mi instinto me obliga a echar un vistazo.

Grave error.

La bestia apenas está a unos metros de mí.

Es un reptil monstruoso de casi tres metros de largo y tan alto como un toro adulto. Su piel está cubierta por gruesas placas óseas de color gris oscuro, como si llevara una armadura natural. Dos enormes cuernos sobresalen de su cabeza, mientras una cresta de espinas recorre toda su espalda hasta perderse en una cola musculosa.

Lo peor es su mandíbula.

Es tan enorme que podría tragarse mi cabeza de un solo bocado.

—¡¿Y por qué demonios yo?! —grito mientras esquivo una roca.

La criatura responde con un rugido ensordecedor.

Siento el aire desplazarse a mi espalda.

Por puro instinto me lanzo hacia un lado.

¡CRAAASH!

Las fauces del monstruo se cierran donde un instante antes estaba mi cuerpo, destrozando un tronco como si fuera una rama seca.

Ruedo por el suelo cubierto de hojas, me levanto de un salto y sigo corriendo sin atreverme a mirar atrás.

Solo llevo unos minutos en este maldito mundo...

Y ya intentan devorarme.

Todo comenzó apenas unos minutos antes.

El último día en la Tierra

Si alguien me hubiera preguntado aquella mañana cómo imaginaba mi muerte, habría respondido cualquier cosa menos la verdad.

No esperaba morir un sábado por la noche.

Mucho menos camino a una fiesta a la que ni siquiera quería asistir.

Mi nombre es Kael Galan.

Tengo veinticuatro años.

Nunca fui especialmente sociable. No odiaba a la gente; simplemente disfrutaba mucho más de mi propia compañía. Mi rutina era sencilla: trabajar entre semana, llegar a casa y perderme durante horas entre videojuegos, películas o cualquier cosa que me permitiera desconectar del mundo.

Y, para ser sincero, me gustaba esa vida.

Aquella noche no parecía diferente.

Eran las siete en punto cuando terminé de preparar algo de comer y encendí la computadora.

Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza los cristales del apartamento. Cada pocos segundos, un relámpago iluminaba el cielo, seguido por un trueno que hacía vibrar las ventanas.

El clima perfecto para quedarse en casa.

Me acomodé en la silla, inicié mi juego favorito y apenas llevaba unos minutos jugando cuando apareció un pensamiento inesperado.

"Deberías salir hoy."

Suspiré y pausé la partida.

Me acerqué a la ventana.

Las calles estaban prácticamente vacías.

La lluvia caía con tanta fuerza que apenas podía distinguir los edificios del otro lado de la avenida.

Negué con la cabeza.

—No. Definitivamente hoy no salgo.

Regresé al escritorio y reanudé la partida.

¡Riiing, riiing!

El teléfono comenzó a sonar.

Miré la pantalla.

Ronald.

Un compañero del trabajo.

Contesté.

—¿Qué pasa?

—¡Kael! ¿Cómo estás?

—Sobreviviendo al fin de semana.

—Pues deja de sobrevivir y empieza a vivir. Estamos organizando una fiesta en casa de Rosanna.

Sonreí.

Era exactamente el tipo de plan que normalmente rechazaba.

—Gracias por invitarme, pero está cayendo un diluvio ahí fuera. Yo paso.

Ronald soltó una carcajada.

—Solo es lluvia. Vienes en coche.

—Precisamente por eso. Prefiero quedarme seco.

—Algún día lograré sacarte de tu cueva.

—Ese día no será hoy.

—Está bien. Diviértete con tus videojuegos.

—Y tú intenta no hacer ninguna estupidez.

—No prometo nada.

La llamada terminó.

Sacudí la cabeza, divertido, y volví a concentrarme en la pantalla.

Apenas había retomado la partida cuando el teléfono volvió a sonar.

Fruncí el ceño.

—No puede ser...

Esta vez era Rosanna.

Contesté.

—Hola.

—¿De verdad no vas a venir?

Su pregunta me tomó por sorpresa.

Antes de responder, una sensación extraña recorrió mi cuerpo, acompañada de un pensamiento.

"Ve. Deberías ir."

Era apenas un presentimiento.

Una pequeña incomodidad.

Como si algo estuviera fuera de lugar.

—Ronald ya intentó convencerme.

—Pues yo también lo intento.

—¿Tanto interés tienes en que vaya?

Hubo un breve silencio.

—No sabría explicarlo... De repente pensé en ti y sentí que debía llamarte.

Aquellas palabras hicieron que el malestar aumentara.

No era miedo.

Era... una intuición.

Como si una pieza invisible acabara de encajar en un rompecabezas que todavía no podía ver.

Cerré los ojos durante un segundo.

Luego suspiré.

—Está bien. Iré un rato.

—¡Sabía que aceptarías!

—No cantes victoria todavía.

—Nos vemos en un rato.

Colgué lentamente.

Me quedé mirando el teléfono durante varios segundos.

No entendía por qué había cambiado de opinión.

No quería ir.

Seguía sin querer ir.

Y, sin embargo... algo dentro de mí insistía en que debía hacerlo.

No era una decisión completamente mía.

Era como si alguien hubiera inclinado la balanza sin que yo pudiera evitarlo.

Por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de que no era yo quien estaba tomando aquella decisión.

Me di una ducha rápida.

El agua caliente normalmente conseguía despejarme la cabeza, pero aquella noche solo hizo que el extraño presentimiento se volviera más intenso.




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