Mis piernas seguían moviéndose por puro instinto mientras atravesaba las praderas colinosas a toda velocidad. La hierba alta me golpeaba la cintura con cada zancada, pero, lejos de flaquear, sentía que corría cada vez más rápido. Detrás de mí, el reptil cornudo continuaba la persecución, haciendo temblar el suelo con el peso muerto de sus zarpazos. No me atreví a mirar atrás; ya había cometido ese error una vez y no pensaba repetirlo.
Sin embargo, al cabo de unos cientos de metros, el estruendo comenzó a disminuir. Un paso. Otro. Otro más. Hasta que, de pronto, el retumbar desapareció por completo.
Reduje la velocidad con cautela y giré apenas la cabeza para comprobar la situación. El lagarto se había detenido sobre la cima de una colina. Nos observamos mutuamente durante unos segundos que parecieron eternos; su enorme lengua bífida salió lentamente entre los colmillos, saboreando y olfateando el aire en mi dirección.
—¿Qué haces...? —murmuré entre jadeos entrecortados.
La bestia inclinó ligeramente la cabeza, como si me juzgara. Después, resopló con absoluto desinterés, giró sobre sí misma y regresó tranquilamente por donde había venido. Permanecí inmóvil, esperando. Pasaron cinco segundos, diez, treinta... Solo cuando su silueta desapareció por completo tras las lomas, permití que mi cuerpo se relajara.
—Qué alivio... —solté, mientras las piernas me fallaban por la adrenalina.
Apoyé las manos sobre las rodillas e intenté con dificultad recuperar el aliento. Una risa nerviosa y carente de control escapó de mis labios.
—Casi me convierto en la cena de bienvenida... en menos de diez minutos. Puto lagarto. Esto sí que es un buen comienzo.
Sonreí de manera irónica y respiré profundamente varias veces hasta que el corazón recuperó un ritmo normal. Entonces, levanté la vista y olvidé por completo al reptil.
El nuevo planeta
Jamás en mi vida había contemplado un paisaje semejante. Las praderas parecían no tener fin, extendiéndose hasta perderse en el horizonte como un océano verde e infinito, cuyas olas eran provocadas por un viento suave que mecía la hierba en todas direcciones. Más allá de las llanuras, se alzaba un bosque denso y majestuoso, poblado por árboles colosales de copas gigantescas y variopintas que exhibían una paleta de colores exóticos y desconocidos. En los otros extremos, rodeando el mundo, se levantaban montañas colosales cuyas cumbres afiladas desaparecían directamente entre las nubes blancas.
Pero nada de eso logró captar mi atención tanto como el cielo. Los otros planetas del sistema flotaban tan cerca de la atmósfera que resultaban irreales, casi amenazantes. Desde donde estaba, podía distinguir con perfecta claridad sus océanos, sus cordilleras e incluso enormes manchas verdes que probablemente fuesen continentes boscosos. Era como vivir bajo un techo formado por mundos flotantes.
A lo lejos, bandadas de aves surcaban el firmamento en diferentes altitudes. Algunas eran pequeñas, con plumajes iridiscentes que brillaban bajo el sol, mientras que otras poseían alas tan titánicas que su sombra proyectada era capaz de cubrir una colina entera durante varios segundos. En la distancia de la llanura, también alcancé a distinguir manadas de criaturas gigantescas que pastaban con una tranquilidad pasmosa. Ninguna especie parecía interactuar o molestarse con las demás. Aquello no era un caos; era un ecosistema maduro, aunque completamente desconocido para mí.
—Así que este es Xylaris...
La emoción estuvo a punto de hacerme olvidar la gravedad de mi situación, pero el encanto duró poco. Un rugido estruendoso me devolvió bruscamente a la realidad. Al levantar la mirada, vi la silueta de una criatura descomunal que atravesaba las colinas con dirección a la montaña más cercana; volaba tan alto que se abría paso más allá de las nubes, perdiéndose de vista.
Sacudí la cabeza para espantar el asombro y me hablé a mí mismo con severidad:
—Primero, asegúrate de seguir respirando mañana.
El verdadero enemigo ahora no era el reptil cornudo, sino mi propia ignorancia. No conocía las plantas, no conocía los animales y ni siquiera sabía cuánto duraban los días en este planeta. Inspiré lentamente, obligándome a enfriar la cabeza. Necesitaba pensar, pero no como un aventurero de ficción, sino como un superviviente real.
La garganta empezaba a secárseme a causa del esfuerzo físico; tenía sed. Después vendría el hambre y, cuando el sol comenzara a ocultarse, necesitaría algún lugar seguro donde dormir. Miré nuevamente hacia la montaña más cercana, la cual colindaba con el inmenso bosque de árboles gigantes. Toda corriente de agua natural debía bajar desde las cumbres, así que seguí con la vista la inclinación del terreno y sonreí.
—Si este mundo sigue las mismas reglas físicas que la Tierra... el agua debe de estar por allí.
Empecé a caminar. Esta vez lo hice despacio, regulando mis fuerzas y sin correr. Cada pocos pasos me detenía para escuchar el entorno: el silbido del viento, el zumbido de los insectos, el canto de las aves o cualquier rugido lejano. En Xylaris, cualquier sonido imprevisto podía significar peligro de muerte. Mientras descendía y subía por las praderas, procuré alejarme lo más posible de las siluetas de las grandes criaturas. Prefería no averiguar qué clase de monstruos eran, ni darles la oportunidad de decidir si yo les parecía apetitoso.
Después de más de una hora de marcha forzada, coroné la cima de una colina y el esfuerzo valió la pena. Ante mis ojos apareció un río caudaloso que descendía de la montaña, serpenteando con fuerza. Desde mi posición elevada, pude observar que el agua pasaba entre rocas gigantescas y auténticos muros naturales de piedra, descendiendo hasta morir en un gran lago justo frente al linde del bosque. Ahora que estaba más cerca, la escala de esos árboles colosales era verdaderamente imponente.
Conforme avanzaba hacia la orilla del río, el paisaje comenzó a cambiar drásticamente. La hierba alta de la pradera dio paso a arbustos bajos y, poco después, aparecieron los primeros grupos de árboles. Finalmente, me adentré en un amplio monte donde la vegetación se volvió mucho más abundante. Los árboles de esta zona me resultaban más normales y familiares, y sus ramas aún permitían que los rayos del sol tamizaran el suelo con rayos de luz.
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Editado: 31.07.2026