El sonido se detuvo muy cerca de mi refugio. Lo que sea que anduviera ahí fuera estaba a escasos metros. No hice ningún movimiento ni aparté la vista de la entrada cubierta de hojas; sin embargo, el agotamiento físico por el uso de la Energía Primordial era abrumador. Mis ojos amenazaban con cerrarse por momentos antes de que me obligara a abrir los ojos de nuevo. La criatura seguía acechando afuera, no había duda de eso, pero al final mi cuerpo cedió ante el cansancio y, sin darme cuenta, me quedé profundamente dormido.
Una pesadilla me arrancó de golpe de la inconsciencia. Desperté lanzando un manotazo alterado al aire y con el corazón latiendo desbocado en el pecho.
—¿Qué fue eso...? —murmuré, secándome el sudor frío de la frente.
Había sido un sueño inquietantemente nítido. Me encontraba en un bosque de árboles gigantescos, rodeado de densas telarañas que se extendían de tronco a tronco. En medio de la penumbra, divisaba un enorme capullo suspendido boca arriba. Al acercarme, descubría a Arianne, completamente envuelta en seda a excepción de la cabeza. La desesperación me invadía en la pesadilla y comenzaba a sacudir el capullo para reanimarla.
«Arianne, Arianne, despierta», le rogaba.
De pronto, abría los ojos. Sus pupilas se volvían oscuras, una negrura absoluta que me helaba la sangre. Al abrir la boca, abisal como una noche sin luna, pronunciaba una frase con una voz cargada de terror:
«Ya viene».
Aquella voz, ajena a Arianne, me impactó con tanta fuerza que me devolvió bruscamente a la realidad.
Me quedé inmóvil unos instantes dentro de la cueva, esperando a que mi ritmo cardíaco se estabilizara. Cuando logré calmarme, salí con precaución. El paisaje iluminado por los planetas parecía en calma; no vi nada amenazante alrededor. Me acerqué a la poza y extendí la mano, intentando elevar un hilo de agua con mi concentración, exactamente como lo había hecho el día anterior. Necesitaba comprobar que lo vivido no había sido una ilusión.
El agua respondió a mi llamado, elevándose y serpenteando en el aire. La usé para lavarme la cara y espantar los restos de la pesadilla; luego, practiqué un poco más, moldeándola en forma de flechas flotantes y dividiendo la masa líquida en varias partes.
De repente, un pensamiento intrusivo irrumpió con fuerza en mi mente:
«Ya está aquí».
La concentración se rompió al instante y el agua cayó de golpe. Giré sobre mis talones con rapidez; absorto en la práctica, no me había percatado de que una criatura se aproximaba sigilosamente por mi espalda. Al verse descubierta, se irguió de inmediato en posición de combate.
Era una serpiente monstruosa de unos catorce metros de largo. Se levantó imitando la postura de una cobra, pero su cabeza era idéntica a la de un cocodrilo, con escamas gruesas y óseas cubriéndole todo el lomo, mientras que el vientre conservaba el diseño liso de un reptil. De su frente sobresalían dos cuernos retorcidos, su boca albergaba hileras de dientes afilados como puñales y una lengua bífida entraba y salía de sus fauces mientras avanzaba con movimientos laterales. Sus ojos amarillentos estaban fijos en mí.
Comencé a retroceder de lado, moviéndome con cuidado entre las rocas del río. La serpiente no esperó más; tensó los músculos y se lanzó al frente con una mordida violenta. Reaccioné por instinto y salté hacia la derecha, esquivando las fauces por milímetros.
Eché a correr, pero el monstruo se reincorporó de inmediato y me persiguió a una velocidad pasmosa. Me alcanzó en cuestión de segundos y lanzó un segundo bocado a mi espalda; para evitarlo, me arrojé hacia la izquierda, rodando sobre el lecho pedregoso.
Me levanté de un salto. Mientras la serpiente giraba para encararme de nuevo, mi mano derecha se cerró sobre una piedra del tamaño de un puño. Con toda la fuerza sobrehumana de mi nuevo cuerpo, se la lancé directo a la cabeza.
¡PUM!
La piedra impactó de lleno en el lateral de su cráneo. El golpe fue tan certero que la serpiente soltó un siseo agónico y abrió las fauces de par en par. La fuerza del impacto la hizo caer de costado, revolcándose sobre las rocas. Me alejé a una distancia prudente para reevaluar la situación, jadeando.
—¿Así de fuerte soy? —dije, esbozando una sonrisa de incredulidad.
Rápidamente recogí dos rocas más. La serpiente se incorporó con furia y esta vez reaccionó con inteligencia: usó su propia cola y el lomo acorazado para cubrirse. La piedra que le arrojé se hizo pedazos contra sus placas óseas. Acto seguido, la criatura azotó su pesada cola contra las piedras del río, proyectando una ráfaga de metralla rocosa a gran velocidad.
En una fracción de segundo, tomé una posición defensiva: crucé los brazos para cubrirme el rostro y me agaché. Las piedras me golpearon las extremidades con fuerza, pero la distancia amortiguó el impacto y no sufrí heridas graves.
—¡Maldito Serpiente! —grité.
Me di cuenta tarde de que había usado la ráfaga de piedras para acortar distancias. La tenía encima. La criatura lanzó un coletazo horizontal devastador; intenté esquivarlo saltando hacia atrás, pero el extremo del cuerpo me alcanzó de lleno en el pecho. El impacto me hizo salir despedido por el aire hasta rodar por la orilla. Me puse en pie lo más rápido que pude, escupiendo un hilo de sangre.
«No me rompió nada», razoné al instante. «Al amortiguar parte del golpe antes, el daño fue menor».
Levanté la vista. La serpiente avanzaba a toda velocidad, repitiendo la táctica de arrastrar piedras con la cola. Esta vez no me tomó desprevenido: di varios saltos hacia atrás mientras me cubría. El monstruo lanzó otro coletazo que eludí gracias a la distancia y, aprovechando el impulso del giro, arremetió con un mordisco directo al frente.
Esquivé el ataque agachándome hacia la derecha. Con su cabeza expuesta a mi nivel, descargué un puñetazo salvaje en la parte baja de su cuello, utilizando la roca que aún conservaba en la mano. El impacto fue demoledor. La serpiente cayó al suelo, aturdida, y esta vez no le di tregua.
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Editado: 31.07.2026