Xylaris

Capítulo 4: Reencuentro

Levanté la cabeza y mis ojos se cruzaron con los de la criatura. Su mirada era tan profunda que me provocó un escalofrío y un miedo instintivo; sus seis ojos oscuros me examinaban fijamente mientras se aferraba de forma vertical al tronco del árbol con sus ocho extremidades. Parecía una grotesca fusión entre un humano deforme y una araña negra: poseía la parte inferior de un arácnido oscuro y, de donde debería emerger la cabeza de la araña, brotaba un torso humano de piel color ceniza con dos brazos perfectamente funcionales, una cabeza calva de orejas puntiagudas, nariz recta y una boca de insecto armada con mandíbulas y colmillos afilados.

—Maldito ladrón... Intentas robar mis provisiones. Prepárate para morir —amenazó el monstruo con una voz sibilante y extrañamente femenina, sin apartar sus ojos de mí.

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, hablábamos el mismo idioma. Mi mente parecía haber asimilado esa lengua de forma nativa desde nuestro renacimiento, pero no había tiempo para filosofar sobre ello.

—Espera, espera —dije, intentando ganar algo de tiempo mientras asentaba los pies en el suelo—. Solo necesito a la humana. Tienes otras dos presas gigantes ahí arriba, puedes quedarte con la chica canina si quieres.

La criatura soltó una carcajada estridente que hizo eco en la inmensidad del bosque.

—¿Esperas que comparta mi caza? ¡Qué criatura tan insolente! Tú también serás mi comida.

De su abdomen comenzó a segregar hilos de seda translúcida que empezaron a flotar a su alrededor, endureciéndose en el acto y adoptando la forma geométrica de lanzas afiladas. Dejé caer el capullo de Arianne en el suelo con cuidado y retrocedí para ganar espacio. En ese mismo instante, la primera lanza de hilo salió disparada hacia mí. Salté hacia un lado por puro instinto, esquivándola por milímetros mientras el proyectil se clavaba profundamente en el suelo blando.

—¡Oye, oye, tranquilízate! ¿Cuál es la prisa? Mejor hablemos —le grité después de esquivar el ataque, intentando ganarme unos segundos para idear un plan. En mi fuero interno, me sentía completamente incapaz de ganarle en un choque directo—. ¿Acaso tienes nombre? ¿O solo eres una bestia salvaje?

—¿Nombre? Las presas no necesitan saber el nombre de su depredador —siseó, entrecerrando sus múltiples ojos con arrogancia—. No tengo familia ni linaje. Solo tengo hambre.

Al pronunciar aquello, me arrojó dos lanzas más. Esquivé la primera con un quiebro y la segunda se incrustó con violencia en un tronco grueso que utilicé como cobertura. Tras ponerme a salvo, continué provocándola para mantenerla hablando:

—¿De dónde saliste entonces? Si no tienes familia, ¡no me digas que saliste de la nada!

—¡Hablas demasiado para ser un gusano a punto de morir! —exclamó la criatura con desdén—. Si tanto te importa, te lo contaré, antes de que mueras.

—Antes era un simple insecto débil y diminuto. Vivía en la oscuridad de una cueva, cazando otros míseros insectos; eso era todo lo que mi mente concebía. ¡Pero yo sobreviví! Evolucioné más grande, más fuerte, más consciente, y devoré a todo lo que se cruzaba en mi camino. Emigré a la superficie, donde bestias colosales creyeron que podían aplastarme... ¡y todas cayeron! Adquirí poder, astucia y habilidades superiores. Vencí en las cavernas, vencí en la superficie y ahora voy a dominar este bosque. Hace poco evolucioné, ahora soy una polymorphia y alcancé esta forma perfecta que ves, ahora soy más poderosa. ¡No eres más que otro escalón en mi ascenso!

«Polymorphia... Así se autoproclamó esta especie», pensé rápidamente mientras absorbía sus palabras al tiempo que preparaba los músculos para moverme. «Según lo que dice, su raza atraviesa mutaciones o evoluciones de conciencia. Esta especie es nativa de este mundo y no una renacida».

Antes de que pudiera formular otra palabra, la polymorphia descendió del árbol con una agilidad pasmosa, plantándose frente a mí a varios metros de distancia. Mediante un rápido gesto de sus manos humanas, condensó la seda flotante en decenas de proyectiles. Acto seguido, lanzó una ráfaga masiva a una velocidad balística. No tuve tiempo de reaccionar por completo; una de las lanzas pasó rozando el costado de mi abdomen, infligiéndome un corte superficial que comenzó a sangrar profusamente.

Al ver que preparaba otra oleada, comencé a correr de forma horizontal, zigzagueando entre los árboles mientras las estacas de seda se iban incrustando en el suelo a mi paso. Me oculté detrás de un árbol para romper su línea de visión, pero la polymorphia me flanqueó a una velocidad increíble. Sin embargo, yo ya la estaba esperando: le arrojó la roca que tenía guardada con un lanzamiento mucho más rápido y potente que los anteriores. Para mi frustración, ella la esquivó sin el menor esfuerzo.

Inmediatamente, materializó un látigo de tela en su mano derecha y arremetió contra mí con un golpe horizontal. Me agaché a tiempo; la potencia del ataque era tal que rebanó una sección del enorme tronco del árbol en un segundo. Sin darme tregua, lanzó un segundo latigazo, esta vez vertical. Lo esquivé por los pelos y eché a correr para distanciarme. Mientras huía, recogí algunas piedras del suelo y se las lancé consecutivamente, pero fue inútil: las esquivaba todas con movimientos fluidos y su velocidad me superaba por completo.

Ya estaba encima de mí nuevamente, azotando su látigo. Esquivé una, dos, tres veces, hasta que conectó un golpe horizontal que me resultó imposible de evadir. Utilicé los brazos para protegerme; el impacto fue devastador y me hizo rodar por el suelo varios metros. Decidida a acabar conmigo, la polymorphia dio un salto colosal hacia mi posición, intentando apuñalarme con sus afiladas patas traseras. Ruedo a la derecha, a la izquierda, hacia abajo y hacia arriba, evadiendo cada estocada que agrietaba la tierra.

En un giro desesperado hacia la izquierda, saqué uno de los cuernos de serpiente que llevaba en el bolsillo y se lo clavé con todas mis fuerzas en una de sus patas delanteras, atravesándola por completo. La polymorphia soltó un grito de dolor agudo al sentir el arma incrustada en su carne. Con la otra mano saqué el segundo cuerno para apuñalarla en un órgano vital, pero la criatura dio un violento salto hacia atrás, ganando distancia. Aproveché esa oportunidad de oro para ponerme en pie de un salto.




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