Xylaris

Capítulo 5: Un nuevo hogar

Al acercarnos al río, Arianne se detuvo de repente.

—Hay algo ahí... —dijo, intentando distinguir la silueta entre la maleza.

Seguí caminando sin bajar el ritmo.

—No te preocupes, está muerta.

Ella volvió a mirar el enorme cuerpo tendido sobre las rocas.

—¿Cómo lo sabes? Parece una serpiente gigante descansando.

—Sí, está descansando... pero para siempre. Lo sé porque fui yo quien la mató.

Arianne abrió los ojos de par en par.

—¡¿Qué?! ¿Tú derrotaste a una criatura tan grande?

—Créeme... la Polymorphia del bosque era mucho más peligrosa.

—¿Cómo lo hiciste?

Me encogí de hombros.

—Con mucha suerte. Comienzo a creer que esa es mi habilidad especial.

Al acercarse lo suficiente para observar el cadáver, Arianne hizo una mueca de asco al ver que el cráneo de la gigantesca serpiente estaba completamente destrozado. Incluso muerta, su tamaño imponía respeto.

Con cuidado, dejé el capullo de la chica lobo sobre el suelo y caminé hasta la orilla del río. Me agaché para beber.

—¿No tienes sed? —pregunté.

—Sí... muchísima.

Los dos bebimos agua con desesperación, como si fuera el mismo elixir de la vida. Cuando terminé, me limpié los labios y miré a Arianne.

—Oye, ¿sabes cómo usar la Energía Primordial?

Ella frunció el ceño.

—¿La Energía Primordial?

—Sí, lo que mencionó la entidad antes de reencarnar.

Hizo memoria unos segundos antes de negar con la cabeza.

—No... no tengo idea.

Levanté una mano hacia el río. El agua comenzó a elevarse lentamente, formando un pequeño vórtice que giró hasta quedar flotando frente a mí. Los ojos de Arianne brillaron.

—¡Es magia!

—Más o menos. La Energía Primordial permite controlar las distintas energías del mundo. Al menos, esa es la teoría.

Observaba la esfera de agua como si estuviera presenciando un milagro.

—Es increíble...

Sonreí.

—Por tu cara, supongo que tú no puedes hacerlo.

Negó rápidamente, con los ojos bien abiertos.

—¡Yo también quiero usarla! ¡Enséñame, por favor!

—Por supuesto. Pero primero descansemos un poco. Buscaré algo de fruta —le dije mientras me ponía de pie.

—Voy contigo —añadió, intentando levantarse con torpeza.

—No te preocupes, solo iré hasta allá —señalé los árboles al borde del claros.

Caminé hacia los árboles donde había recogido los frutos rojizos y junté todos los que pude, usando mi suéter roto como una bolsa improvisada. Mientras regresaba, vi a Arianne intentando imitar mis movimientos: extendía un brazo hacia el río con toda la seriedad del mundo.

—¡Agua... levántate y ven a mí!

No pude evitar sonreír. «Supongo que así de ridículo me veía yo la primera vez», pensé. Desde que morí en la Tierra no me había sentido tan contento. Conocía a Arianne desde hacía muy poco y no sabía casi nada de ella, pero estar a su lado resultaba extrañamente reconfortante. Su sola presencia me hacía sentir bien.

De repente, escuché un grito frustrado:

—¡Maldición! ¿Por qué no funciona? ¡Agua, surge!

Ya no pude contener la risa.

—¡Jajaja! ¡Así no va a funcionar jamás!

Arianne se giró de golpe, con el rostro completamente rojo.

—¡Qué vergüenza...! ¿Desde cuándo estás ahí?

—Lo suficiente —dije, lanzándole una fruta—. Ven, comamos. No son venenosas.

La atrapó al vuelo y comenzó a comer con un apetito feroz. Nos sentamos junto al río y, mientras comíamos, decidí preguntar:

—¿Extrañas tu vida en la Tierra?

Pensó unos segundos y su mirada se entristeció.

—No con nostalgia...

Supe inmediatamente que su vida anterior no había sido fácil. Decidí no indagar más y desvié el tema.

—Yo tampoco. Pero me alegro de que estés aquí.

Ella recuperó la sonrisa.

—Yo también.

Tras un instante de silencio, volteé a observar el capullo. Arianne siguió mi mirada.

—¿Vas a liberarla?

—Sí —dije, levantándome—. Todavía no me he recuperado del todo... pero tengo la extraña sensación de que no es una enemiga.

Nos acercamos al capullo y, con cuidado, fui rompiendo la resistente capa exterior hasta liberar a la chica que dormía en su interior. Su cabello plateado, del color de la nieve, le caía más abajo de la cintura; del mismo tono era la larga cola que nacía sobre sus caderas. Su rostro era prácticamente humano, salvo por unas orejas de lobo cubiertas de un suave pelaje y unos labios oscuros que contrastaban con su piel clara. Su cuerpo era atlético y esbelto, con muslos fuertes y piernas que terminaban en patas caninas en lugar de pies humanos. En las manos, sus uñas parecían auténticas garras.

«Debe de ser una especie humanoide derivada de los lobos», deduje.

Mientras Arianne y yo la observábamos con curiosidad, la chica comenzó a abrir lentamente los ojos. Se incorporó de golpe, mirándonos con evidente pánico.

—¡¿Quiénes son ustedes?! ¡¿Qué van a hacer conmigo?!

Levanté ambas manos para tranquilizarla.

—Calma. Solo te estábamos liberando.

Arianne le dedicó una sonrisa amable.

—No somos tus enemigos.

La chica respiraba agitadamente hasta que pareció recordar algo y su rostro perdió el color.

—¿Y... y el monstruo?

—Tranquila —sonreí—. Ya no existe.

Poco a poco, su respiración se volvió más pausada.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

La chica dudó unos segundos antes de responder:

—Mi nombre es... Rayana.

—Mucho gusto, soy Arianne —dijo mi compañera con calidez—. Y él es Kael. Él fue quien nos salvó de ese monstruo.

La tensión desapareció por completo del rostro de Rayana. En ese momento, su estómago rugió con fuerza. Al notar su vergüenza, tomé una fruta y se la tendí.

—Toma, come algo.

Me miró con cierta desconfianza. Para tranquilizarla, le di un mordisco a otra fruta.

—¿Ves? No tienen nada raro.

Finalmente la aceptó.




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