Xylaris: El nacimiento de un mundo.

Capítulo 1: El Renacer

Mi nombre es Kael y corro por mi vida en un mundo que no conozco.

Siento que cada respiración me quema los pulmones. Los matorrales y la hierba alta me azotan las piernas mientras atravieso a toda velocidad una pradera salpicada de árboles gigantescos cuyas copas parecen tocar el cielo. El suelo tiembla bajo mis pies al ritmo de los pasos de la criatura que me persigue; no necesito mirar atrás para saber que sigue ahí, pues su aliento caliente me roza la espalda. Aun así, el instinto me obliga a echar un vistazo.

Es un reptil monstruoso de casi tres metros de largo y tan alto como un toro adulto. Su piel está cubierta por gruesas placas óseas de color gris oscuro que forman una armadura natural. Dos enormes cuernos sobresalen de su cabeza, mientras una cresta de espinas recorre su lomo hasta perderse en una cola musculosa. Lo peor, sin duda, es su mandíbula: tan grande que podría partirme en dos de un solo bocado.

—¡Corre, Kael, corre! —grité por puro instinto al ver mejor al monstruo, acelerando como una bala.

La criatura respondió con un rugido ensordecedor que hizo vibrar el aire a mi espalda. Por puro reflejo me lancé hacia un lado. Las fauces de la bestia se cerraron con fuerza donde un instante antes estaba mi cuerpo, destrozando un tronco como si fuera una rama seca. Rodé por el suelo, me levanté de un salto cubierto de hierba y seguí corriendo sin atreverme a mirar atrás. Solo llevo unos minutos en este mundo... y soy la presa por primera vez en toda mi existencia.

Y pensar que todo comenzó apenas unos minutos atrás.

El último día en la Tierra

Si alguien me hubiera preguntado aquella mañana cómo imaginaba mi muerte, habría respondido cualquier cosa menos lo que terminó sucediendo.

Era sábado dieciocho de junio de dos mil veintiséis y una tormenta azotaba la ciudad con furia. Daban las siete en punto cuando terminé de preparar algo de comer y encendí la televisión. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales del apartamento, creando un sonido agradable. Cada pocos segundos, un relámpago iluminaba el cielo, seguido por un trueno que hacía retumbar las ventanas. Para mí era el clima perfecto para quedarse en casa.

Me acomodé en el sofá e inicié un capítulo de mi serie favorita cuando, de pronto, surgió una inquietud en mi interior. Una voz me decía una y otra vez: «Sal, sal», acompañada por un extraño e imperioso deseo de caminar por la calle.

Suspiré. Me acerqué a la ventana y contemplé el exterior: las avenidas estaban prácticamente vacías y la tormenta caía con tanta fuerza que apenas podía distinguir los edificios del otro lado.

Negué con la cabeza mientras murmuraba: —No. Definitivamente hoy no salgo.

Pero la voz interior insistía sin parar: «Sal, sal».

Al final me rendí ante aquel absurdo impulso. Sin importarme la posibilidad de enfermar, salí sin paraguas, disfrutando del agua como si fuera un niño y sin tener la menor idea de cuál era mi destino.

A medida que avanzaba, la lluvia caía con fuerza sobre mi piel y las gotas empapaban mi rostro de forma continua mientras las ráfagas de luz iluminaban el paisaje. La tormenta se intensificó rápidamente; los relámpagos cruzaban el cielo con violencia en un espectáculo deslumbrante. De repente, un resplandor cegador lo envolvió todo. Cerré los ojos por instinto y, al abrirlos, el panorama había cambiado por completo.

Caminé varios pasos antes de percatarme de un detalle inquietante: ya no sentía la lluvia golpear contra mi piel. Las gotas atravesaban mi cuerpo sin transmitir sensación alguna. Me quedé atónito observándome las manos y los brazos; no sentía densidad ni peso, pero seguía estando allí. Giré la cabeza para orientarme: a mi alrededor, los relámpagos continuaban tras un espeso velo de agua y, al mirar hacia atrás, el corazón se me congeló.

A pocos metros de mí, tendido sobre el asfalto mojado, estaba mi propio cuerpo carbonizado.

Sin darme tiempo para asimilar lo que veía, el mundo entero pareció ponerse boca abajo. Mis pies se despegaron de la tierra y comencé a caer hacia arriba. Intenté desesperadamente agarrarme a un poste de luz y lo logré por un instante, pero la fuerza era demasiado intensa. Caía de espaldas viendo mi apartamento, el edificio y la ciudad alejarse a toda velocidad; luego crucé las nubes iluminadas por los rayos y, cuanto más me distanciaba, más aumentaba la velocidad. El planeta se convirtió en un punto azul que pronto no fue más que una estrella lejana, mientras caía hacia un espacio oscuro que parecía no tener final.

Seguía acelerando a un ritmo incalculable; las estrellas comenzaron a deformarse en líneas brillantes, el espacio se curvó y los colores desaparecieron. Todo se transformó en un inmenso túnel de oscuridad atravesado por una única luz blanca al final. No existía el viento ni el tiempo, solo aquella velocidad imposible en la que sentía cómo mi alma era estirada hasta el límite.

Y, de repente, todo se detuvo.

Ante mí se extendía un paisaje inimaginable: un sistema estelar formado por incontables planetas pequeños. Había miles, cada uno del tamaño de una luna, flotando alrededor de un sol colosal como cuentas suspendidas en un collar cósmico. Y no estaba solo. Millones de destellos descendían desde la inmensidad del universo; no eran meteoritos, sino almas, una lluvia interminable de vidas que caían sobre aquellos pequeños mundos.

Caí suavemente sobre la hierba de uno de ellos.

Alcé la vista. Una pradera infinita se mecía bajo una brisa suave. El cielo, desafiando toda lógica, mostraba planetas vecinos flotando en el horizonte mientras los haces de luz continuaban lloviendo. A mi alrededor se extendía una multitud incalculable de seres vivos. Sentí una mezcla de asombro y fascinación al notar que la mayoría no eran humanos.

Vi criaturas con la piel gruesa como corteza de roble; otros poseían alas membranosas plegadas a la espalda; gigantes de cuatro metros caminaban cerca de seres diminutos que apenas alcanzaban mi cintura. Había entes escamosos, insectos antropomorfos y personas con cuernos o pupilas abisales. Otros poseían una belleza indescriptible. Era como si todas las mitologías del universo hubieran sido convocadas al mismo lugar. El vértigo que sentí no fue de miedo, sino de pura insignificancia ante el vasto cosmos.




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