Xylaris: El nacimiento de un mundo.

Capítulo 7: Lazos y revelaciones

Mientras regresábamos al campamento, sentí una presencia a mi izquierda como una corriente vibratoria.

«¿Qué fue eso?», pensé.

Volteé la cabeza al instante: era un reptil similar a una iguana grande, que corrió rápidamente a ocultarse entre la vegetación.

Volví a sentir otra corriente vibratoria inesperada; volteé la cabeza en la dirección de la corriente y vi una mariposa que pasaba volando cerca.

«¿Pero qué es esto?», me dije, sorprendido.

Concluí que se trataba de una nueva habilidad, similar a la Visión de Halcón. «Entonces, cuando absorbo la energía de las criaturas, ¿también adquiero sus capacidades? Por eso la mantis supo que yo estaba ahí cuando la vi luchar contra el dragón, y por eso la polymorphia del bosque conocía mi poder. Son habilidades únicas y, al derrotarlas, las hago mías».

—¿Estás bien, Kael? —preguntó Arianne al verme tan abstraído en mis pensamientos.

—Sí —sonreí—. Ya casi llegamos.

Justo antes de alcanzar el perímetro del refugio, Rayana alzó la voz:

—¡Por fin en casa!

Tras recuperar el aliento, descuartizamos lo que quedaba del ciervo y nos sentamos alrededor de la fogata mientras el sol se escondía en el horizonte.

—Kethra —hablé, rompiendo el silencio—, dijiste que el monstruo que derrotamos era una polymorphia, pero yo luché en el bosque con una que era totalmente diferente. No parecían pertenecer a la misma especie.

—Todas son polymorphias, sin importar de qué rama evolutiva provengan —explicó Kethra—. No es una especie en sí, es el rango evolutivo al cual pertenecen. Marcel y yo somos kirians.

—Entiendo —dijo Rayana—. Pero lo que no entiendo es cómo saben todo eso si han estado solos. Incluso me pregunto cómo es que entienden nuestras palabras —dijo mientras giraba los trozos de carne sobre las brasas.

—No lo sé, pero casi todo lo que sé lo sé desde que nací. Simplemente esta ahi.

«Quizás el conocimiento es transmitido desde sus padres, o quizás sean conocimientos acumulados por sus vidas pasadas, o las formas de vida de este mundo están conectadas a un conocimiento colectivo que se va desbloqueando con su evolución», reflexióné mientras Arianne me pasaba un trozo de carne.

—¿Cuántos años tienen ustedes dos? —preguntó Arianne con una sonrisa, ofreciéndole a Kethra un trozo de carne ensartado en una vara.

—¿Años? ¿Qué es eso? —inquirió Kethra.

—Kethra, ¿sabes qué es el tiempo? —interrumpí.

—Sí.

—¿Qué es?

—Es el espacio percibido entre un momento y otro —dijo antes de morder la carne—. Mmm, ¡qué bueno está esto! —murmuró.

—¿Y cuánto tiempo ha pasado desde que Marcel y tú nacieron?

—Muy poco tiempo.

Para no abrumarnos más con esto, decidimos cambiar de tema y continuamos charlando un largo rato. Les enseñamos a Kethra y a Marcel varios conceptos humanos, entre ellos la medición del tiempo.

Al caer la luz nocturna, establecimos turnos de guardia para descansar. Al día siguiente, construimos otra choza junto a la nuestra para Marcel y Kethra. Intenté edificar una tercera para Arianne y Rayana, pero se negaron a separarnos. Durante el segundo día, aramos la tierra y creamos huertos para cultivar los frutos y vegetales que antes teníamos que buscar lejos.

Al tercer día, me encontraba entrenando a la orilla del río. Cuando el sol se ocultó, exhausto por el esfuerzo, me recosté boca arriba sobre unas rocas grandes a contemplar el firmamento.

—Kael, ¿qué haces? —preguntó Arianne aproximándose.

—Solo miro el cielo.

—¿Puedo hacerte compañía?

—Por supuesto —hice un gesto con la mano para que se sentara a mi lado.

Ella se recostó a mi lado, mirando hacia arriba.

—Pensar que una de esas estrellas podría ser la Tierra… —dije señalando los puntos brillantes en el cielo nocturno.

—Sí. Quizá aquella de allá sea el planeta de Rayana —respondió, indicando otra luz.

—El universo es inmenso —murmuré.

Nos quedamos en silencio un momento.

—Cuando vivía en la Tierra, odiaba mi vida —dijo Arianne con expresión melancólica.

Nos incorporamos hasta quedar sentados.

—Nací paralítica. Siempre me sentí como una carga. Con el tiempo, mi padre nos abandonó a mi madre y a mí. Mi madre casi pierde la cordura y la pagaba conmigo; decía que si yo no hubiera nacido, todo habría sido mejor, que no podía más conmigo porque le arruiné la vida... Me esforcé tanto, a mi manera, una y otra vez...

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Arianne. Su rostro reflejaba ira, tristeza e impotencia contenida. No pude evitar que mis propios ojos se empañaran.

—Intenté ser útil, me esforcé por ella, pero fue en vano —continuó—. A los siete años, mi madre se marchó. Sobreviví como pude hasta que me encontraron y me llevaron a un orfanato. No podía hacer nada, nada. Quería caminar, quería ser autosuficiente, pero para todo necesitaba ayuda.

Sus lágrimas seguían fluyendo.

—El rencor en las miradas de los cuidadores era evidente; solo me atendían porque les pagaban. A los doce años mi salud empeoró: empecé a perder la vista y las pocas fuerzas que me quedaban. A los diecisiete ya era un cadáver viviente, totalmente paralítica y ciega; era un infierno. Hasta que un día escuché a los médicos decir: «No le queda mucho, el cáncer la está matando». Fue el día más feliz de mi vida en la Tierra: saber que por fin moriría. Pero pasaron dos años más... Era como una maldición que me impedía morir. A los diecinueve por fin morí para viajar hasta aquí.

Arianne rompió en llanto.

—Lo siento —dijo secándose el rostro.

—No te preocupes. Ahora vamos a vivir como nunca —la consolé, abrazándola de costado mientras sus lágrimas seguían fluyendo.

Tras esa charla, nos quedamos dormidos allí mismo, sin pensar en los peligros de Xylaris.

Al cuarto día entrenamos todos juntos. De pronto, recordé el combate contra la mantis y cómo Arianne había transmutado la punta de mi lanza de tierra en metal. Me acerqué a ella para preguntarle:




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