Xylaris: El nacimiento de un mundo.

Capítulo 9: La fuerza de un kirian (Parte 2)

Tras la expansión del aura de Drako, la pelea dio inicio.

Solo bastó un parpadeo. En el instante siguiente, ya me encontraba volando por los aires: Drako me había conectado un puñetazo en el abdomen que me hizo salir disparado hacia arriba. Acto seguido, dio un salto descomunal para asestarme otro golpe. Como pude, crucé los brazos para bloquear, pero el impulso fue tremendo. Salí despedido más allá del claro, adentrándome en la vegetación.

Logré reincorporarme en el aire y caer de pie, sacudiendo mis brazos, que ardían por la fuerza del impacto. Rápidamente me impulsé a unos diez metros de altura, colocándome sobre la rama gruesa de un árbol gigante. Con un par de saltos estratégicos, regresé al claro casi de inmediato.

Mientras descendía, condensé una esfera de viento en mis manos y se la arrojé a Drako, quien me esperaba abajo. Sin embargo, apartó la esfera con un manotazo de su mano derecha; el ataque desviado chocó contra el tronco de un árbol enorme, que se remeció por el impacto.

Apenas puse un pie en el suelo, Drako ya estaba encima de mí lanzando un golpe frontal. Redirigí su puño hacia la izquierda con mi mano derecha y contraataqué con un derechazo directo a su rostro de jabalí. El impacto fue tal que rodó varios metros por la hierba, aunque se mantuvo de pie. Mi golpe había funcionado: un hilo de sangre brotaba de su nariz.

—¿Eso es todo...? Me decepcionas —murmuró.

Arremetió contra mí de nuevo con un ataque frontal. Volví a desviar sus puños, pero continuó con una ráfaga ininterrumpida. Bloqueaba y desviaba como podía, pero cada golpe venía más rápido que el anterior. Pronto me vi incapaz de contraatacar, e incluso mi defensa comenzó a ceder.

En una desviación hacia la izquierda con mi mano derecha, Drako aprovechó el hueco y me conectó un derechazo en pleno pómulo al mismo tiempo que desviaba mi puño izquierdo. El impacto fue demoledor; la inercia me sacó de balance y rodé por el suelo hasta el límite del claro. Me puse de pie justo antes de ser arrastrado hacia la maleza.

En ese segundo de tregua, analicé la situación: «Es más rápido, más fuerte y tiene más energía primordial. ¿Cómo diablos voy a ganarle?».

Drako ya estaba a escasos metros, descargando ataques directos. Eludía sus puños a duras penas debido a su velocidad endiablada.

«¡Izquierda!», resonó una voz en mi mente.

Intenté reaccionar con el brazo, pero fue tarde: Drako me encajó una patada en el costado izquierdo. Aunque aminoré el daño cubriéndome con la mano, el impacto siguió siendo brutal. Choqué de espaldas contra el tronco de un árbol y tosí sangre.

Me tiré hacia la derecha por puro instinto, esquivando un puñetazo de Drako que se hundió directamente en la madera. El estruendo del impacto resonó por todo el claro mientras el árbol se sacudía.

En el momento justo del esquive, formé una flecha de tierra y se la arrojé a quemarropa. Drako se vio obligado a maniobrar a toda prisa para esquivarla.

«Esa es la clave. Si logro conectar de lleno una de esas, seguro lo mato», pensé.

Drako volvió a la carga, pero esta vez avanzaba caminando lentamente, imponiéndose como un verdadero monstruo. Aproveché la pausa y condensé ráfagas de viento alrededor de mis manos y pies para aumentar tanto mi velocidad como el daño de mis golpes y bloqueos. El aire arremolinado agitaba mi cabello.

En un parpadeo, Drako estuvo de nuevo sobre mí. Bloqueé, desvié y esquivé; ahora sí podía seguirle el ritmo. Tras cubrirme de una patada izquierda con la mano derecha, conecté un puñetazo vertical con la izquierda directo a la parte baja de su mandíbula. El impulso lo hizo elevarse.

Antes de que saliera disparado hacia arriba, me estiré con la mano izquierda y lo agarré por los tobillos. Con todas mis fuerzas, lo estrellé contra el suelo. Sin soltarlo, dispersé el viento de mis brazos y acumulé una flecha de tierra instantánea en mi mano derecha, disparándola directo a su pecho.

Sin embargo, incluso a esa distancia, Drako logró erigir un escudo de tierra que detuvo el proyectil. Intenté arrojarlo por los aires con la mano izquierda, pero él canalizó un chorro de agua extraído de la atmósfera directamente hacia mi rostro. Lo solté e hice un salto hacia atrás para esquivar el líquido.

Drako se incorporó de un brinco. Volví a envolver mis extremidades en una armadura de viento y nos lanzamos en un impulso mutuo hacia el centro. Nuestros puños chocaron de frente; las ondas de choque dispersaban ráfagas de aire en todas direcciones. Intercambiamos combinaciones a máxima velocidad sin que ninguno lograse conectar un golpe limpio, hasta que, en un leve descuido de mi parte, Drako me asestó un puñetazo en el abdomen que me hizo volar unos doce metros.

Instintivamente, Drako saltó para rematarme en el aire con un puñetazo directo a la cabeza. Logré girar sobre mi propio eje, desviando su puño, y le asesté una patada en el pecho que lo impulsó aún más alto, mientras yo caía rápidamente hacia el suelo.

En plena caída, condensé las ráfagas de mis extremidades en dos esferas de aire en mis manos. Apenas toqué tierra de pie, arrojé la esfera izquierda, que impactó de lleno en su cuerpo, e inmediatamente disparé la derecha.

Mientras Drako caía, una gran masa de viento se acumuló a su alrededor, haciéndolo frenar en el aire. Acto seguido, condensó una corriente de agua que tomó la forma de un enorme jabalí de dos metros.

—¡Cuidado, Kael! —gritó Arianne.

Levanté de inmediato una barrera de agua para contener la embestida. Al chocar ambos poderes en una pulsación de energía, no pude sostener la posición: salí disparado hacia atrás, rodando hasta impactar contra un tronco. Una fina llovizna comenzó a caer sobre el claro tras el colapso de las técnicas. Gracias a mi barrera, el daño no fue mortal, pero mi cuerpo ya estaba molido.

—Conque sobreviviste... No esperaba menos —dijo Drako mientras descendía al suelo.




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