Xylaris: El nacimiento de un mundo.

Capítulo 10: Kaeria

—No puedo creer que lo dejaras vivir —habló Rayana mientras regresábamos a nuestro hogar. Las gotas de agua caían desde las hojas de los árboles; íbamos empapados.

—Entiendo que estés molesta, pero ¿de verdad dentro de tu corazón crees que era lo correcto? —le respondí mientras salíamos de la penumbra del bosque.

—La verdad no, pero eso no quita que sea un peligro para todos. Ganaste de milagro, Kael; sabes muy bien que si Drako hubiera usado sus técnicas de rayo desde el principio, habríamos muerto.

—Claro que lo sé... ¡claro que lo sé! —dije molesto—. Sé muy bien que la única razón por la que gané fue porque consumió toda su energía antes que yo. Eso demuestra mi debilidad.

—Qué irónico... En serio, ¿ustedes se sienten débiles? —murmuró Durin en voz alta—. Cuando yo lo único que hago es temblar —agregó, bajando la cabeza.

—Ya basta, todos lo hicimos bien hoy. Y me alegra, Kael, que no mataras a Drako; en mi interior siento que fue lo correcto —sentenció Arianne, algo alterada.

Todos nos calmamos y continuamos caminando hasta que la lluvia cesó. El sol volvía a ser visible, junto al sonido del viento que traía el olor a humedad y la fauna local se hacía presente de nuevo.

Al acercarnos al campamento, Marcel, quien hacía su ronda por el perímetro, nos vio llegar.

—¿Qué les pasó? Están horribles.

—Unas criaturas nos atacaron —dijo Rayana mientras seguíamos avanzando.

—¿Espera... unas criaturas les dieron semejante paliza? —preguntó Marcel, uniéndose a la caminata.

—¿Paliza? Deberías ver a las criaturas ahora —respondí mientras miraba hacia el frente.

—¿Y qué criaturas eran? —inquirió.

Tras un breve relato de lo sucedido, finalmente llegamos al campamento.

—Arianne, ¿qué les pasó? —salió Kethra a nuestro encuentro, con cara de preocupación al notar el estado en el que habíamos regresado.

—Tuvimos algunos problemas —explicó Arianne—, pero ya está todo resuelto.

—¿Estás bien, Durin? —preguntó la azurtu.

—Sí, me encuentro bien. Aunque yo no hice nada... ¿puedes creer que vencieron a las criaturas que mataron a nuestros compañeros?

—¿Qué? ¿Lograron vencerlos y siguen vivos? ¿Así de poderosos son? —habló la azurtu observándonos de arriba abajo con asombro.

—Bueno, bueno, dejemos la charla para después. Ahora lo que toca es un baño, comer y dormir para recuperar energía.

—Yo cociné un estofado —concluyó Kethra—. Vengan a comer.

Entramos a su choza, donde el ambiente olía delicioso gracias a la comida recién hecha. Tras el primer bocado, el sabor superó mis expectativas.

—Kethra, ¿cómo aprendiste a cocinar así de bien? —pregunté con una sonrisa, olvidando mis malestares.

—Arianne me enseñó —tras decir estas palabras, miró a Arianne y sonrió.

—Ya veo. Sí que está muy rico, gracias a las dos.

Luego de comer, nos dirigimos a nuestra choza. Cuando estábamos en la cama de paja, listos para acostarnos, las dudas volvieron a apoderarse de mí.

—Si Drako dijo la verdad sobre que existen más como él y que su líder es mucho más fuerte, estamos en serios problemas —dije mientras me recostaba.

—¿Qué hacemos, Kael? —preguntó Arianne.

—Lo único que queda es hacernos más fuertes.

—¿Y cómo nos hacemos más fuertes? —volvió a preguntar Arianne mientras se acomodaba en su cama.

—Debemos cazar criaturas que expandan nuestra capacidad de energía. El problema es que las únicas que lo logran hasta ahora han sido las polymorphias, y la verdad no son tan fáciles de encontrar. Pero, primero debemos ayudar a los azurtus a construir.

Un ronquido suave resonó en la habitación: Rayana ya se había quedado dormida y Arianne también dormitaba, así que prácticamente estaba hablando solo.

—Que descansen —murmuré en voz baja.

Cerré los ojos, y al abrirlos me hallaba de nuevo en el bosque.

«¿Dónde estoy?», murmuré observando mis alrededores. Estaba solo y había vegetación por todas partes. Salté de una rama a otra subiendo a un árbol para orientarme; no muy lejos de ahí vi un claro donde parecía haber un campamento.

Decidí bajar del árbol para dirigirme hacia allá. Al lanzarme de un salto al suelo, el panorama cambió por completo: me encontraba entre unas siete casas de madera, algunas a medio construir, pero destacaba una edificación mucho más grande que las demás. Lo más extraño es que se parecían a las casas de la Tierra. También vi una gran jaula de acero como una celda en una esquina del campamento.

Observé a los seres atrapados e intenté acercarme; al primer paso ya estaba frente a las rejas. Era un escenario horrible: vi a dos humanos sentados en la tierra abrazándose las rodillas, a dos chicas que parecían hechas de flores, a una chica humanoide con apariencia arácnida, a otro humano en la esquina opuesta y, a su lado, a dos seres humanoides con rasgos de reptil. Ocho seres encerrados, con expresiones desprovistas de esperanza, ropas desgastadas y sucias, y un collar de metal rodeando el cuello de cada uno.

Toc, toc.

—Vorgaz, Drako ha regresado —escuché una voz detrás de mí mientras tocaba una puerta.

Me volteé. Vi a dos polymorphias arácnidas: una tocaba la puerta y la otra estaba al lado de Drako, quien lucía herido y agotado. En un instante aparecí junto a ellos, pero tampoco parecían ser capaces de verme.

Una criatura salió de la gran casa. Tenía apariencia demoníaca, con dos cuernos que sobresalían de su frente, piel oscura y escamosa como quemada, y ojos rojos.

—¿Por qué no habías regresado? —dijo la criatura con la boca llena de dientes afilados.

Drako se arrodilló:

—Señor Vorgaz, capturamos a tres criaturas conscientes. Cuando veníamos de vuelta, fuimos atacados por otro grupo de criaturas conscientes. Brak y Gorn fueron eliminados; logramos matar a tres de ellos, pero nos derrotaron.

—¡¿Cómo te atreves a presentarte ante mí?! —gritó Vorgaz, agarrando a Drako por el cuello y levantándolo mientras las demás criaturas salían de sus casas—. Perdiste a dos de mis soldados, recibiste una paliza... ¡Dame una razón para no matarte!




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