Me desperté antes que los demás. Tras dar varias vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y sin nada que hacer, salí de la mansión. Caminé por los alrededores en medio del silencio de la madrugada, roto únicamente por los distantes sonidos de la fauna y, de vez en cuando, el eco de potentes rugidos a lo lejos.
Me acosté boca arriba sobre una de las rocas grandes que dejamos en la orilla del río. Al observar la inmensidad del cielo estrellado, un recuerdo del pasado irrumpió en mi mente:
“—¡Kael, no te subas al árbol que te vas a caer! —gritó mi madre mientras acampábamos en el bosque.
—¡Ya verás, mamá, todo lo que puedo subir! —respondí ignorando sus advertencias mientras trepaba. Solo tenía nueve años. Mi madre únicamente se llevó la mano al rostro mientras negaba con la cabeza.
—¡Mira, mira lo alto que llegué! —exclamé con una amplia sonrisa al mirarla hacia abajo.
—¡Sí, campeón! —celebró ella para complacerme, pero enseguida continuó con preocupación—: Pero ya baja, Kael, no quiero que te lastimes.
—¡Ya voy! —respondí.
En la última rama, mi pie resbaló y caí. Los gritos no se hicieron esperar. Mi madre corrió desesperada hacia mí.
—Kael, ¿estás bien? —preguntó revisándome los brazos y piernas—. No tienes nada, mi amor, ya deja de llorar —me consoló suavemente, y al instante me tranquilicé.
—Ven, volvamos a casa —dijo tomándome de la mano.
—Sí —respondí secándome las lágrimas.
De vuelta en el apartamento, me dejó en la sala y dijo:
—Kael, espera aquí. Iré a la tienda de la esquina a comprar unos ingredientes para cocinar.
—Yo quiero ir contigo, mamá.
—Ven acá —susurró. Me abrazó con una fuerza y calidez que nunca antes había sentido, como si presintiera lo que iba a ocurrir. —Kael, nunca olvides que tu madre te ama mucho, mucho, muchísimo. Nunca lo olvides, aunque esté lejos, siempre lo haré. Ahora iré a la tienda, que no está distante, y tú me esperarás aquí, ¿de acuerdo? —concluyó con una dulce sonrisa.
—Sí, mamá. Yo también te amo muchísimo.
Me dio un beso en la frente y se marchó. Fue como si supiera que no iba a regresar.
Esperé, esperé y esperé. A lo lejos, el ulular de las sirenas comenzó a escucharse. El cielo se nubló de repente y soltó una lluvia voraz. Continué esperando en el silencio hasta que sonó un golpe en la puerta: toc, toc. Al abrir, me encontré con mi tía por parte de mi padre.
—Kael, ven conmigo —dijo intentando sujetarme de la mano, pero me zafé de un tirón.
—¿Dónde está mi madre? —pregunté con el corazón acelerado.
—Ella... no va a volver.
—¡Claro que volverá! ¡¿Tú qué sabes?! —grité enfurecido, aunque en el fondo de mi alma sabía la verdad, pero me negaba a aceptarla. «Si tan solo no hubiera salido... Si tan solo le hubiera insistido... Si tan solo la hubiera acompañado, nada de esto habría pasado».”
Una lágrima resbaló por mi mejilla. Las estrellas comenzaban a atenuarse con la primera luz del alba.
—¿Dónde habrás renacido, madre? ¿Aún te acordarás de mí? —murmuré para el viento.
El sol terminó de alzarse en el horizonte. Me puse de pie y regresé a la mansión, donde mis compañera rayana ya se encontraban afuera.
—Kael, pensé que seguías durmiendo —dijo Rayana al verme llegar.
—No, no es momento de descansar. Busca a Arianne y prepárense; iremos de expedición hacia la montaña en busca de polymorphias.
—De acuerdo, ya vuelvo.
Mientras esperaba a Rayana, me senté en los escalones de piedra observando el campamento. Los azurtus ya estaban activos organizando materiales, y poco después salieron Marcel y Kethra de sus viviendas.
—Ya estamos listas —anunciaron Rayana y Arianne aproximándose por detrás.
—Bien, partiremos a la montaña en breve —les dije. Luego caminamos hacia donde estaban Kethra y Marcel—. Buenos días.
—¡Buenos días! —respondió Kethra alegremente.
—Kethra, vendrás con nosotros en esta expedición. Trae tus apuntes para ir registrando la fauna y la flora que encontremos.
—¡Entendido! Vuelvo enseguida —exclamó entusiasmada. Se notaba a leguas que estaba ansiosa por explorar.
—¿A dónde irán? —inquirió Marcel.
—A la montaña —respondí—. Marcel, quiero que estés muy atento al perímetro del bosque. Si ves acercarse a algún posible enemigo, no lo confrontes ni permitas que te descubra. Tu prioridad será avisarnos; pelea solo si es estrictamente necesario.
—Pero si puedo con lo que sea... Sería mejor darle una paliza y luego informar —renegó Marcel cruzándose de brazos.
—Evita pelear. No podemos permitir que te agotes antes de enfrentar al verdadero líder.
—Ah... Ya veo, tiene sentido. Entendido.
En ese momento reapareció Kethra con sus útiles:
—¡Lista!
—¡Oigan! ¡Vamos de expedición, volveremos tarde! —les grité a los azurtus para avisarles.
—¡Esperen! —gritó Helga corriendo apresurada hacia nosotros mientras cargaba algo entre sus manos—. Toma, Kael, esto es para ti; y esto es para ti, Arianne —dijo entregándonos a cada uno una espada envainada.
—¿Qué son? pregunte
—Son espadas mágicas.
——¿Espada mágica? —murmuré atónito.
—Así las llamábamos en nuestro planeta. Creé espadas del estilo que usa Arianne, pero les añadí conductores capaces de canalizar, condensar y lanzar el viento.
—Increíble... ¿Cómo se activa eso?
—Desenvaina.
Al sacar la hoja, revelé una katana de filoso acero con tonos azules; era sencillamente hermosa.
—¿Ves este símbolo en la hoja? —preguntó Helga.
—Sí.
—Es el conductor. Puedes vincularlo con tu propia esencia. Déjame mostrarte.
Helga se hizo un pequeño corte en el pulgar y presionó la sangre sobre el grabado de la espada.
—Ahora di las palabras que la activarán.
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Editado: 01.09.2026