Momentos después de que Vorgaz partiera hacia Kaeria al frente de sus dieciocho soldados, los hilos del destino parecían alinearse en la dirección que el propio universo demandaba.
«—¿Por qué haces esto? Esto no fue lo que te enseñé —resonó una voz en la mente de Izamo.
—¡Sal de mi cabeza, madre! Todo esto es para sobrevivir. ¿Crees que quiero hacer esto? —respondió el azurtu en un murmullo desesperado, llevándose las manos a la cabeza mientras caminaba de un extremo a otro en su pequeña habitación.
—Solo pones excusas patéticas.
—¡Tú no lo entiendes! No sabes lo malvado y poderoso que es Vorgaz. Si no obedezco, no solo me matará, sino que me torturará lentamente hasta que muera.
—Yo no veo a ningún Vorgaz por aquí. ¿Dónde está?
—Se marchó a acabar con unos enemigos.
Repitió la voz —no veo a ningún Vorgaz.
—Ya veo a qué quieres llegar... Puedo escapar. Eso es lo que quieres que haga, ¿verdad?
—¿Y vas a abandonar a esas criaturas que están encerradas por tu culpa?
—No tenía otra opción. Además, no tengo las llaves de la celda ni de los collares mágicos. Debería huir ahora que puedo.
—Eres mi hijo. Eres perfectamente capaz de romper una celda y neutralizar los collares que tú mismo creaste.
—Sí... Sí puedo, sí puedo. Lo haré. ¡Claro que lo haré! Ya verás, madre».
Izamo abrió la puerta de su choza y salió al exterior. El campamento enemigo lucía despejado tras la partida del grupo principal. El azurtus caminó con cautela hacia el área de las jaulas y murmuró al acercarse a los barrotes:
—Oigan... ustedes. Si los libero, ¿prometen que no me matarán y me ayudarán a escapar de este maldito lugar?
—Por supuesto. Podemos escapar juntos y tener una gran vida lejos de Vorgaz —murmuró Drako con voz pausada desde la penumbra.
—¿De verdad? —dijo Izamo, aliviando la tensión de su rostro.
—Yo te rompería el cuello en el mismo segundo en que abras esa puerta —gruñó un reptil humanoide de piel escamosa verde y larga cola.
Sin perder un segundo, Drako le tapó la boca con violencia al reptil.
—Cállate —le ordenó en un susurro, antes de volverse hacia el azurtus—. Izamo, escúchame. Yo te protegeré. Sácanos de aquí y te prometo inmunidad de por vida.
—Pero... ellos querrán matarme —respondió el artesano, señalando al reptil.
—Soy Drako, el segundo más fuerte de esta legión. Nadie te tocará un solo pelo.
—¡Oye! ¿Qué demonios haces ahí? ¡Regresa a tu área de trabajo! —ordenó una polymorphia arácnida que patrullaba la zona.
Izamo agachó la cabeza y se apresuró a regresar a su taller.
—Izamo no lleva un collar mágico, pero también es un esclavo —murmuró la joven con rasgos de flor desde la jaula. Su piel parecía corteza de árbol de un tono blanco rosado, suave como la de un humano; su cabello estaba formado por pétalos de rosa y vestía un atuendo que simulaba una flor amarilla. A pesar del encierro, conservaba una belleza deslumbrante.
—Es por culpa de los malditos collares que él diseñó que estamos encadenados —dijo el humano del grupo.
—No. Son esclavos porque fueron débiles y los capturaron —sentenció Drako.
—Fuiste tú quien nos cazó, infeliz. Deberíamos matarte a ti primero —espetó el reptil.
—Inténtalo, debilucho —desafió el jabalí kirian.
—¡Basta ya! —interrumpió la mujer flor.
En la seguridad de su taller, el azortu volvió a colapsar.
—Madre, no puedo... Me van a matar.
—¿Por qué eres tan cobarde, hijo mío?
—¡Porque soy débil! ¡Porque no me diste un cuerpo fuerte para luchar!
—No eres débil, eres cobarde. No te di fuerza bruta, pero te otorgué una inteligencia prodigiosa. Con ella puedes ser tan poderoso como desees.
—Pero tengo miedo... No quiero volver a morir.
—No morirás, pero necesitas aliados.
—Drako será mi amigo...
—Entonces libéralo.
—¿Por qué querría ser mi amigo? Ni siquiera en Azor tenía compañeros. Todos se burlaban de mí porque decían que estaba loco y era un miedoso. ¿Por qué él sería diferente?
—La única razón por la que no has tenido amigos es por tu propia indecisión. Tienes una segunda vida, Izamo. No la desperdicies. Supera el miedo.
—Sí... Tienes razón. ¡Al diablo con el miedo! Los liberaré. Yo puedo, si puedo, voy hacerlo.
Izamo se dirigió a la forja y comenzó a trabajar el metal con destreza. Minutos después, un guardia arácnido asomó la cabeza.
—¿Qué estás haciendo?
—Fabrico más collares de repuesto para nuestro señor Vorgaz —respondió Izamo con voz firme y absoluta serenidad. El cambio en su actitud fue tan drástico que la polymorphia no sospechó nada y se retiró.
Veinte minutos más tarde, el azurtus sostenía en sus manos la llave maestra capaz de abrir tanto las jaulas como los sellos mágicos de los collares. Escabulléndose entre las sombras, esperó a que la guardia se distrajera para regresar a la celda.
—Drako... si te libero, ¿prometes sobre tu honor que me protegerás?
—Te lo prometo. Nada te pasará. Libéranos de una vez.
Izamo insertó la llave en la cerradura y, en un rápido movimiento, retiró el collar de Drako.
—¡Maldito traidor! ¿Qué haces? —gritó la polymorphia arácnida al percatarse.
Avanzando a toda prisa sobre sus ocho patas, la criatura se lanzó contra Izamo, pero fue demasiado tarde. Libre del sello, Drako intervino en una fracción de segundo, interceptando el brazo del guardia en el aire.
—Drako... amigo... No tienes por qué hacer esto. Únete a nosotros de nuevo —suplicó la polymorphia, temblando ante la imponente aura del kirian.
El otro guardia arácnido detectó la traición y cargó a toda velocidad.
—Voy a matarte —dijo Drako con frialdad absoluta.
—¡Muere! —gritó el guardia mientras creaba una lanza de seda.
Antes de que pudiera completar su ataque, la cabeza del arácnido salió volando por los aires. Drako reaccionó con tal velocidad que su adversario ni siquiera procesó su propia muerte; un solo tajo de su mano derecha impregnado de viento cercenó el cuello de la criatura.
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Editado: 01.09.2026