El barro del camino vibraba con la llegada de las dieciocho criaturas enemigas. Formaron un semicírculo perfecto en el centro de Kaeria mientras la lluvia caía en una cortina densa y helada.
—Mi señor Vorgaz, esperamos sus órdenes —dijo la kirian reptiliana desde la vanguardia, observando a nuestro grupo apostado en el tejado.
Vorgaz observó a su teniente, alzó una mano y la bajó de golpe a modo de señal. La reptiliana asintió de inmediato.
—¡Formación de asedio! —ordenó señalando las estructuras.
Las polymorphias centáuridas y arácnidas saltaron en escuadrones divididos: unas se apostaron en el techo del frente, otras en el tejado de la mansión, algunas más en las viviendas adyacentes y un grupo de choque permaneció abajo en el camino.
—Tú, humano... has demostrado ser fuerte —dijo Vorgaz alzando la mano y señalándome con un dedo de uñas puntiagudas—. Te daré una oportunidad para conservar la vida: únete al ejército que estoy forjando y te perdonaré.
—No, gracias —respondí desenvainando mi espada con firmeza—. Puedes volver al infierno del que saliste.
—¡Maten a todos! —ordenó Vorgaz mientras ascendía de un salto al tejado superior de la mansión. Los dos tenientes kirian lo siguieron, impulsándose entre las vigas hasta quedar a su lado.
Al instante, los cuatro escuadrones enemigos comenzaron a condensar proyectiles de agua, seda, viento y barro. Reaccioné al segundo: canalicé la lluvia torrencial para erigir una barrera circular de agua a nuestro alrededor, y Arianne la congeló de inmediato para transformarla en una cúpula de hielo sólido.
Los proyectiles chocaron contra la estructura una y otra vez. Los impactos fracturaban el hielo, obligándonos a reforzar la superficie a marcha forzada. La zona de mayor presión colapsó al poco tiempo, abriendo un boquete enorme por el que se filtraba el ataque. Rayana proyectó de inmediato un mural de agua para cubrir la brecha y Arianne la congeló de nuevo, pero un proyectil de seda logró colarse en el último milisegundo, atravesando el abdomen de Marcel de lado a lado.
La sangre verde comenzó a manar en abundancia alrededor de la lanza incrustada.
—¡Déjame ver! —exclamó Arianne, apartando con cuidado la mano con la que Marcel intentaba presionar la herida.
—Estoy... bien —murmuró él, apretando los dientes para ahogar un gemido de agonía.
Arianne sujetó la estaca de seda y la extrajo de un solo tirón. El quejido ahogado de Marcel resonó dentro de la cúpula, opacando por un instante el retumbo exterior de las detonaciones.
Mientras sostenía la barrera inyectando mi propia energía a través de las palmas, los miré de reojo.
—¿Cómo está?
—Estará bien —respondió Arianne, posando su mano derecha sobre el abdomen del muchacho. Utilizó su habilidad médica para fusionar la propia carne—. No te exijas más de la cuenta; sigues delicado —le advirtió al ver que intentaba ponerse de pie.
Entre los relámpagos de la tormenta, el estruendo constante de las detonaciones y la penumbra de la tormenta, continuamos resistiendo el asedio implacable de los cuatro escuadrones.
—Tenemos que salir de aquí —dije con un matiz de desesperación al ver los bloques de hielo caer a pedazos—. La cúpula no aguantará mucho más.
Los enemigos no cedían. Proyectaban ráfagas a una velocidad aberrante.
—Escuchen: voy a abrir una fisura en el sector norte, donde la presión es menor —les indiqué—. Salgan por ahí.
—¡No te dejaremos solo, Kael! —protestó Rayana, jadeando por el esfuerzo mágico.
—¡No quiero que me dejen solo! —rebatí girándome hacia ella—. ¡Quiero que salgan y destrocen a esos infelices!
Antes de que pudiera deshacer la estructura, los impactos en el frente principal disminuyeron drásticamente. Varias ráfagas de viento cortante atravesaron la lluvia, impactando de lleno contra los escuadrones enemigos. Pedazos de tejas y mampostería salieron disparados por los aires.
—¡Vorgaz! —resonó un rugido imponente. Un relámpago lejano iluminó la escena.
Emergiendo entre una bruma de vapor y lluvia, un grupo desencajado avanzaba por el camino. Al frente caminaba Drako, lanzando cuchillas de viento con la mirada encendida en odio puro hacia su antiguo amo. A sus espaldas venían la chica flor, el reptil verde y los seis prisioneros restantes. Detrás de todos, temblando pero empuñando un martillo rúnico con ambas manos, marchaba Izamo.
La irrupción del nuevo grupo descolocó por completo a las tropas enemigas, forzándolas a interrumpir su ataque hacia nosotros.
No desaprovechamos el descuido. Arianne licuó la barrera en un segundo y yo transformé esa masa de agua en una lluvia de lanzas afiladas. Marcel y Rayana sumaron sus propias técnicas, proyectando una descarga combinada contra los tres escuadrones apostados en los tejados.
Entre la embestida de Drako y nuestra contraofensiva, la mayoría de los soldados cayeron acribillados. Solo nueve sobrevivieron, saltando a tiempo para reubicarse. Los tejados quedaron cubiertos por los cadáveres de las polymorphias atravesadas por proyectiles de hielo y viento; la sangre oscura se escurría por las tejas, mezclándose con la lluvia.
Drako alzó los brazos y señaló con sus dedos con pezuñas hacia la cima de la torre de la mansión, donde Vorgaz y sus tenientes observaban el desarrollo del combate.
—¡Vorgaz! ¡Baja y pelea! —desafió el kirian desde el suelo.
Vorgaz apretó la mandíbula con rabia.
—Maten a todos —les ordenó a sus tenientes.
Acto seguido, se dejó caer hacia el balcón e hizo un segundo salto directo al camino principal, quedando frente a los prisioneros liberados.
—¡Maldito demonio, me las pagaras! —gritó el reptil humanoide, lanzándole un puñetazo impregnado de energía.
Vorgaz esquivó el golpe con un giro fluido hacia la izquierda. Con un movimiento rápido, endureció sus uñas, transformando su mano en una púa orgánica que atravesó el pecho del reptil hasta salir por su espalda.
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Editado: 01.09.2026