Xylaris: El nacimiento de un mundo.

Capítulo 15: Expansión de la conciencia

La lluvia continuaba cayendo sin cesar. El jadeo tras la primera ráfaga de golpes comenzaba a disminuir, pero la siguiente embestida no se hizo esperar.

Vorgaz y yo arremetimos a corta distancia en un intercambio encarnizado de puños, patadas y estocadas. El agua salpicaba con violencia en cada bloqueo mientras el aire se llenaba de púas, lanzas y espadas elementales. Vorgaz mantenía una clara ventaja: por cada golpe que yo lograba conectar, él respondía con dos.

Tras desviar con la espada un zarpazo de barro que venía por mi derecha, esquivé un puñetazo ladeando la cabeza. Con el puño izquierdo imbuido en agua a alta presión, conecté un impacto directo en el abdomen del demonio. El golpe fue brutal; Vorgaz escupió sangre oscura y salió disparado a gran velocidad hacia el cauce desbordado del río.

Lejos de detenerse, Vorgaz dividió la corriente en dos y emergió de un salto. Una masa enorme de agua se desprendió del cauce, girando como un tornado furioso mientras la proyectaba en mi dirección. Salté hacia un lado para esquivarla, pero una segunda masa ya estaba encima de mí. El impacto era inevitable. Me cubrí el rostro con los antebrazos justo antes del impacto del remolino de agua la fuerza era inmensa que me hizo rodar en mis propios pies treinta metros ante de que el remolino colapsara. Sosteniéndome a duras penas. Las heridas eran cuantiosas: la sangre me brotaba de la boca, la piel de los antebrazos estaba lacerada y la ropa desgarrada.

Vorgaz avanzó de nuevo hacia mí, pero un destello repentino cortó el cielo. Un rayo impactó de lleno sobre el demonio con un retumbo ensordecedor. En el cráter adyacente, Drako permanecía de pie con una mano alzada hacia el firmamento. Estaba gravemente herido, y exhausto, pero había sobrevivido.

Un segundo rayo descendió, obligando a Vorgaz a esquivar de un salto lateral mientras el agua de su cuerpo se evaporaba al contacto con el calor residual. El demonio jadeaba, mostrando por primera vez heridas de consideración.

En los tejados de Kaeria, Arianne y el teniente arácnido continuaban su duelo a muerte entre desvíos y bloqueos constantes. Ambos estaban cubiertos de cortes. Arianne alzó sus espadas para bloquear un ataque descendente del kirian y bajó las hojas tratando de rebanarlo verticalmente; el arácnido saltó hacia atrás justo a tiempo, llevándose un rasguño superficial en el pecho.

En ese instante, los relámpagos volvieron a tronar en la zona de entrenamiento.

«¿Qué estará sucediendo allí?», pensó Arianne entre jadeos al ver los destellos que marcaban la batalla de Kael.

—¡No te distraigas! —gritó el kirian, apareciendo a su lado con un tajo vertical.

Arianne desvió el ataque a tiempo, pero no detectó la segunda espada que se dirigía en estocada frontal hacia su pecho. Al intentar esquivar, la hoja no perforó su corazón, pero se incrustó profundamente en su hombro izquierdo. Aguantando el dolor, Arianne bajó la espada en diagonal intentando decapitar al arácnido, pero este extrajo la hoja con rapidez y saltó hacia atrás para tomar distancia.

Arianne sangraba abundantemente del hombro. Se obligó a mover el brazo para comprobar su movilidad y, utilizando su habilidad de trasmutar, selló la herida superficialmente. Fue entonces cuando comprendió cómo ganar el combate. Envainó la espada de la mano izquierda, quedándose únicamente con la derecha.

El kirian se lanzó al ataque de nuevo. Arianne proyectó una rafaga brisa cortante que el enemigo bloqueó con ambas hojas, desviando el tajo. Sin embargo, en un parpadeo, el teniente quedó completamente ciego: una densa cortina de vapor cubrió el tejado. Su capacidad para percibir el aura quedó anulada por la perturbación energética del ambiente.

Arianne había cambiado el estado del agua que caía a vapor espeso. Aunque ambos estaban a oscuras, la habilidad de Dominio Sombrío le daba a Arianne la ubicación exacta del enemigo.

De un salto, se arrojó contra el kirian lanzando un tajo diagonal. La hoja conectó en la espalda del arácnido; aunque no fue un golpe letal, la herida fue lo suficientemente profunda como para hacerlo entrar en pánico.

—¡Tengo que salir de aquí! —murmuró el teniente echando a correr a ciegas por el tejado.

Justo al cruzar el límite de la niebla, una daga le atravesó el abdomen desde atrás. Arianne había arrojado su última arma corta mientras él huía. Ignorando el dolor, el kirian saltó del tejado hacia el camino principal.

En el centro de la villa, el enfrentamiento contra las polymorphias llegaba a su fin. Marcel, cediendo al dolor de su herida pero empujado por la adrenalina, coordinó un último embate junto a la prisionera flor. La mujer flanqueó al último centauro, quien disparaba flechas de agua sin ceder mientras ella esquivaba cada proyectil.

Aprovechando la distracción, Marcel concentró la energía que le quedaba en una lanza masiva de viento y la disparó contra la criatura. El impacto fue tan brutal que abrió una zanja en el camino principal, pulverizando al enemigo al instante.

El silencio cayó sobre el camino, interrumpido solo por los jadeos de los supervivientes. Marcel cayó de rodillas, exhausto. De los ocho prisioneros que iniciaron la revuelta, solo cinco permanecían en pie: las dos chicas flor, la arácnida, un humano y un reptil. Debajo del mostrador de la forja, Izamo emergió temblando, incapaz de sostener el martillo rúnico tras haber presenciado la carnicería.

El kirian arácnido cayó torpemente en el camino tras saltar del tejado, resbalando en el barro. Los prisioneros tomaron posiciones lentamente y Marcel intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. El teniente se arrancó la daga de la espalda, expulsó seda por los dedos y formó diez proyectiles a sus costados.

En ese momento, Arianne saltó desde el tejado. El kirian disparó la descarga de diez estacas hacia ella en pleno vuelo. Desenvainando la espada con la mano izquierda, Arianne repelió la mayoría de los proyectiles, pero uno se incrustó en su muslo izquierdo, haciéndola caer desequilibrada y rodar por el barro. Se extrajo de inmediato la estaca con un quejido de dolor y volvió a ponerse en guardia.




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