“Ya he ido y he venido un millón de veces.
Por los caminos de la vida.
Y por los caminos de la muerte —al menos en mi imaginación”.
Escribí esas palabras hace años, convencido de que estaba empezando algo importante. Hoy las releo y me doy cuenta de que no sabía casi nada.
La vida siguió.
Sin pedir permiso. Sin esperar a que yo entendiera nada.
Y aquí estoy otra vez.
Con el mismo cuerpo —un poco más desgastado— y con la misma conciencia —un poco menos ingenua—.
No recuerdo el momento exacto en que apareció el “yo”.
Debió ocurrir entre los tres y los cinco años. Un día cualquiera. Sin ceremonia.
De pronto no era solo experiencia. Era alguien experimentando.
Y desde entonces cargo con esa sensación extraña: estar dentro de un cuerpo, mirando hacia afuera, preguntándome qué demonios es todo esto.
La mayoría de las personas se preguntan:
¿Quién soy yo?
Y responden con eficacia.
Un nombre o una mujer. Una historia. Una nacionalidad.
Un conjunto de recuerdos más o menos ordenados.
Pero esa respuesta siempre me pareció sospechosamente cómoda.
Porque “quién” es un personaje.
Una biografía coherente hacia atrás. Un relato que da estabilidad.
La pregunta incómoda es otra.
¿Qué soy yo?
No quién interpreta el papel. Sino qué está ocurriendo realmente aquí.
¿Soy este cuerpo que envejece sin consultarme?
¿Soy la voz que piensa mientras lees estas líneas?
¿Soy los recuerdos que se reescriben cada vez que los cuento?
¿Soy la sensación íntima de estar vivo?
Yo: Siempre me he preguntado quién soy. Nunca me había detenido en el qué.
Yo Profundo: Porque el “quién” tranquiliza. El “qué” no tanto.
Yo: ¿Por qué?
Yo Profundo: Porque el “quién” tiene contornos. El “qué” no encaja fácilmente en una definición.
Yo: Entonces, ¿qué soy?
Yo Profundo: Un fenómeno temporal con autoconsciencia. Materia organizada que, por razones todavía discutibles, puede preguntarse por sí misma.
Yo: Eso suena poco épico.
Yo Profundo: Lo es. Y al mismo tiempo es extraordinario. Durante años defendiste el “quién”. Lo puliste. Lo comparaste. Lo protegiste. Pero rara vez miraste el “qué”.
Yo: ¿Y si no hay una respuesta definitiva?
Yo Profundo: Entonces tendrás que aprender a vivir sin cerrarla. Porque desde el momento en que aparece la autoconsciencia, algo cambia para siempre.
Sabes que existes. Sabes que un día dejarás de existir. Y entre ambos puntos construyes una historia para soportarlo. Ese es el verdadero inicio. No el nacimiento biológico. Sino el instante en que la conciencia se reconoce… y empieza a defender algo. Algunos lo ignoran. Otros lo llenan de rutina. Otros lo cubren de entretenimiento. Y unos pocos, de vez en cuando, sienten vértigo.
No por lo que les falta. Sino por lo que sobra. Si alguna vez has sentido esa grieta —aunque haya sido un segundo— sabes de qué hablo.
Y si no la has sentido todavía, no te preocupes. La vida tiene una forma muy eficaz de provocarla.
¿Y ahora qué?
#1752 en Otros
#26 en No ficción
exploración sobre el yo, lo que queda cuando todo se alcanza, ilusiones en la vida
Editado: 07.03.2026