¿y ahora qué?

El cuerpo y la mente

Tengo un cuerpo.

No lo elegí. No lo diseñé. No lo consulté antes de habitarlo.

Respira sin pedirme permiso. Envejece sin avisar. Siente hambre, deseo, dolor y cansancio, aunque yo tenga planes más importantes.

También tengo una mente.

No respira, pero no se calla. Recuerda lo que preferiría olvidar. Imagina escenarios que nunca ocurren. Convierte pequeñas molestias en amenazas. Y, a veces, convierte logros en vacío.

Entre ambos aparece algo que llamo “yo”.

Pero si observo con cuidado, el cuerpo y la mente no siempre están de acuerdo.

El cuerpo quiere descansar. La mente quiere demostrar algo.

El cuerpo siente miedo. La mente lo justifica.

El cuerpo se desgasta. La mente insiste en que aún hay tiempo.

Yo: A veces siento que mi cuerpo y mi mente están en conflicto.

Yo Profundo: No están en conflicto. Están cumpliendo funciones distintas.

Yo: No lo parece.

Yo Profundo: El cuerpo vive en el presente. La mente vive en el pasado y en el futuro. El cuerpo siente. La mente interpreta. El cuerpo duele. La mente dramatiza… o minimiza.

Yo: Entonces, ¿cuál de los dos soy yo?

Yo Profundo: Esa es la pregunta equivocada.

Yo: ¿Por qué?

Yo Profundo: Porque ya estás defendiendo algo.

Yo: ¿Defendiendo qué?

Yo Profundo: La idea de que hay un centro estable que debe mantenerse intacto. La mente construye una narrativa coherente. El cuerpo proporciona sensaciones que esa narrativa necesita. Y entre ambos se sostiene una identidad.

Yo: Pero yo decido.

Yo Profundo: A veces. Otras veces reaccionas. Observa con honestidad: gran parte de lo que llamas “decisión” es respuesta automática a estímulos, recuerdos y expectativas. El cuerpo reacciona. La mente explica. Y el “yo” se apropia del resultado.

Yo: Eso suena inquietante.

Yo Profundo: Lo es. Pero también es ordinario. Desde este cuerpo y esta mente has construido valores, metas, deseos, creencias.

Has querido estudiar, viajar, amar, competir, ganar, pertenecer, destacar. Nada de eso es extraño. Lo extraño es no ver cómo todo eso gira alrededor de una sensación central: Mantener intacta la imagen de quien crees ser.

El cuerpo es el escenario. La mente es el guionista. Y el “yo” es el personaje principal.

Yo: ¿Y si no soy el personaje?

Yo Profundo: Entonces el conflicto cambia de sentido. No se trata de equilibrar cuerpo y mente. Se trata de observar cómo ambos sostienen la historia.

El cuerpo envejece. La mente cambia de opinión. Las creencias se transforman. Pero la sensación de “yo” intenta permanecer. Y ahí empieza la tensión. Porque nada en el cuerpo es permanente. Nada en la mente es fijo.

Y aun así defendemos una continuidad.

Yo: Entonces, ¿qué hago con esta dualidad?

Yo Profundo: Primero verla. Sin intentar resolverla.
Sin intentar armonizarla. Ver que el cuerpo y la mente no son el problema. El problema es la identificación automática con lo que producen. El cuerpo siente. La mente piensa. Eso ocurre. La defensa del “yo” es lo que añade peso.

Y cuando esa defensa se debilita, algo se afloja. No desaparecen el cuerpo ni la mente. Desaparece la necesidad constante de proteger una imagen.

Y en ese espacio, aunque sea por un instante, aparece algo más simple. Presencia. Pero todavía no te adelantes. Aún estás aprendiendo a mirar.

¿Y ahora qué?




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