Ciudad de México, 2026
El problema con tener un sueño era que, tarde otemprano, alguien terminaba preguntándote quépensabas hacer con él.
Y yo no tenía una respuesta.
Tenía veinte años, una habitación llena defotografías de The Beatles, una colección de discos que mi madre consideraba innecesariamente grande y una playlist de casi nueve horas que podía llevarme desde Love MeDo hasta Let It Be sin repetir una sola canción.
También tenía una costumbre bastante ridícula.
Cada noche, antes de dormir, me ponía los audífonos, cerraba los ojos y fingía que estabaen Londres.
No en el Londres de los turistas.
No en el Londres de los autobuses rojos y el Big Ben.
En el Londres de 1964.
En el Londres donde cuatro muchachos deLiverpool podían salir de un edificio y provocarque cientos de chicas gritaran sus nombres.
En el Londres donde John Lennon todavía tenía veintitrés años.
Donde George aún parecía demasiado joven paraque el mundo pudiera imaginar todo lo que iba a conseguir.
Donde Paul sonreía como si nada pudiera salir mal.
Y donde Ringo acababa de convertirse en elbaterista de la banda más famosa del planeta.
Yo sabía perfectamente que era absurdo.
También sabía que había nacido sesenta y dosaños demasiado tarde.
—Deja de mirar esa foto — dijo mi madre desde la puerta.
Levanté la cabeza.
Tenía en las manos una taza de café y esa expresión que significaba que llevaba variosminutos observándome sin que yo me diera cuenta.
—¿Cuál?
—La de John.
Miré la pared.
Había una fotografía en blanco y negro de John Lennon apoyado contra una pared, con aquellaexpresión entre aburrida y divertida que siempre parecía tener.
—No estaba mirando la foto.
—Llevas cinco minutos mirándola.
—Estaba pensando.
—Eso me preocupa más.
Sonreí.
—Buenos días, mamá.
—Buenos días. Y baja a desayunar antes de quellegues tarde otra vez.
—No voy a llegar tarde.
Mi madre levantó una ceja.
—Ayer dijiste exactamente lo mismo.
—Pero ayer era diferente.
—¿Por qué?
Pensé unos segundos.
—Porque ayer no era hoy.
Ella me miró.
—A veces no sé si eres muy inteligente o estás muy tonta.
—Las dos cosas pueden coexistir.
Se fue negando con la cabeza.
Yo sonreí.
Después volví a mirar la fotografía.
—Buenos días, John.
Ridículo
Lo sabía.
Pero lo hacía todos los días.
El problema comenzó a las 10:17 de la mañana.
A esa hora estaba sentada en el salón de clasesintentando no dormirme mientras el profesorexplicaba el proyecto final del semestre.
No estaba prestando demasiada atención.
En realidad, estaba escribiendo una canción enla última página de mi cuaderno.
No era buena.
Todavía.
Pero algún día quería que lo fuera.Había escrito cuatro versos cuando micompañera de al lado me dio un pequeño golpe con el codo.
—Te está viendo.
Levanté la mirada.
El profesor estaba frente a mí Con los brazos cruzados.
—¿Algo interesante, señorita?
Miré mi cuaderno.
Luego a él.
—No
—Entonces quizá quiera compartir con todos nosotros qué es tan importante
Cerré el cuaderno.
—Nada
—Perfecto. Entonces puede explicarnos qué acabo de decir
Silencio.
Miré la pantalla.
No tenía la menor idea.
—Que...
Mis ojos recorrieron rápidamente la presentación.
—Que la memoria histórica...
Pausa.
—...es importante.
El profesor me miró durante unos segundos.
—¿Y?
—no debemos olvidar el pasado.
Algunas personas rieron.
El profesor no.
—Exactamente.Que conveniente
Sentí como ardían mis mejillas
—Lo siento.
—No necesito disculpas. Necesito estudiantesque estén presentes en clase.
AsentíIntenté guardar el cuaderno.
Entonces ocurrió.
Mi teléfono vibró dentro de mi bolsillo.
Una notificación.
Después otra.
Y otra.
Lo saqué por debajo de la mesa
Beatles Archive: nueva publicación.
Mis ojos se iluminaron automáticamente.
Una fotografía inédita.
John.
En 1964.
No pude evitar abrirla.
Error.
Un enorme error.
Porque el profesor vio el teléfono.
—Entréguemelo