Más tarde llegamos a su apartamento.
Todo estaba silencioso, la ciudad parecía lejana.
Y por primera vez en mucho tiempo no tenía ganas de irme a ningún sitio.
Nos sentamos en el sofá.
Hablamos, reímos y recordamos momentos absurdos de los últimos meses.
En algún momento terminé recostada contra su hombro.
—¿Sabes qué es lo mejor de nosotros? —preguntó.
—¿Qué somos increíblemente atractivos?
—Aparte de eso.
—Difícil competir con semejante argumento.
Max negó con la cabeza divertido.
—Lo mejor es que contigo nunca tengo que fingir.
Aquellas palabras me hicieron guardar silencio.
Porque entendía exactamente a qué se refería.
Yo tampoco fingía con él.
No intentaba parecer más fuerte, simplemente era yo.
Max levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello de mi rostro.
Su mirada permaneció fija en la mía, como si estuviera memorizándome.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido.
—¿Qué pasa? —susurré.
—Nada.
—Mientes fatal.
—Lo sé.
Sonrió.
Luego apoyó la frente contra la mía.
Y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
No hacía falta.
Porque algunas emociones son demasiado grandes para las palabras.
Y aquella noche, mientras permanecíamos abrazados compartiendo silencios cómodos y promesas que no necesitaban pronunciarse en voz alta, tuve la certeza de que estaba exactamente donde quería estar.
Por primera vez en mucho tiempo no pensé en lo que había perdido.
Pensé en todo lo que había encontrado.
Y me dormí con una sonrisa.
Porque el futuro ya no parecía algo aterrador.
Parecía un lugar al que quería llegar junto a él.