Max
Hay momentos en la vida que dividen todo en dos partes.
Un antes.
Y un después.
Durante mucho tiempo pensé que ya había vivido el peor día de mi vida, pensé que nada podría compararse con aquella llamada años atrás, cuando me dijeron que la mujer que había amado había muerto en un accidente.
Durante mucho tiempo cargué con la culpa de aquel día, con la rabia, con el dolor y con todos los recuerdos que vinieron después.
Pero estaba equivocado.
Porque ninguno de esos recuerdos se parecía a lo que sentí cuando vi a Emma caer.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Un segundo estaba leyendo un mensaje suyo y sonriendo como un idiota porque había vuelto a preocuparse por si había almorzado, y al siguiente estaba corriendo bajo la lluvia mientras la veía inmóvil sobre el pavimento.
—¡Emma!
No recuerdo haber gritado tan fuerte en mi vida.
La gente se apartó cuando llegué hasta ella.
Había sangre.
Muy poca.
Pero suficiente para helar la mia.
—Emma, mírame.
Mis manos temblaban.
Odiaba que temblaran.
Era médico, había visto accidentes, emergencias, muertes.
Pero aquello era diferente.
Porque era ella.
—Emma, abre los ojos.
Nada.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Los paramédicos llegaron apenas unos segundos después y comenzaron a trabajar, yo sabía exactamente lo que estaban haciendo.
Conocía cada procedimiento, cada palabra, cada movimiento.
Y aun así me sentía completamente inútil.
Porque esta vez no era un paciente.
Era Emma.