Y Raquel nunca volvió

3. Corazonada

— ¿Se puede saber qué haces aquí?

— Sí, sí, también es un gusto verte, hermana.

Aparté a Ellie de la puerta, entrando sin importarme sus protestas, no quería quedarme en casa, menos hoy siendo inicio de fin de semana, lo que significaba que mamá se iría a beber como camionero, hasta que perdiera la conciencia o todo el dinero en su billetera, lo que pasará primero. Me dirigí a la sala y me senté en uno de los muebles, mirando todo el caos que pasaba aquí: sostenes por aquí, bragas por allá y un sin fin de maquillaje por el suelo.

Meredith salió de una de sus habitaciones colocándose labial rojo en sus escasos labios, parecía como si se preparará para irse de fiesta o algo similar, quizás fuera a ir a ligar con mí hermana, así tendría el apartamento para mí sola por esta noche.

— ¿Qué hace ella aquí?

Mariana sostenía un par de tacones dorados, con su cabello rizado tras la oreja.

— Hola para tí también, Mariana.

— No deberías estar aquí — Meredith se cruzó de brazos mirándome preocupada —. Esta noche tendremos un...asunto importante, no es bueno que alguien tan joven como tú este aquí.

— Sí — apoyo Ellie desde la puerta —, no debes estar aquí, mamá se preocupará, debes irte, se está haciendo tarde, vete.

Bufé, queriendo fusionarme con el sofá, para que así no me hicieran ir. Odió estar sola. Nunca tuve amigas o algo similar, no porque fuera una friki inadaptada o algo similar, soy alguien muy sociable, pero las cosas empezaron a cambiar cuando me desarrolle: mí primera menstruación llegó cuando tenía 9 años, fue algo común y hasta cierto punto emocionante, lo primero que pensé fue "Oh, mierda, no debí comer tantas paletas de fresa" pues pensé que era esa la razón, luego llegaron los dolores que casi me tumban al suelo, al principio mamá estaba preocupada, ya que ella no se desarrolló hasta los 13, mientras que Ellie no tuvo su primera menstruación hasta los 16, pero parecía ser que era normal, que el periodo varía según cada mujer; recuerdo que al día siguiente lleve una toalla higiénica a la escuela, una de mis supuestas amigas se la colocó en la cara, como un antifaz, ese día perdió las cejas; al principio ellas se burlaron de el aumento en mis pechos, recuerdo que me golpeaban los senos, pero cuando empecé a recibir atención masculina no deseada la historia cambio.

Mágicamente todas querían tener pechos y al ser yo la que primero se desarrolló en mí clase llevaba una clara ventaja, ya tenía un busto notable pero aún pequeño, luego me creció el trasero y sin darme cuenta me estaban diciendo que a cual clínica había ido para que me operarán así. Mí vida no era perfecta, pero no pensaba en suicidarme, cosa que ya era algo importante.
Incluso actualmente todavía estoy sola: las chicas me odian y los chicos me acosan; luego empezaron los rumores, que me acostaba con todos, que era una facilona, etc. No me molestaba, al contrario, me daba gracia, según ellos yo tenía una vida bastante ajustada y alocada, cuando lo más loco que hacía era mezclar mate con jugo de papaya (no lo recomiendo, casi muero por esa intoxicación), al final no tuve más opción que andar como perrito faldero detrás de mí hermana y sus amigas, aceptó que he hecho cosas que no van de acuerdo a mí edad; ya he fumado Mary Jane (solo una vez y era con fines recreativos), ya he tomado y ya he dado besos de a cinco (no pregunten cómo, ni yo lo sé), entre otras cosas que no quiero recordar, menos contar.

Las miré a las tres: todas mirándome como si fuera una mierdecilla con patas.

— Y a todas cosas, ¿Qué hacen vestidas así? ¿Acaso van a seducir a casero para que no les cobre el mes?

Ellas se miraron entre si extrañadas.

— ¿Cómo sabes que esperamos al casero?

Me eche hacía atrás, mirandolas sorprendida.

— Espera, ¿Enserio planean hacer eso? ¡Debe ser un viejo de quinientos años!

— Tú di lo que quieras, Raquel, cuando seas mayor lo entenderás.

— Ese pibe es tan bueno que yo sí le doy, y no consejos.

— Además no planeamos seducirlo, solo una charla amigable y ya.

Hice un gesto de asco llevándome un dedo a la boca, Ellie se rió de mí chiste.

— Me calienta más que el sol en verano y no estoy jodiendo.

Las tres se miraron al espejo y empezaron a enumerar sus defectos.

— Mirá esas patas de pollo.

— ¿De qué te quejas tú? ¡Tengo nariz de mono!

— ¡Cállate, flaca! ¡No tengo pechos!

Yo sonreí y alcé mi busto con mis manos.

— Muerete de envidia, Ellie.

Ellas me miraron de arriba a abajo, como si analizarán un mensaje en ruso.

— Y es que sí, Raquel está muy desarrollada para su edad — comentó Meredith decepcionada.

— Yo a su edad todavía me tragaba los mocos, mientras está piba ya tiene senos y trasero, que envidia, ¿Por qué la pubertad fue tan jodida conmigo?

— Pobre Ellie, que su hermanita de 14 tenga mejor cuerpo que ella debe doler.

La mirada de Ellie se oscureció, sus amigas rieron.

— Y eso que tiene 22, mirá sus pechos.

Quise decir algo, algo que evitará que está noche tuviera que dormir con un ojo abierto por temor a que Ellie me matará mientras dormía, pero el sonido de la puerta captó mí atención, la de todas.

— ¡Debe ser él!

Como si de una promoción de ropa se tratara, las tres corrieron, limpiando a la vez, empujandose, todo por ver quién abría la estúpida puerta, al final yo fui y las empujé abriendola yo misma.

— ¿Gerardo? ¡Digo! ¿Gerald?

Él parecía estar igual o más sorprendido que yo, en esta ocasión llevaba una ropa muchísimo más casual, sólo unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca, todo lo contrario costosísimo traje negro que había llevado la vez anterior.

— ¡Oh, Raquel! Hola, no sabía que eras una de mis inquilinas.

— ¿Excuseme? ¿Inquilinas?

— Sí, yo soy el dueño de este apartamento, creí haberlo mencionado en la boutique.




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