PIERRE.
"En otra vida, quizás hubiéramos caminado por los coloridos prados del sur de Italia, quizás cumpliríamos otro de tus tantos sueños. Porque la muerte te subió a su carruaje de forma injusta, y nunca lograré entender porque no pudo esperar por mí."
La muerte suele llegar cuando no debe, y abraza a quienes no la merecen. Es egoísta, no le interesa romper corazones o las lágrimas que causen su abrazo. Te arrebata lo que más amas y solo te deja los recuerdos...que terminan doliendo más que su ausencia.
—Un doublé espresso y un pain au chocolat para llevar —la voz del empleado logra sacarme del pequeño trance.
Dejo el efectivo en el mesón, recibiendo el pedido. Es el mismo de ayer, el mismo de hace tres años, y probablemente el que pediré lo que me queda de vida.
—Gracias por venir —es lo último que escucho apenas abandono la cafetería.
El bullicio desaparece cuando la puerta se cierra. Afuera, la despedida del otoño ha pintado cada rincón de la ciudad, las hojas han caído de los árboles para adornar las calles. Camino. La plaza de Trocadéro es lo primero que abandono, recibiendo esa ruidosa bienvenida que solo el bullicio de los transeúntes, y los autos pueden dar.
Recuerdo borrosamente esa sonrisa que iluminaba su rostro cuando pisaba las hojas secas porque su música era "maravillosa". Ella sí que lo era.
En este atardecer de diciembre, París se sentía más frío por la ausencia de su sonrisa.
Una luz áurea, bañaba la fachada de los edificios de piedra caliza, transformando las ventanas en mundos de llamas anaranjadas. Mi camino de regreso a mi apartamento —casi trecientas zancadas— siempre ofrece el mismo espectáculo cuando se despide esta época del año. Lo aprecio, no por el romanticismo, sino por su consistencia cíclica. Es un recordatorio de que hasta, lo que parece ser un desastre, puede ser bellísimo.
Mi edificio, una estructura sobria, se alzaba ya en mi campo visual, y, como siempre, se aparecía justo cuando el vaso de café se sentía a la temperatura perfecta bajo mi piel.
Fue entonces cuando la vi.
Una figura femenina, con el cabello castaño danzando con el viento otoñal, se adueñó de toda mi atención. Bailaba descalza sobre la acera, girando con una gracia etérea frente a un pequeño parlante del que brotaba la melancólica canción "Matilda". Sus pies desnudos parecían besar el cemento frío, moviéndose con tierna ligereza.
Estaba rodeada de lienzos. Algunos apoyados en el suelo, otros en caballetes improvisados, formaban un desorden exquisito para la vista. Su postura era serena, como si habitara en una burbuja de cristal invisible, ajena por completo al bullicio callejero. Con una mano sostenía la paleta, con la otra el pincel trazaba círculos en el aire antes de posarse en el lienzo. No pintaba y luego bailaba, ni bailaba y luego pintaba. Las dos cosas eran una sola: cada giro era una pincelada, cada extensión del brazo un nuevo color que nacía.
Aunque vestía ropas desgastadas y manchadas de óleo, su expresión irradiaba una belleza que trascendía lo material. Quedé absorto observando cómo se entregaba a ese ritual, moviendo los pinceles con una delicadeza y precisión casi mágicas. Cada trazo, cada gesto, parecían entregar la llave de la esencia de su alma. Y, mientras el sol doraba su perfil con sus últimos rayos, me di cuenta de que estaba siendo testigo de algo especial, una escena que iba más allá de lo cotidiano y se convertía en pura poesía visual.
Me recuerda a alguien...
El pensamiento llegó como una ola suave pero implacable. Su imagen se coló en mi mente, agitando mis sentidos. En ese instante, comprendí la necesidad de tomar el control de la situación para evitar el error de relacionarla con la mujer que había sido mi compañera durante gran parte de mi vida. Era imperativo separar aquellos recuerdos del presente, mantenerlos en compartimentos distintos.
No. No es ella.
Sin embargo, mis ojos parecían resistirse a apartarse, hipnotizados por la armonía de su movimiento. Solo tras varios segundos logré entender que lo que me atraía no era simplemente su presencia, sino el baile perfecto entre su cuerpo y el arte, la manera en que la música guiaba sus manos y sus pies al mismo tiempo. Era la belleza de ese instante suspendido en el tiempo lo que realmente me cautivaba. En aquel momento, su entrega eclipsaba todo lo demás.
Y entonces, un deseo tan absurdo como urgente, nació en mi pecho.
Necesito poseer un fragmento de aquella magia.
No era algún lienzo lo que más llamaba a mi hambre, sino la esencia que lo habitaba. Un trozo de ese mundo onírico que nacía de sus manos. La idea de que aquel momento poético pudiera desaparecer entre la brisa de París me resultó de pronto insoportable. Y, como un niño caprichoso que quiere guardar el sol en un frasco, quise encerrar aquel instante en un marco.
Sin pensarlo, mis pies comenzaron a moverse, arrastrados por tal capricho.
Saqué la billetera del bolsillo mientras cruzaba la acera, esquivando a algunos transeúntes con torpeza, como si en el fondo temiera que ella desapareciera. Un sentimiento que crecía del solo imaginarla recoger sus cosas y esfumarse sin mirar atrás. No podía permitirlo. No sin llevar conmigo la prueba de que aquella belleza había existido, y yo la había visto.
Apenas me adentré en su espacio, fui consciente de todo. «Matilda, you talk of the pain like it's all alright...» flotó en el aire, llegando desde el epicentro de aquel caos armónico de lienzos y pinturas.
Tiene buenos gustos, pensé, mientras el viento otoñal traía una nueva nota: el olor acre y vivificante del óleo y el aguarrás, un aroma a creación pura que se enredaba con la melancolía de la canción.
A medida que la distancia se acortaba, me di cuenta de que también canturreaba. Su voz, un susurro delicado y afinado a la vez, se entremezclaba con la del cantante, creando una armonía íntima que parecía destilada solo para ella. La observé disimuladamente, captando cada nuevo detalle que antes la lejanía me negaba: la fina capa de polvo colorido que cubría sus antebrazos desnudos como un segundo rocío, la suavidad con la que sus pies descalzos acariciaban el cemento frío, las delicadas estrellas que decoraban sus mejillas...