¿y si dibujamos sobre las estrellas?

Capitulo II: La intrusión de la estrella

PIERRE.

Las 8:17 de la mañana se anunciaron con el sonido sordo y persistente de la lluvia golpeando los cristales. El ritmo monótono se fundía con la maraña de pensamientos que me abatía desde la noche.

Los miércoles eran míos. Un logro patético en un calendario marcado en su mayoría por este día. Sin juntas, sin plazos, sin excusas para salir a lidiar con las molestias del exterior. La rutina era lo exquisito del día: hervir el agua, medir la cantidad perfecta de las hojas del té, y dejar que libere su aroma mientras alineaba el libro elegido en el borde de la mesa. Un poemario sobre la belleza de las estrellas. Iba por el poema número 10, y ya todo me sonaba a romanticismo exagerado.

Levanté la taza. El vapor me empañó las gafas, cubriendo mi vista con la neblina cálida. Fue en ese pequeño instante de ceguera deliberada cuando la lluvia dejó de escucharse sola.

Era música. Su música.

Matilda.

De nuevo, pero ahora sin la inocencia con su alegría entremezclada, no, esta vez, las notas eran desgarradas por la estática de un parlante barato luchando contra la humedad. Salía de abajo, de la acera que escruté en la noche. Mi corazón golpeó mi pecho con fuerza.

Dejé la taza con un golpe seco que hizo sonar la porcelana. El libro se cerró solo. Imposible. Crucé el salón en tres zancadas, descorrí la puerta del balcón y el vendaval húmedo me azotó el rostro.

Y allí estaba.

En el mismo lugar. Como si las horas entre medianoche y esta mañana no hubieran existido. Con aquel vestido blanco desgastado, ahora transparente y pegado a su cuerpo por la lluvia torrencial. Descalza sobre la acera oscura, con el cabello castaño ondeando en mechados pesados sobre sus hombros. Solo había un caballete frente a ella, sosteniendo el único lienzo que poseía, con la lluvia golpeándolo sin piedad.

No se protegía. No buscaba algún refugio. Solo pintaba.

Movía el pincel con la misma inocencia infantil de ayer, mientras su boca formaba las palabras de la canción y sus pies giraban lentos en un charco, salpicando agua teñida de todos los colores de su paleta. Era un espectáculo de pura y obstinada locura.

A su alrededor, París seguía su curso bajo paraguas negros. Vi a una mujer arrastrar a su hijo lejos de ella, mirándola de reojo, como si temiera que estuviera enferma. Un hombre con traje se detuvo un segundo, sacudiendo su cabeza antes de apresurar el paso. Eran miradas rápidas, incómodas, de puro desconcierto. La loca de la lluvia. La criatura incomprendida.

Yo no podía apartar la vista.

El agua me calaba el pelo, me corría por el cuello dentro de la camisa, pero era una sensación lejana, tan irrelevante...Mi mente solo se preocupaba por la fragilidad de la delgada tela blanca que luchaba contra el aguacero, la delicadeza de sus pinceladas contra el caos que la rodeaba, la canción de dolor que ella cantaba con una ligera sonrisa en sus labios, como si no comprendiera lo que significaba la obra que ella tanto escuchaba.

Había vuelto. O quizás, yo huía de la posibilidad de que nunca se fue.

La culpa me prendió fuego por dentro, un ácido que bañó cada músculo hasta tensarlo y clavarme allí, forzándome a verla, a pagar. La incomodidad no picaba, quemaba. Era una brasa bajo la piel que me pedía a gritos arrancármela de cuajo.

No mires. No fue tu culpa. No la dejaste. No es tu problema.

Los pensamientos sonaron huecos, falsos. Y las gotas que me escurrían por la espalda, dejaron atrás su suavidad, eran agujas de hielo clavándose en cada vértebra, punzando los últimos restos de mi cordura.

Aléjate. Ahora.

Obedecí. Mis talones giraron, dándole la espalda a la ventana, a la lluvia, a ella...Respiré el aire quieto y seco del salón. Tres segundos. Cuatro. Fue peor. El vacío a mis espaldas era ahora un peso que solo me hundía más en todo lo que quería huir.

—El mundo puede ser cruel y desolador, pero no lo podemos culpar la noche en que nuestra empatía muera, porque fuimos nosotros quienes se cubrieron los oídos para no escucharla cada día.

Quizás un golpe habría dolido menos. Sus palabras las mismas que usaba antes de comenzar sus encantadoras clases en esa pequeña escuela— una de las tantas enseñanzas que ella había dejado para que algún día el mundo recuperara el color que le faltaba, ahora me abofeteaba por mi terquedad, por mi crueldad, por...

Por ser como los demás.

Salí del apartamento como quien se lanza por la borda. Sin nada material, tan solo el ardor en mi pecho. El ascensor no existió, solo escalones borrosos que recorrí lo suficientemente rápido como para no recordarlos bien. Al abrir la puerta a la calle, la tormenta me recibió como un muro de agua sólida, un rugido que ahogaba el raciocinio. La lluvia no caía, se desplomaba en gruesas cortinas grises que azotaban lo que se les atravesara.

Y entre todo ese diluvio, ella. Inalterable.

Crucé la calle vacía, con pasos que se sentían más pesados de lo habitual, hasta detenerme, chorreando, frente a su caballete. El agua que caía de mi pijama formó un charco a mis pies casi de inmediato. La furia, la confusión, la rabia, contra toda la situación —contra ella, contra mí, contra toda la maldita vida— hirvió en mi garganta y escapó bajo la presión.

—¡¿QUE HACE AHÍ?!

El estallido de mi voz se partió contra el estruendo de la lluvia. Un sonido que no reconocí, cargado de una alteración que solo me avergonzó al instante de reconocerla.

Ella completó el trazo, una curva serena de color que la lluvia seguramente disolvió de inmediato. Bajó el pincel. Y luego, alzó la mirada.

—Buenos días, señor —pronunció.

Y entonces, sonrió.

Fue la misma sonrisa. Exactamente la misma. No la de la chica segura que le arrebató el cuadro al hombre grosero de ayer. No. Era la otra. La primera que vi, esa sonrisa que iluminó su rostro cuando levantó la vista hacia el importuno, presumiendo aquellos hoyuelos profundos, encantadores que, insistía, parecían tallados por la felicidad más sincera. Era una sonrisa de genuino, y tranquilo reconocimiento, como si me hubiera estado esperando.




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