¿y si Digo Que No?

Capítulo Ocho: Alerta

Las ruedas del vehículo color negro, cuatro puertas y marca indefinida recorren la autopista reducida Lance. Este es conducido por Dissa, Minett es su fiel acompañante.

—Tengo hambre —manifiesta quien se encuentra en el puesto de copiloto—. Aliméntame.

Sus exigencias son opacadas por la fuerte música que llena el interior. Ella resopla mientras recoge los pocos mechones de cabello que tiene en una coleta alta. Mira hacia la ventana, el sol de las seis empieza a calentar el ambiente, hecho favorable para ellas porque la primera parada se aproxima.

—Saca del bolso plateado los sándwiches —Es lo que dice la conductora luego de haber sacado el carnet de circulación y su licencia.

Un hombre entrado en años examina los papeles, hace un ademán y les entrega la documentación junto a su ticket de entrada.

El dulce ronroneo del motor reanuda el camino. La de cabello corto sigue engullendo el pan rellenado con atún enlatado, resalta lo pulcra que es tirando atrás el bolso y limpiándose con la ropa.

—¿Y adónde vamos,  Dissa? —Minett tenía la pregunta atragantada desde hace horas, pero la expresión fría de la chica la orilló a cerrar la boca.

—Vamos a la Universidad General de Lake, Minnie —Al llamarla por su apodo le indica que su estado anímico ha cambiado—. Mis primas me avisaron que debo ir a ingresar todo para en un mes presentar un examen —sin avisar aumenta la velocidad; obedeciendo a la señal vial.

En los labios de Minett se ve un profundo puchero aunado al hundimiento en su asiento. Ella contempla el crecimiento que se está dando día a día, no obstante, no ansiaba abalanzarse a los brazos de un centro estudiantes que consumiría su mar de juventud.

¿Es la verdadera razón de que prefiera sumirse en la mediocridad?

—Pff, ni que fuese mejor que yo —murmura Minett dándose la vuelta.

La temperatura sube una vez más, por consiguiente, Dissa sube las ventanillas con la esperanza que encendiendo el aire no sufrirán calor.

—¿Puedes contestar? —luego de hablar consigo misma la media hora que su amiga durmió plácidamente el celular interrumpe la reflexión acerca de un futuro próspero.

—Hazlo tú —refunfuña. Dissa pone los ojos en blanco y clava la mirada en la carretera, lo menos que desea es morir por culpa de una llamada que no posee importancia.

El dispositivo vuelve a vibrar, y la música se detiene por completo molestando a la piloto. Aleja la mano izquierda del volante, le propina un manotazo leve a Minett y regresa a su sitio.

—¡Bien! —Sisea atendiendo.—¿Quién habla? —Recarga su rostro poniendo el brazo sobre el vidrio y pegando la mano a dicha área—. Claro que estamos bien, Hungría —ríe por lo bajo a causa del tono paternal en la voz del muchacho.

—Dissa, alerta 23 —dice él cuando la chica activa el altavoz—. Posiblemente se desvíe en alguna parada, de ser así, te agradecería que llamaras—La solicitud es recibida con obvia extrañeza por parte de ambas.

Una percibe el calor abordándola, cómo sus sentidos abren cualquier poro. Por otro lado, Minett mira a todos los rincones y tamborilea sus dedos en el tablero.

—¿De qué hablas? —Ingenua si cree que le dirán de qué se trata, en sus hombros recae descubrirlo.—¿Qué pasa? —ahora si se preocupa. Minett le presta atención a la ola de teorías que le llegan a la cabeza.

Fracasa en su intento de obtención informativa, casi arroja el móvil por la ventanilla, pero Dissa la regaña sin miramientos.

—Si quieres ve al baño, en este peaje hay uno —propone después de repetir el procedimiento típico del peaje—. Ve —saca dos billetes de denominación baja y paga.

—Joder, Minett, cálmate —se obliga a detenerse y tomar aire, no está siendo ella misma.

Empuja la puerta metálica en la que se detuvo. Encuentra un retrete y lavabo relucientes. Tarda poco en hacerlo lo suyo y volver al auto. La gravedad provoca que la puerta se cierre más fuerte de lo que debe.

—Falta una hora para el próximo peaje —cuenta. En los ojos de Dissa brilla el miedo, igual en la fina capa de transpiración cubriendo su piel blanca—. No escuches nada de lo que te digan, ¿está claro? —Minett responde asintiendo con la cabeza.

El álbum Sendero de Skill inunda sus oídos. Mueven los pies al compás de la dulce melodía del tema principal. Cantan el coro a todo pulmón y la incomodidad que fácilmente pudieron haber cortado con tijera disminuye exponencialmente.

«¿Quién me mandó a leerla?» Piensa Dissa manteniendo una apariencia tranquila. No concibe porqué entendió el código que le dio Hungría. La vez más reciente en que él dijo algo similar la señora Ellie murió. Además, es imposible que esté involucrado en esas muertes, estuvieron codo a codo ese día.

—Pásame una botella, por favor —gritar de tal forma que lastima su garganta. Coge el contenedor que ella le entrega y bebe un trago largo.

—Refrescante —dice para mitigar el escenario que se enmudece por la ausencia de música.

Minett está inmersa en sus propios pensamientos, un ataque de instintos sería muy imprudente, pero no logra parar la tensión localizada en sus puños. Muerde su labio hasta hacerlo sangrar, solo así se detiene el proceso.

Dissa se acostumbró a lo que cataloga como «excentricidad». Que tu amiga sea capaz de mirar a un hombre y hacerlo desmayar no es una excentricidad, no significa que entrar en detalles sea conveniente.

«Siempre ignorante». Es lo que se repite cuando una situación así sucede de la nada.

La conductora ahoga un grito agudo, el letrero del tercer peaje está frente a ella, así que toma por la muñeca a Minett y la guía al baño. Da golpecitos con su pie, la mujer a su derecha hace una mueca.

—Es la pequeña Bianchi —eso llega a los oídos de Dissa y automáticamente mete a Minett al carro a la fuerza.

—Tú no eres mi madre —protesta deshaciéndose de su agarre. Vuelve al baño en busca de su celular.




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